Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

martes, 20 de diciembre de 2011

Niño olvidadizo

Jacek Yerka



En la mañana desayuno ancas de rana
Antes salté de la cama
Mi mamá se fue con su vecina la guacamaya
Señora de colores que hace nieves de guanábana

En la tarde me fui al bosque
Encontré un rinoceronte
El rinoceronte lloraba, tomaba agua
Quería saber por qué lloraba
Pasaba una carroza llenando de polvo
El rinoceronte no estaba
Caminé en el bosque

En la noche abuela preparaba la cena
Picos de pato y alas de buitre, rica cena
Me dolían los pies de caminar en el bosque
Estuve hasta tarde en el bosque
Buscando al triste rinoceronte
Y ya me acordé, la abuela me daba la mamila llena de jarabe
Me acordé que esto ya lo soñé.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Que alguien me encuentre




Un hombre vaga en la carretera en indefinidas horas de –tiempo- noche, su silueta se logra distinguir por las luces de algunos automóviles que pasan muy cerca de él. Este hombre ha recorrido grandes trayectos de las carreteras del país. Algunos se han atrevido a decir que este mismo hombre es el resto de los hombres que recorren las pistas del mundo; aquellos mismos sujetos ajenos a un espacio que sólo correspondería a los automóviles, y sí, a la gente dentro de esos autos. Detallo esta información dado un evento curioso de mi vida, y digo de mi vida porque el caso es atemporal, al menos en el fenómeno que he presenciado, el que se reduce a ese hombre recorriendo las carreteras sin un rumbo fijo.

No soy de las personas que gusten justificar sus acciones o de darles explicaciones, y mucho menos dar cuenta de mis anécdotas. Es más, reservo la gran mayoría de cosas o situaciones que confabulan mi mundo personal en mi cabeza, no permito que nada salga de allí. El caso de hace unos días acabaría con estas reservas mías, y si bien no tengo prueba alguna que atestigüe lo que narraré a continuación, aquí mis palabras serán razón anecdótica sirviendo de aliento a otros que como yo pensamos que ese hombre y su caminata indefinida no es un hecho casual; verán que no hay arbitrariedad alguna en los pasos de ese hombre, y sí mucha intencionalidad y asociación. Al menos eso me hizo entender la semana pasada. Soy representante de un laboratorio farmacéutico de cierto renombre en el país, mi trabajo me exige viajar constantemente. En un año visito aproximadamente veinte estados de la República, algunos de esos viajes son muy extensos. Los mismos directivos de la empresa me han dejado la cartera abierta en todos los sentidos “Si necesitas trasladarte en avión, hazlo…” “Eres uno de nuestros mejores empleados, tenemos entera confianza en ti “. Viajar en avión lo hago con poca frecuencia, a menos claro, que la cita de trabajo demande estar en un punto geográfico muy lejano al punto donde me encuentro. El resto de mis viajes los hago en carretera; se me asignó un auto de la empresa, un modelo sencillo, reciente, del cual no tengo queja alguna, su asistencia al servicio lo hace un transporte óptimo y seguro. Viajo solo, mi maleta (en donde llevo mis pertenencias más útiles) y el portafolio de patentes farmacológicas de muestra son mis únicos acompañantes. No gasto más de los viáticos asignados: casetas, comidas, hospedaje, etc. No incurro en la invención de gastos innecesarios, ni utilizo esos recursos para gastos personales. El día lunes me encontraba en Ciudad Mendoza, Ver. Mi siguiente comisión era en la ciudad de Huamantla, Tlaxcala. Tenía que estar allí el martes a las cinco de la tarde en una clínica privada especializada en oncología. Ese martes por la mañana –aún en Ciudad Mendoza- tuve tiempo suficiente para desayunar en el restaurante del hotel y realizar algunas anotaciones de mi itinerario de esa semana. Pagué con la tarjeta mi estancia en el hotel; a los pocos minutos me encontraba manejando en la carretera montañosa de Orizaba-Puebla, escuchaba la radio. Llegaría al periférico poblano tomando la desviación hacia la caseta de Tlaxcala. En la llamada zona de las cumbres la señal de la radio comenzó a perderse, lo último que escuché del noticiero de medio día es que en la autopista del sol, en Guerrero, un grupo de estudiantes normalistas –rurales- se habían atrincherado demandando más recursos, “una de las bombas de gasolina estaba ardiendo…” de pronto la señal se perdió, se escuchaba únicamente el sonido de la interferencia. En ese momento rebasaba a un hombre que caminaba en la carretera, intente disminuir la velocidad para verle, no pude, traía un auto atrás; en el retrovisor vi alejándose una figura delgada, apenas con algunas prendas. Llevaba el torso cubierto por una cobija sucia, traía puesto un pantalón –gastado- y no estoy seguro si iba descalzo. De trote lento, lo perdí de vista mientras avanzaba. El resto del trayecto estuve muy inquieto, ese hombre. Ni cuenta había dado de que la radio se escuchaba otra vez, las noticias habían ya terminado su emisión, ahora se escuchaba a Gal Acosta; eran más de las seis, lo supe porque es la hora del Bossa Nova en esa estación. El hecho de que oscureciese tan temprano me regresó a mi ansiedad, a la imagen de ese hombre caminando en la carretera. No parecía que hubiese tenido un accidente, se notaba muy relajado. Pensé en lo más sensato -debía ser un vagabundo, un loco- quise pensarlo así hasta llegar a mi destino. Después de visitar la clínica me fui al hotel, cené ligero y me acosté. Al momento que me metía entre las cobijas volví a recordar a ese hombre, esa angustia llegó de nuevo, me entregué al pensamiento. Traté de recordar más detalles de su imagen; recordé que llevaba algo parecido a una pulsera, similar a los rosarios que dan en las iglesias. Era un tipo delgado, sucio del rostro, no viejo… No era posible, cómo podía recordar a detalle los rasgos de ese hombre que tanto malestar me causaba, apenas si lo había visto unos segundos. Cada pensamiento, cada imagen suya me llevaba a creer que yo conocía a ese hombre repugnante (en ese momento comenzaba a sentirlo de esa forma). Tan fue así que la pulsera me hizo acordarme inexplicablemente de mi madre, de un seis de enero en mi infancia. Recordé que estábamos en un café; mi madre se tomaba el cabello sintiendo el aire que corría, me paré de la silla y fui a una plaza. Ahí estaban unas figuras enormes de los reyes magos, me coloqué junto al elefante, fue cuando un hombre se acercó. Iba descalzo, sucio, me miró y me sonrió mostrando unos dientes rotos, otros –pocos- podridos. Me tomó de la mano y comenzó a clavarme las uñas –sucias- en la piel, vi como me salía sangre de la pequeña herida, vi esa pulsera de santos horrible, mientras él seguía apretando. Grité llorando, mi madre llegó corriendo, el hombre me soltó y se fue apresuradamente… Pero no es posible pensé, cómo podría ser el mismo hombre, además se veía de la misma edad. Tenía más de 23 años ese evento de mi vida. Me atormentaba, no podía olvidarme de ese hombre. Logre dormir, pensando en él.

Desayuné en el hotel, después hice una visita más a un laboratorio, al finalizar emprendí mi siguiente diligencia. Me dirigía a Querétaro, tenía que estar allí las 7 PM, me esperaban los directivos de un hospital privado. Gran parte del trayecto fui fumando, el pensamiento de aquel hombre hasta ese momento no me acosaba, fue algo muy extraño, actuaba como si nada del día anterior hubiese pasado. Desde que desperté no recordaba nada de esa angustia horrible, de ese recuerdo. La carretera estaba muy despejada. Una hora antes de llegar a Querétaro me llamó la atención un niño que se columpiaba en un columpio hechizo; unas riatas colgaban de una señal que indicaba el número de kilómetros restantes, el señalamiento estaba a la orilla de la carretera. Atrás del movimiento del niño se veía una casa de cartón, disminuí la velocidad. Un hombre salía de lo que se asemejaba una puerta, era el mismo hombre, estaba seguro. Me vio, sentí que me reconoció, aceleré, no paré hasta llegar a Querétaro.

La reunión fue un desastre, no logré vender ningún fármaco, mucho tuvo que ver mi ausencia. Me atrapó el miedo, venía en ese momento tan inoportuno la imagen de ese hombre. No pude responder ninguna de las preguntas de aquellos anestesiólogos y cirujanos al respecto de los productos. Al finalizar estrecharon mi mano por mera cortesía, mayor repulsión debieron haber sentido al tocar mi mano empapada en sudor, resultado del nerviosismo no del fracaso –el primero- de mi venta, sino de aquel hombre, y ahora ese niño en el columpio. Al finalizar la desastrosa reunión busqué un lugar para distraerme, olvidarme. Ese pensamiento, esas figuras continuaban atormentándome, y mis cuestionamientos sin respuesta lo agudizaban ¿Cómo había llegado tan rápido a ese punto? ¿Llegó caminando? ¿Quizás alguien lo trajo? ¿Pero quién lo levantaría? ¿Y ese niño? ¿Es su hijo? El niño, el niño me trasladó a otro momento de mi infancia. Cada vez que iniciaba un recuerdo tenía la sensación de que las cosas empezaban a tener sentido, y en efecto lo tenía, desgraciadamente lo hacía más inverosímil y tormentoso. Logré encontrar un café que cerraba tarde. Pedí un café y de inmediato me dejé llevar por mi nostalgia. Iba en el asiento trasero del Ford Galaxy 76 de mi abuelo, en ese auto viajamos muchas ocasiones, por él conocí muchas carreteras, muchos lugares. Pensé en la asociación de ese placer ahora en mi trabajo, daba un sorbo a mi café del que salía abundante humo. Al tragar el café vino la imagen de un niño en un columpio. Ese día paseábamos en el Galaxy del abuelo, pasamos por una de esas comunidades que tienen su escuela a un costado de la carretera. Un niño se columpiaba en un columpio al interior de la escuela, yo veía al niño fijamente mientras éste se columpiaba, parecía que también me veía. Mi abuelo frenó estrepitosamente, me asustó el grito de mi abuela quien iba de copiloto, el enfrenón nos sacudió, desvió mi vista del chico. Al reaccionar todos vimos a un hombre parado al frente del auto, mi abuelo lo vio antes –afortunadamente-, fue el motivo de que enfrenase repentinamente. El hombre caminó a la portezuela de la abuela (teníamos nuestras ventanas cerradas, fue un día muy frio) el hombre estiró su brazo y mostró la palma de su mano pidiendo caridad, tuvo una negativa contundente de mi abuela. Volteó a la parte trasera del auto, cuando me vio me sonrió, tenía esos horribles dientes. Tenía cuatro tazas vacías, no recordaba haberlas pedido, mucho menos haberlas bebido. Me desprendí, me alejé en mi recuerdo. Esa noche dormí –horriblemente- pensando en esa sonrisa. Al día siguiente regresaría a la central de los laboratorios en la Ciudad de México y después iría a mi casa. En la mañana, de la misma forma parecía no recordar nada de lo acontecido, mi discutible lucidez no me permitió ni siquiera recordar el fracaso de la reunión, daba por entendido (como en repetidas ocasiones) que las ventas fueron un éxito. Pero algo me preocupaba, no tenía que ver con el hombre y su malévola y asquerosa sonrisa, ni con el trabajo, parecía no tener que ver con nada, sin embargo allí estaba. Me subí al auto, fumé en demasía de nueva cuenta, me adentré en la carretera. Desde mi salida escuché un ruido raro en una de las llantas –ni eso me preocupó-. 10 KM adelante de la caseta de cobro México-Querétaro uno de los neumáticos explotó, inexplicablemente; el auto se me ladeó al carril contrario, tres autos me lograron esquivar hasta que -no sé cómo- pude volantear y regresar el auto al carril para –eternos- minutos después lograr frenar. No tenía ninguna herida, tampoco sentía ninguna contusión, estaba ileso. Bajé del auto, imaginando lo peor, que otro carro vendría atrás y me chocaría, no sé, que alguien más había resultado herido. Para mi asombro sólo estábamos mi auto y yo en esa carretera tan transitada en todo momento del día, olía el acero quemado del ring que se arrastro varios metros en la pista. Mi óptimo carro sacaba humo por el cofre. Avancé hasta donde suponía explotó la llanta; en verdad que no había nadie cerca, no pasaba ningún automóvil, ni tráiler, nada. Corría una brisa fría, se escuchaban los gases arrojados del cofre y los pastizales moviéndose a los lados de la pista. Comencé a sentir mucho miedo, preocupación. Imposible que no pasase algún vehículo, y aquellos sonidos de la vegetación. Escuché que alguien caminaba entre los pastos, cerca de mi auto. Corrí para alcanzarlo, vi una silueta desnuda salir de mi auto, fue muy rápido, estaba seguro que algo salió de mi auto. Frené mi paso y me acerqué lentamente. No había nadie, mis cosas seguían allí, intactas, mi maleta y mi portafolio de ventas. Las medicinas venían en la cajuela. Pasó por mi cabeza comenzar a correr en la carretera, huir, buscando ayuda. Recapacité, sería muy peligroso, no se veía ninguna casa, ninguna luz cercana, seguía sin pasar ningún auto. El carro dejó de hacer ruidos y soltar humo, no parecía que se fuese a incendiar o algo parecido. Al estar definitivamente solo (cinco horas después) y en esa oscuridad opté por meterme al auto, pasaría la noche adentro, sería más seguro. Mi única esperanza para ese momento es que amaneciera y pudiera buscar a alguien, o que alguien me encontrará. Me dormí pensando que lo que vi salir del auto pudiera regresar. Esa fría y larga noche soñé con ese hombre, le veía sentado junto a mí.

Por la mañana mientras despertaba en el asiento trasero con mis propiedades pegadas al pecho recordaba perfectamente todo: el hombre que había visto cuatro días antes caminando en la carretera, su relación en mi pasado, mi mamá, mis abuelos, el niño del columpio, el asunto vergonzoso de la junta, el choque. Salí del auto buscando ayuda, el sol quemaba, del cemento de la pista salía vapor, y ni rastro alguno de algún auto o persona, tan sólo se veía la larga pista recta que parecía no acabar en ninguno de sus sentidos, rodeada siempre de aquellos pastizales. Pasadas dos horas sin rastro de nadie y con ese miedo terrible que me embargaba de lo acontecido decidí comenzar a caminar por la carretera hasta encontrar a alguien…

Creo que han pasado meses, años, en verdad que no estoy seguro, he caminado mucho tiempo; es por eso que decidí escribir esta nota, justo atrás del contrato que no se logró en aquel hospital de Querétaro. Allí escribí esto que me pasó – o que me está pasando-, siempre es el mismo camino, y siempre creo recordar esto del escrito, mientras transitó esta carretera interminable. De mis cosas no queda nada, fui abandonando el resto del equipaje al verme perdido, sólo conservo mi maleta, un recuerdo. En el segundo día de mi trayecto imposible, después de haberme dormido en la carretera, abrí mi maleta, encontrando únicamente la ropa asquerosa de aquel hombre y su pulsera de santos. Mis cosas no estaban, sólo su ropa y la pulsera, es la ropa y pulsera que porto ahora. Mi otra ropa, mi otra piel, se quemó.


Espero encontrar a alguien, que alguien lo lea.

martes, 6 de diciembre de 2011

Un tratado de Howard Hughes




… Como aquel día que no salió del baño por el grave temor a contraer alguna enfermedad, alguna bacteria que incubara en su cuerpo. Durante veinticinco minutos que estuvo allí, pensó en los miedos y la perfección que regularmente buscaba en sus creaciones; dar cuenta en el conjunto de ideas siempre lo llevó a la dispersión, ideas volátiles marcadas ahora en manías extrañas como el hecho de no poder tocar la perilla de esa puerta y salir. En la crítica incurría regularmente el Sr. Hughes, pero el proceso de la autocrítica fue lascivo; siempre se castigaba, muchas ocasiones llegó a auto sabotearse, como aquel día que había “perdido” los planos del doble motor de un mono plaza que él mismo volaría como el resto de aeronaves de su invención. Hubiese sido mejor no encontrarlos, cierta zona de Bel Air lo hubiera agradecido también.

Sus críticas y vergüenzas personales solía reflexionarlas en la tina del cuarto de baño, una hora y media sin salir de ésta, incurría en el temor de no estar lo suficientemente limpio. Sucio le decía su madre “un hombre sucio no es lo que quiero de mi hijo” esas palabras le acompañaron toda la vida. Nada era perfecto mientras él no diera el visto bueno, mientras el agrado no fuera al fin suyo. Equivocado e incompleto regularmente sentía estar. Un miedo permanente al fracaso se convirtió en su sombra, obvio está, trató –lo más posible- de no evidenciarlo (a). Las juntas interminables en los hangares o en los estudios de cine lo enfrentaban a esos miedos, a saberse más débil, vulnerable ante sus empleados, subordinados, los directivos, quién fuera; no toleraba crítica alguna, sin embargo el Sr. Hughes fue un insidioso juez, sus opiniones iban cargadas de hacer notorio el defecto quizá persistente en principio en su interior, digamos que la concepción de la satisfacción no fue lo suyo. De moral y ética flexible, claro está, no evidente en casos que le expusieran, en esos casos se volvía políticamente correcto, lo detestaba, mejor dicho, detestaba su actitud ante tales eventos. Fingir escuchar, conciliar, mientras por dentro pensaba “esa toma es innecesaria, no transmite en nada la experiencia del vuelo y mucho menos en plena guerra…”. Los contratos, las firmas siempre cedían, rodeado de las figuras más importantes del gobierno y de la meca del cine. Se comprometía en las sugerencias de cada uno, aunque al final los proyectos, los hacía propios, y lo mejor, frecuentemente fue triunfante. Esto lo llevó a la arrogancia, el motor de su defecto más arraigado, su egoísmo. Y en el paso de los años, las cosechas de triunfos fueron desinflando su sobrevaloración: malas decisiones, como obstinarse en los senos de esa actriz pensando que su grosor y perfecta geometría serían el éxito indiscutible de su nuevo film, fue un rotundo fracaso. La obstinación y su hija la idealización dieron tremendas sacudidas al Sr. Hughes en asuntos de mujeres, lo volvieron un eterno enamorado, un eterno vigilante y un paranoico inolvidable para cualquiera de aquellas mujeres que compartieron alcoba y afecto en su espacio.

Y ese temple, esa seguridad se redujo a botellas llenas de orina y palabras incontrolables que salían de su boca; era simbolismo idóneo del pensar una cosa y que saliese otra, ahí la crítica se volvía sumamente difícil, llevándolo a otro error de juicio, la preocupación perpetua. Él le llamaba el sufrimiento estancado.

Hércules fue el hidroavión de su redención, el parámetro de sus acciones. El vuelo irrealizable en el ego de diez hélices, veinte metros voló sobre el mar. La última de sus pasiones materializadas, el avión más grande - imposibilitado- surcando el aire, el mismo aire libre de su dominio y del que Hughes se obsesionó. Los cielos a diferencia de los hombres, no tienen un precio, el Sr. Hughes (de largas uñas) critica este –su más grande error- desde su tumba emancipada de una sola plaza.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Seguridad Inc.

The Shade (Milligan, Bachalo).



¿Usted busca seguridad en todos los ámbitos de su vida?, y para su des fortunio regularmente ha sido embaucado por muchas Aseguradoras que le prometen un bienestar familiar e individual, teniendo resultados desfavorables, o en el peor de los casos sin recibir remuneración alguna que garantice el bienestar de los suyos. Ya no padezca de estas irregularidades y faltas de compromiso, Seguridad Inc. garantiza el bienestar de los suyos, y claro, el de usted.

Una de nuestras grandes ventajas y que nos diferencia del resto de las aseguradoras es la gran opción de que nuestros clientes recibirán sus fideicomisos aún en vida, y eso no es todo, además serán beneficiados con otras alternativas implícitas en su seguridad. El término seguridad para nosotros no se remite a meros indicios capitales, la seguridad para nosotros es más que un término, es una acción que ejecutamos día a día en relación a nuestras vidas, en las vidas de nuestros clientes, una seguridad que inicialmente se da en el contexto interno de nuestros clientes. Usted pensará en este momento que somos unos embusteros, una empresa no seria, pero déjeme describirle los beneficios de nuestra empresa. Como le decía anteriormente una de las preocupaciones iníciales de Seguridad Inc. es en principio la seguridad de nuestros clientes para consigo mismos, y debo decirle que no partimos de conceptos comunes y huecos como la autoestima, el autoconcepto o la autoreferencia, no, nosotros nos encargaremos de que la vida de nuestros clientes no corra riesgo alguno, haremos de su vida un espacio –total- sin preocupaciones; claro, la opción de muerte inesperada está en una de nuestra cláusulas. Sin embargo quién quiere morir, y siendo específicos, si nuestros clientes han de tener una vida con el riesgo implícito de la mortandad, qué mejor que dicha vida esté libre de desasosiego y preocupaciones, Seguridad Inc. Construye y perfila vidas seguras. Para nuestros fundadores quedó plenamente instaurado el hecho de que el común monetario no es certeza de seguridad, éste –quizá- podría llegar a aminorar algunas vicisitudes de orden económico, es decir, brindar un bienestar material en nuestros clientes y sus familias. Y usted disculpará que sea incisivo, pero esto como el término autoestima suena hueco, necesitamos ofertar, brindar una seguridad intrínseca, permanente en nuestros clientes; ¿Y cómo hacemos esto? Permítame hablarle de nuestros paquetes:

Iniciemos con el paquete básico, el llamado “Seguridad de no ser saboteado por uno mismo”, je, lo sé el nombre del paquete puede llegar a sonar risible, absurdo, pero cambiará de opinión al escuchar las bondades que, como le dije, ninguna otra aseguradora le brindará. “Seguridad de no ser saboteado por uno mismo” es un paquete que se sustenta en tres canales básicos de nuestros clientes: sus pensamientos derrotistas, sus autosabotajes y su mediana –o nula- responsabilidad en actos diversos de su vida. Y se preguntará usted ¿De qué forma podría controlarse esto? Es más podría acusarnos de pre juiciosos hacia nuestros clientes, definiéndolos en una generalidad de sujetos desvalidos, sumisos e inseguros… Créame no es nuestra intención, somos muy serios en nuestra labor, y es por ello que en principio definimos la inadecuada intención del otro. Sí, ese otro no es más que usted, las contrapartes de mayor riesgo en nuestros clientes son ellos mismos. Básicamente nuestro equipo de neurólogos profesionales altamente capacitados realizarán un mapeo mental, dando cuenta de los fallos sinápticos, los errores de juicio de nuestros clientes para consigo mismos, al tener un reconocimiento de éstos se llevará a cabo un proceso inductivo en el que si bien se anularán inseguridades personales en nuestros clientes, tendrán también la seguridad de que no presentarán algún revés emocional, cambio de personalidad u otra anomalía incurrente en la despersonalización. Nuestro avance tecnológico y de estudios en estas áreas es basto, de plena actualización y manufactura de punta; somos uno de los cuatro corporativos a los cuales se les permite trabajar con este tipo de tecnología. Estamos avalados por cinco de las Universidades más prestigiadas del mundo, aquí mismo hay una dirección electrónica en la que puede corroborarlo. ¿Que si el proceso es doloroso? ¿Que cuánto dura? ¿Que si no hay riesgo de alguna secuela? Mi estimado señor el proceso tiene una duración de apenas veinte minutos, no hay inserción quirúrgica alguna, y sobre las secuelas, le repito no existe riesgo alguno, la palabra riesgo no es opción en Seguridad Inc. Permítame mejor hablarle de los gratos beneficios de este paquete. Olvídese usted de ese grave temor de expresar lo que piensa a los demás, de sentirse ridículo por utilizar una prenda atípica, qué le parece la idea de deshacerse de lo dubitativo de sus decisiones, la primera idea que brote será única y especial ¿Y sabe por qué? Porque vendrá de usted mí estimado señor. La ambivalencia de sus discursos será cosa del pasado, impensable el tartamudeo en una junta importante o en una conversación ocasional, irradiará seguridad en lo dicho, y el resto de sus acompañantes lo sabrán, le reconocerán. No habrá tarea sesgada, actividad a medias, el deseo permanente de cualquier actividad realizada irá acompañado de la culminación, nada para el futuro, el presente señor, será el cimiento de su vida.

Bien, si esto le pareció interesante, no querrá dejar de oír las ventajas de nuestro segundo paquete, el descrito aquí en el recuadro rojo, ajá, el llamado “Seguridad afectiva”. Le diré, este paquete es de los más demandados y aquí entre nos, altamente recomendable. Lo pondré de esta manera, ha logrado la seguridad para consigo mismo, perfecto, el caso es ¿Tiene usted la certeza que el reconocimiento, el afecto, el amor de sus seres queridos es sincero, real? ¿Cómo saberlo? “Seguridad afectiva” es la respuesta. Seguridad Inc. tiene una gran línea de investigadores privados de alto nivel, capacitados en las mejores agencias de investigación mundial. Quiero dejarle claro una vez más que somos una empresa seria, vamos, dadas las circunstancias éticas que podrían vislumbrarse en este atractivo y benéfico paquete. Nuestros investigadores no incurrirán en viejas y ortodoxas técnicas de espionaje ¿Disculpe? ¿La palabra espionaje le causó cierta incomodidad? No se preocupe, entiendo, siempre pasa la primera vez, trataré de dosificar el concepto. Imagínese usted, es un hombre casado, feliz, dos hijos hermosos de futuros prometedores, por azares del destino usted se entera que su mujer le es infiel, es más, uno de sus hijos no es suyo. Esto sería sencillamente devastador, podría haberse ahorrado este pesar, todo ese amor y afecto derramado a la nada. Otro ejemplo: en la oficina se sabe de su gran destreza y capacidad como líder, todos y todas reconocen sus dotes, su magistral seguridad, pero siempre habrá alguien en el que despertemos no sólo admiración, sino envidia, alguien maquiavélico, el cual día a día planea, diseña un complot o varios complots en nuestra contra, en su contra. Este individuo podría ser su hombre de confianza, caray, usted lo ha llevado a su casa, ha comido con su familia, y sabe, quizá su esposa podría no serle indiferente. Ahórrese este terrible dolor de cabeza, nuestro equipo lo descubrirá, se encargará de evidenciarlo, nos encargaremos de él. Como puede ver amigo, disculpe el atrevimiento pero es que usted irradia un gran nivel de confianza; el paquete dos es primordial. No se pondrá en tela de juicio el sentir de los suyos jamás.

El último paquete es simplemente seductor… ¿Ve este portarretratos en mi escritorio?, esa fotografía se tomó hace diez años en la inauguración de la empresa, tuvimos una gran fiesta, qué recuerdos. Lástima que ese día me excedí en tragos, una resaca tremenda borró todo recuerdo de aquella ocasión. Lo que me llegaron a comentar mis compañeros de ese día me agradó, pero sabe, no eran mis recuerdos, eran los recuerdos de otros; ese momento tan importante para mí es nebuloso, es ocupado por un vacio que a su vez es representado en los recuerdos no propios. Qué desafortunado ¿No lo cree? Esta foto es la única evidencia de aquel día, al menos para mí. Y así podría citarle muchas jugarretas de mi memoria, de la lamentable pérdida de mis recuerdos. ¿Usted ha perdido algún pasaje de su vida en su memoria? ¿Un momento único, especial, irrepetible?... ¿Sabía usted que lo que solemos recordar es ya no la imagen y el momento original de lo vivido? sí, mire, ese recuerdo con el paso del tiempo va sufriendo modificaciones, alteraciones, desde lo más superfluo, no sé, la camisa que llevaba en el cumpleaños de su mamá: el recuerdo original dictaba una camisa de cuadros, años más tarde en ese mismo recuerdo la camisa es de rayas verticales, años después esa camisa tiene un estampado, pronto no recordará qué camisa llevaba, no sabrá si era una camisa o una playera, el resto del recuerdo de igual forma sufrirá alteraciones, cada vez será menos original al recuerdo base; y si a eso le agregamos las incidencias del tiempo biológico, alguna que otra intoxicación, olvídelo, a menos que tenga una fotografía del cumpleaños de su mamá podrá tener un recuerdo ligeramente nítido de ese evento. “Seguridad del recuerdo” nuestro tercer y último paquete le permitirá atesorar todos sus recuerdos a partir del momento que decida firmar esta cláusula. Hay algo más, actualmente nuestros técnicos trabajan en la posibilidad de rescatar los viejos recuerdos, nuestro parámetro es la edad consciente de ellos, entre los tres y cuatro años ¿Qué le parece?... ¡Cierto!, una disculpa, no le expliqué el procedimiento. La empresa tiene un almacén de recuerdos, mm, algo similar a un disco procesador, para no entrar en terminologías y explicaciones complejas, nuestros especialistas fotografían respuestas neurológicas en base a estimulaciones circundantes a una serie de imágenes, este recopilado de imágenes holográficas serán siempre bien intencionadas, no despertarán ningún evento traumático o mal recuerdo, respetando así cualquier mecanismo de defensa de su inconsciente que alberguen estos malos ratos. Se –perpetuarán- traerán de regreso únicamente recuerdos placenteros, gratos.

Como podrá ver mi estimado señor, las posibilidades que ofrecemos son inmensas, no hay nadie en el mercado que brinde este, déjeme decirlo de esta manera, que le brinde este paraíso. Una seguridad por demás especial, para un hombre tan especial como usted. Permita que seguridad Inc. se encargue de cuidarlo, vigilarlo, protegerlo.

Firme aquí y aquí, aquí también por favor, gracias. Felicitaciones, desde hoy sus problemas y preocupaciones se han extinguido. El seguro de vida se incluye en cualquiera de nuestros paquetes, pero sabe, nos interesará mantenerlo mucho tiempo con vida.



Seguridad Inc. Cedo todo derecho de mi vida consciente e inconsciente a Seguridad Inc. S.A.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mitomanía




El mito es el conjunto de conciencias, de pensamientos e ideologías, es la antesala de la historia. Cualquier civilización está dotada de mitos, el precedente –en cualquiera- es una introyección que va solidificando nuestros más inconscientes deseos, aun extravagantes o extraños pudieran parecer; podemos hallarlos vaciados en nuestra cotidianidad (los medios de comunicación, nuestras relaciones sociales, en los conflictos, en la arquitectura, en la estética); en nuestra rutina (niveles de comunicación, en la publicidad, la tecnología, en las supersticiones); en nuestras deidades (dioses, figuras públicas, héroes, gobernantes, religiones, sectas, en los fetiches, en las celebraciones, en los viejos símbolos) y en nuestra realidad (el desencanto y la añoranza, el fin y el inicio). Muchas de estas imágenes son representaciones del mundo onírico del hombre moderno, la solidificación de dichos símbolos son primordiales como figuras sagradas en los sueños. De la interpretación de los sueños de un oráculo, pasando por un sacerdote, llegando a Freud y a los arquetipos o las llamadas ideas elementales. Estos pensamientos colectivos son muchos de lo que vemos en televisión o en cualquier discurso lúdico: ideales de familias, ideal de padre, ideal de vida, ideal de espiritualidad, etc.

El mito es variante, muta, la intención será permanentemente la misma, los mitos serán entendidos siempre de la misma forma aún dependiendo de las distinciones de sus tótems culturales; la propia desesperanza lleva al hombre a buscar de nuevo a sus viejos dioses, aquellos que están más allá de lo humano, dentro del marco de lo sobrenatural y del poder absoluto. El hombre necesita reconocer de nueva cuenta su espíritu, sus orígenes. Los inconvenientes, la tergiversación de lo que significa el mito y por consecuencia lo sagrado, un ejemplo es la concepción de lo espiritual, utilizada por algunos grupos dogmaticos como el sometimiento afectivo y de voluntad del hombre, el mito de la culpa como instrumento controlador.

Los mitos buscan objetos distintos, identificándose con la realidad (hombre moderno) y el pensamiento arcaico (hombre primitivo): la Santa Muerte, Malverde, disciplinas introspectivas, etc. También como productos y símbolos: celebridades, gobernantes, iluminados, milagrosos, desalmados, deshumanizados, fastidiados, indignados, radicales, anarquistas; expuestos en la rutina y decodificados en el arte, la música, las marcas, la información, etc. Los discursos, todos sin excepción, basados en símbolos mitificados o en proceso de mitificación. Tal vez la mitificación más importante de los últimos años es la representada en la tecnología, hay un gran tributo y reverencia a ésta, se presenta como un elemento inseparable de la –condición- comunicación humana, una simbiosis. Es la tecnología la visión para muchos de un nuevo mundo, el mundo proveedor, compensatorio de una realidad que nos tiene condenados al hartazgo pero que de igual forma se alimenta y satura de nuestra realidad, y en consecuencia nos aferramos a él.

Y entonces esta sociedad global que día a día se rompe más: economía desquebrajada, órdenes de mercados y gobiernos desmitificados, religiones desmitificadas, falta de voluntad, falta de motivos, de violencia, la incomunicación como vía –única- de comunicación, y de un posible reajuste muy sangriento y doloroso. Es sencillamente mítico vivir estos tiempos. Nos enfrentamos a una crisis de lo sagrado, esto nos lleva al resultado de una crisis psicológica y por ende existencial. Muchas de nuestras imágenes que por largo tiempo fungieron bajo una significación de orden han perdido su valía, han caducado (la iglesia católica, el capitalismo, el neoliberalismo, la izquierda, las instituciones, etc.), es necesario revalorar nuevos espacios, nuevos signos. Al parecer éstos han encontrado reconocimiento y aceptación en las imágenes rebeldes, atípicas y disidentes, reabriendo el espacio al mito de la figura rebelde, teniendo su mayor significación en la representación anarquista.

Eliade reconoce el mito del fin del mundo tanto en el pensamiento occidental como oriental, lo percibe en una función mítica primordial del hombre; es su posibilidad de reivindicación, la expiación de culpas (sociales, morales) dependiendo de su constructo cultural y teológico. Esta idea se expande, traspola en un ritual por demás común de ambas civilizaciones, quizá en distintas fechas pero siempre enmarcadas al mismo desenlace, este rito es el fin de año, el Año Nuevo. La oportunidad de ser otros, la culminación y la posibilidad de iniciar de nuevo, aniquilar el mal pasado. Año a año lo hacemos, nos damos otra oportunidad a sabiendas que podemos incurrir de nueva cuenta en esos actos de los que nos avergonzamos y queremos dejar atrás; esto ahora deja de ser un hecho individual, el 2012 no es sólo un margen profético, se orienta y predispone en un malestar generalizado, que comienza influyendo para después reiterarse y solidificarse, es la función del mito del fin del mundo, es la abolición y destrucción de ese mundo sin propósitos y esperanzas, la aniquilación del viejo mundo con la esperanza de ocupar un mundo nuevo alejado de toda infamia, alejado del mito del combate, y más próximo al mito del juicio, de la justicia.La notable reiteración de lo antes mencionado se sirve de la narrativa literaria y cinematográfica (lo fantástico, lo extraordinario), así como de cualquier sopeso comunicativo; del auge de sectas y pseudo religiones que reafirman sus convicciones equivocas, en la notoriedad del desequilibrio mental y del miedo como condicionante fáctico, el mito del miedo es uno de los más arcaicos y a su vez uno de los que propician la regeneración. La ciencia ficción ha sido una de los diversos géneros de la narrativa que se alimenta de trozos de mitos, de diversas culturas (mitos de otros mundos), mitos de figuras heroicas en tiempos conflictivos, caóticos Antecede el cuento infantil con historias que determinan miedos, complejos presentados en: licántropos, brujas, hechiceros, caníbales, figuras y símbolos colectivos que al final serán destruidos, figuras restauradas por héroes que vuelan por los aires, hijos de deidades. Sin embargo en esta época los antihéroes, los conflictuados por sus acciones, por su sola existencia son el ejemplo claro de lo que sí somos, hombres murciélagos enfrascados en la venganza, resultado del afecto y seguridad perdida, y la voluntad de hacer justicia, de vengar y resurgir desde las sombras.

Toda civilización tiene un fin de los tiempos, los mitos son propensos a individuos de cualquier sociedad, ya que están –estamos- conformadas por una conducta mítica; un Armagedón, una destrucción, un renacimiento, el actual presente es un conjunto de ésos, una profecía auto cumplida que ya dicta como hecho el regreso de nuestro más maduro pensamiento, los mitos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Utópica



1. Todo pensamiento tiene la libertad y obligación de solidificarse; hay un sistema regulador el cual determina si dichos pensamientos –después materias- no afectan la seguridad y libertad de otros.

2. Soma, pero regulado. Se dará prescripción de éste sólo a psicópatas y desahuciados.

3. Oligarcas, dictadores, presidentes y delincuentes de cuello blanco estarán encerrados en una prisión tridimensional. Sin riesgo alguno para con esta realidad, ni para el retorno de éstos.

4. Ruptura de la lógica capital; no hay moneda, ni mercados. Se retoma el trueque.

5. El pensamiento occidental y todos sus vicios son hechos caducos; carácter predominante del pensamiento oriental, dejando fuera de éste todo asunto: fundamentalista, tropiezo fanático, narcisismo o genocidio.

6. Máquinas del tiempo. Posibilidad de interceder realidades. Las modificaciones de eventos no tendrán repercusiones sobre el resto (civilización) si éstos no lo desean. Se integran los micro universos individuales y colectivos.

7. Bibliotecas y jardines obligatorios en todo territorio o zona perteneciente a este nuevo mundo; obras y títulos diversos, tanto textos físicos como virtuales. Área de cómics y novelas gráficas (autores de todo el globo, lo que ahora signifique eso).

8. Exhibición de cintas cinematográficas de todas las épocas, de todos los tiempos. Se recuperan clásicos perdidos, nacerán nuevos clásicos. Regresa el auto-cine.

9. Los monopolios son un delito grave, se castiga con exilio dimensional.

10. Los medios de comunicación serán regulados por un filtro, no hay opción para enajenados, brutos, vulgares o nihilistas. La programación y los productos responderán a una intención lúdica mas no enajenante y estúpida.

11. Habrá museos en donde se exhiba la miseria y estupidez de las antiguas civilizaciones. Un recordatorio permanente del lugar adonde no tenemos que regresar.

12. Pluralidad y relativismo en cualquier disciplina artística.

13. Atención inmediata a disciplinas como: la Filosofía, la Historia, la Semiótica, la Psicología, la Sociología, la Antropología y toda ciencia orientada a las Áreas de las Humanidades. Éstas como se mencionó, no se limitarán al pensamiento y efecto occidental; el Confusionismo, el Tao, el Budismo, el Hinduismo, serán unas de las muchas opciones de introspección, aunque se seguirán respetando las viejas orientaciones y cultos. Serán cesados y expulsados de inmediato aquellos que hagan rentable la fe de los ciudadanos.

14. La Alquimia tendrá un nuevo sentido y propósito en los habitantes de esta nueva sociedad. Ellos serán su propia piedra filosofal.

15. Cafés y bares en donde sólo se toque música en acetatos; géneros diversos.

16. Legalización de drogas; se realizarán estudios holísticos con el propósito de conocer el tipo de sustancia –acorde- según la espiritualidad, temperamento, carácter, psique, fisiología y personalidad del individuo. No se conformará un espacio de adictos fetiches, el sujeto que consuma alguna sustancia tendrá a su vez que crear algo que favorezca a la civilización.

17. Creatividad, obligación de todos (inventos, teorías científicas, arte, etc.).

18. Maltrato a los animales crimen altamente castigado. Los animales y la naturaleza (vida vegetal, marina, extraterrestre, intraterrestre y demás) serán respetados de la misma forma que el hombre.

19. Educación-de todos los niveles- gratuita, ajena a modelos constructivistas, trabas sindicales y cualquiera de esas limitantes. Los nuevos modelos educativos estarán sustentados en el auto-descubrimiento, el auto-conocimiento, la sensibilidad para con el mundo, reconocimiento interno y externo, y obviamente en ciencias y disciplinas que favorezcan el desarrollo del individuo. Cualquier nivel académico no tendrá una atribución de estatus o de valor (del tipo que sea), el fin único es la satisfacción del individuo que le emprende, y a su vez el beneficio aportado a sus conciudadanos con el conocimiento –no aprendido- interiorizado.

20. Reconocimiento de una Ética humanista; fuera cualquier Ética Autoritaria.

21. Las festividades de Día de Muertos instituidas en todas las civilizaciones. Tributo y honra a nuestros muertos. La navidad será tomada con una llana banalidad, aunque la gente –que guste- será libre de celebrarle.

22. No a la moralidad entendida en un dualismo (bien-mal), la moralidad entendida desde el mos, las costumbres, los hábitos, etc. La moralidad entendida desde muchas visiones.

Máxima:

“El sueño es el mito del individuo y el mito es el sueño de la humanidad”

C.G. Jung

martes, 25 de octubre de 2011

Entre subidas y bajadas




Mucho siento por esta ciudad, es mi madre y la madre de muchos que desde aquí no les veo. Veo sus casas, sus calles, sus edificios, sus autos. Escucho sus voces; es de mañana, voces de niños, estudiantes que deben estar a las afueras de la Primaria, en el Centro, entre calles angostas y atestadas de autos. Veo edificios, algunos muy antiguos, casonas ahora convertidas en locales comerciales. En medio se ve un callejón, un trayecto entre jipis y vendimia, restaurantes, cafés. Éste luce muy bien por las noches como otros tantos callejones de la ciudad. Cerca, la Catedral de una sola torre, muy pocos dan cuenta de esto y de lo especial que es (dejando fuera todo carácter religioso). A lado, una pequeña plaza, apenas unas macetas con flores para darle vida al cemento en el que supongo no debe de haber oriundo nacido aquí que no le haya pisado. Se dice que hace muchos años fue un parque, algunas fotos lo atestiguan. Lo último sucedido ahí y a mí parecer ya del imaginario, fue aquel día en que un campesino se inmoló. No hay placa, está enfrente del palacio de gobierno (sí, así con minúsculas) de bella arquitectura. Algunos de sus balcones dan a un parque, repleto de árboles, algunos muy altos y más viejos que cualquier habitante. Fuentes, bancas, sobrio y a la vez popular lugar de diversos encuentros (tribus urbanas, novios, estudiantes, trabajadores de gobierno echándose "bola", homosexuales ligando en la noche). Bajando unas escaleras a la otra sección del parque está una sala de cine y galería conectada a una Pinacoteca, ésta antes fue un acuario, de igual forma lo atestigüé en fotografías sepias. Un excelente mirador es otro de los atractivos del parque. De día o de noche es gratificante, es personal, cada quien ha escrito ahí sus particulares historias. Ves los techos de teja de las antiguas casonas, verdes, más árboles, agua que transita entre cemento. Si miras hacia abajo observaras una peluquería que lleva más de veinte años en la ciudad. Gente tomando café escondidos entre grandes paraguas. Si miras al frente verás agua, un lago rodeado entre, ajá, más árboles. La zona donde se encuentra este lago es cercana a uno de los barrios más populares, sobre todo en las fiestas del 12 de diciembre y en los aquelarres pandilleriles de la década de los ochenta. Una zona de banquetas amplías, peleadas a muerte con las raíces de los árboles que desechan cualquier intención de infraestructura medianamente bien intencionada; una armonía es la singularidad de ese lugar. Cerca está la casa de Arte de la Universidad, es la parte trasera de la Facultad de Artes, por cierto, de las de mejores instalaciones y academias universitarias, se ubica en una de las casonas del Centro, ampliada, remodelada, pero sin perder su aspecto original, ese aspecto neurótico de me resisto a darle el paso al tiempo. La Casa de Arte tiene un escenario al aire libre, su público -permanente- son Los Lagos, son cuatro, de unas aguas muy verdes y sucias, sin que dejen de ser espíritu de esta ciudad (espíritu revolcado); cuando les recorres siempre se siente algo diferente, sobre todo si llegas al último lago, es el más seco, es su parte más desértica, más anecdótica y apacible, entre árboles de nuevo. 
Regresando a las alturas, en donde el parque tiene al frente el palacio municipal vecino de uno de los viejos edificios de la ciudad, éste conserva sus paredes y pisos de un verde setentas. Muchos de los edificios de mi ciudad guardan sus correspondientes épocas entre sus pasillos, muros y pisos. Muy cerca está una de las calles más viejas de la ciudad, ésta guarda la época en su trayecto. Llena casi en su totalidad de casonas viejas, muchas remodeladas pero sin perder esencia, la misma esencia inyectada en las librerías de segunda mano (las mejores), en el bazar de antigüedades, en su iglesia casi escondida, en sus casas no tan viejas pero demarcadas en la sensación que irradia esa calle. Un mercado es el final, -los mercados de la ciudad son  historia- cerca de allí venden discos de acetato de uso. Cercana a la tienda de discos se encuentra una terminal de autobuses foráneos, sus destinos, ciudades aledañas (encantadoras también). De nuevo otro parque, al lado del deportivo (ahí fue la vieja y primera estación del tren). En ese parque se cambia de época, es un momento de la ciudad ciclado, es un parque muy poco frecuentado, los carros que pasan a su alrededor quizás no favorecen el gusto de estar, aunque no importa, es un pedazo atemporal único. No lejos, puedes ver la gran avenida en donde unos lavaderos son testigos del pasar de una modernidad que cada vez extingue más el espíritu de esta ciudad; si deseas aferrarte, callejonea, sube a la Sexta, seguro encontraras estrechas calles que chocan entre sí; caminaras en banquetas altas de pasamanos oxidados. Si eres melancólico agradecerías vivir en esa zona, se respira mucha nostalgia entre el abandono y el grafiti de una alberca sin agua, entre las comisuras notas lo que fue tal vez un club, se aferra a irse entre lockers de lámina picada. Subes, deseas regresar a un momento de alegría, el manantial de arena es la opción, su profundidad es la intención de borrar lo público, he de decir que los domingos no tiene la misma quietud. Hoy sus caminos lucen entre hojas secas, al pisarles truenan, estallan recuerdos de pozas grandes y cuevas artificiales en las que nos introducíamos, del sonido de aves y de ardillas observantes. Y del parque donde rentas bicicletas , en donde es corazón y sinceridad de esta ciudad, de lo más emotivo y triste cuando la vieja neblina regresa; la niebla y el chipi-chipi empiezan a ser fenómenos irracionales para tanta gente "racional". No es el mismo ánimo de esta ciudad, es un ánimo distinto, parece que nosotros, los habitantes lo sabemos y dejó de importarnos. Los estacionamientos y las franquicias desde hace mucho desdibujaron nuestros recuerdos.
...Tienes la oportunidad de visitar antiguas represas, una de ellas fue el motor de una maquiladora de los veintes, se ven sus ventanas rotas, el bullicio terminó, nuevos ruidos ocupan su lugar. De vez en cuando el agua de un río (ahora sucio) cobra venganza y pone a raya a los habitantes, se desborda y los desborda. Hay otro río que lucha mesurado, entre heces sigue corriendo a lado de las casas, el olor es "tolerable", así que sin inconveniente rodeas esa parte de la ciudad, caminando entre sus calles de piedra, terminas en verdes, dejando atrás el estiércol. El verde es apaleado por el cemento de una avenida conocida y entendida en zona roja, la oportunidad de caminarle en madrugadas o amaneceres es única y desoladora al mismo tiempo. Si quieres de nuevo huir, da vuelta a tu izquierda baja por la avenida del viejo presidente, llegarás a lo que fue la segunda estación del tren, ahora demolida -ni así me la quitaran- la tengo ya atrapada en muchas fotografías. En mi memoria aún ceno en el restaurante de barra inmensa; espero la próxima salida con destino no sé a dónde, sólo espero que me traiga de regreso aquí, en donde entre las vías y piedras sigue naciendo el verde.
En donde se halla el descanso, se halla autenticidad, los panteones de mi ciudad son auténticos, vivos estando llenos de muertos. Uno a uno, desde el más antiguo y sus tumbas de masones y aristócratas; aquél de donde se roban las flores y en donde los topos, las ratas, los tlacuaches,  las serpientes e indigentes comparten entre yerbas, y está el que te despide al salir al sur, sus tumbas entre montes y un pasto alto te dicen: adiós.
Mi ciudad desde hace mucho  no es la misma, un avaro le pintó de rojo (es fácil fincar responsabilidades cuando éstas son compartidas), ha sido difícil quitarle ese color, y los verdes que  prosiguen. En este momento tienen competencia de otros verdes, no en árboles o vegetación, sino en cascos y uniformes. La periferia de la ciudad es símil a cualquier ciudad en “desarrollo”: circuitos, avenidas, puentes, plazas, casinos, etc. Asuntos y cosas que terminan por darle legitimidad a las nuevas generaciones, a las nuevas sensaciones y estimulaciones. 


Mientras tanto yo esperaré que el Águila, inamovible venga a bajarme del mirador de este cerro que un día como esta ciudad fue un volcán. Es seguro que algún día hará erupción.  


Un puente cruza la ciudad, entre sus arcos yace un moho, verdad de nuestra humedad.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cartel ochentero



Antes de la caída del Muro de Berlín “el fin de los tiempos” y de que supiese de las repercusiones que traería eso, pasé momentos excepcionales, y al referirme a excepcionales no hablo de buenos o malos, no, fueron momentos singulares sin carácter aburrido de binomio. Diez primeros años de mi vida, testigo y engrane de una yupi –colectiva- existencia; aun niño necesariamente fui –fuimos- influenciado por tendencias, pensamientos y direcciones. El país salía de las crisis, responsabilidad secundaria de un presidente que se comprometió a defender el peso como un perro, su único canino actuar fue el del saqueo. Atrás iba quedando el México del Mundial (gran chivo expiatorio), aquel que sentía íntima relación con el resto de América (sus disputas sociales, guerrillas y equidades hasta ahora impensables, adiós Lucio Cabañas). El país comenzaba a tener sus deslices de una ofrendad cosmopolita, deseoso de pasar de un subdesarrollo al desarrollo ya cantado en el artificio. En el 82 de la Madrid era el neto responsable del breviario nacional, entre el Gran Marquis y un LTD ominoso, del tinte para las canas al placer de los centros nocturnos. El resto del mundo celebraba al balón en la península Ibérica, el Ayatolá fungió como el villano de la historia, necesidad de un némesis inmediato que, en el débil Carter no hallaba correspondencia, fue en un ex actor donde se erigía la figura hegemónica; republicanísimo y en consecuencia conservador legitimo de los valores absolutos. Sus proyectos interespaciales emularon a la saga que en ese mismo año presentaba –para muchos la mejor, me incluyo- su segunda parte: El Imperio contraataca. Mientras tanto los infantes por acá construimos pistas imposibles entre la cárcel y la metita. En hoyitos y encantados quemábamos calorías luego recompensadas en chocorroles, mamuts, gansitos y frutsis. Muchos temerarios tomábamos agua directo del grifo a falta de un billete púrpura de Carranza. Pocos, recuerdo, compraban garrafones de agua, su peligrosa manipulación (envases de cristal) les hacían imprácticos, nuestras madres preferían hervir el agua. La Coca Cola familiar tenía vida promedio para tres días en el refrigerador. Una sacudida televisada vendría en el septiembre del 85, fue el primer trágico evento nacional televisado, un sesgo de solidaridad invadió el espíritu medianamente –y mediáticamente- corruptible de la nación.
En las fiestas de cumpleaños las filas para jugar el Punch Out eran muy largas, tan largas como las filas para echar el doble de Street Fighter, sólo así podías jugar con Ken. Las Turtles, las Tutankamon, las Cosmos y las Galaxi, allí también rentabas Beta y VHS; Los critters, los porkis, Hellraiser, Turbocop, Alligator, Cocodrilo Dundee. Mi primo trabajaba en una hamburguesería en la plaza donde estaba el boliche, aquel adonde llegaban los chicos después de la prepa, dejando sus trappers al lado de una Diet Coke. Zapatos sin calcetas y pantalones deslavados; ellas en el tocador dándole forma al fleco o acomodándose las hombreras. Igual el día en que vi Bala de Plata, He Man, Cobra o Pelotón en el multicinemas, cuando me aterrorizaban los carteles que anunciaban películas como el “Sacristán del diablo” y “el despertar del diablo”. Al mismo tiempo dos adolescentes en blusones -una de ellas llevaba el de Ziggy y la otra uno de Garfield- me sacaron la lengua mientras se comían su Danesa 33.
Ir a la primaria durante los ochentas fue un placer, entre los paseos en la vagabundo, la ojeada al Video Risa y los juguetes de mis cuates, envidié siempre la serie de ninjas que se estiraban. La fiebre ninja, películas y estrellas de papel ninja. Novedades echó muchas telarañas en papel, de 15 días y semanalmente la diversión con el amigable vecino allí estaba en el puesto de revistas, al lado a veces de los alarma juntito a las Ejea y su variedad de Sensacionales: mercados, sirvientas, albañiles, traileros y luchas. Las luchas de los sábados, tortuoso el hecho de que te gustasen las luchas cuando la mayoría les despreciaba; el Box y Lucha fue un inseparable acompañante. Los domingos en la Arena fueron irrepetibles, los jueves me quedé muchas veces sin ir, ese día no sólo luchaban los locales, venía Shadow Jr, El trío fantasía, Black Man y demás.
Y en el mundo, las olimpiadas de Seúl, la Guerra fría, la sacudida de Watchmen y un Miller que envejecía-rejuvenecía la figura de Batman –durante la caída del muro de Berlín un chico de la Alemania del Este enfundado en una playera del Murciélago corría eufórico hacia la libertad-. De muchos álbumes de estampillas me hice, no todos llené (era imposible encontrar algunas estampillas de Mazinger o de los Thundercats). Mi amigo, el hijo del diputado las tuvo todas; en su casa escuché mi primer CD, en sexto año escuchando a Quiet Riot, Megadeth, Warrant, Mr. Big, Poison, Alice Cooper, Skid Row, Iron Maiden, los primeros de Sepultura, los Alive de Kiss, el Bad Medicine entre otros. De cintas regrabadas de calidad Gauss me hice de mi colección, potentes sonaban en mi grabadora de doble casetera. Amaba mis L.A Gear y correr con ellos tronando huevos en las ventanas de los vecinos, libre de ir y venir, sin preocupación, sin angustia, mi futuro comenzaba a ser una predicción en la televisión satelital, y del sueño de tener un día Cablevisión. En la televisión me describirían el mundo, mis tardes saltarían del Tienda tras tienda de Imevisión a la MTV.
Ahora no tengo la necesidad de exigirle a mi memoria el colapso de imágenes deseadas, tengo cable, hasta internet, y conozco –reconozco- que aún teniendo todo eso anhelo en desmedida volver en un Delorean a los ochentas.

martes, 20 de septiembre de 2011

1965




No podían tener más esos objetos, las pertenencias del Dr. José Leopoldo Ramos les provocaban a sus hijos aún sentirlo cerca, como si estuviera vivo, probablemente. Su esposa (había muerto cinco años antes) e hijos no volvieron a saber de él, se cumplían 17 años desde aquel día en que no regresó a casa. Habían sido varías las pertenencias que desecharon, la última propiedad del Dr. José Ramos eran estos libros, pasarían a una librería de segunda mano. En una reunión de hermanos llevada a cabo la semana anterior determinaron sacar los libros, la hermana dio la opción de donarlos. Así sería. No los soportaban un instante más. Su madre nunca pudo recuperarse de la desaparición de su esposo, ellos sabían que su madre murió de tristeza, de incertidumbre. Suficiente la espera de 17 años, muerto o vivo no regresaría.

El comportamiento de su padre en los últimos años antes de su extraña desaparición se tornó extrovertido en ocasiones; atípico, introspectivo muchas veces: su comunicación hacia la familia disminuía día a día, dejó de ir al hospital, de dar consulta. Pidió un permiso provisional en la Universidad, no volvió a dar clases. Gran parte del día la pasaba en la biblioteca, de ahí mismo quitó todo título, reconocimiento. Cualquier alusión al sistema académico terminó en la basura. Canceló sus créditos del banco. Le hizo vender a su esposa uno de los dos autos, el que quedó se utilizaba sólo en situaciones de emergencia; dejó de ver la televisión. Dormía en el estudio, el mismo en donde atendía a sus pacientes; una noche los tres hermanos desde la ventana de una de las recámaras de la casa vieron cómo el Dr. José Ramos quemaba los expedientes de sus pacientes: bitácoras, folders llenos de notas y registros. Pasaba días enteros sin hablar, los alimentos se le llevaban a la biblioteca o al estudio, salía a la calle para lo indispensable, hubo meses en los que no salió. Empezó a recibir llamadas telefónicas en altas horas de la madrugada. En una ocasión uno de los hermanos escuchó una de esas llamadas “Pronto, lo haré pronto” dijo el Dr. Ramos colgando el auricular. En algunas ocasiones el Dr. Ramos decidió acompañarlos en la mesa, ahí su expresión no se redujo a silencios ni a monosílabos, daba grandes discursos a su familia: les hablaba del fin de los tiempos desde un carácter simbólico, de la enajenación del mundo, el control mediático, el rezago educativo, de lo conveniente de mantener a una sociedad ignorante, la gran incapacidad de las instituciones para brindar seguridad, bienestar y justicia, el cómo esas mismas instituciones tienen espacios en donde se deposita a los anormales, a los distintos, los atípicos, espacios en donde la misma sociedad esconde lo que no desea confrontar. En esos términos y en ese ímpetu se daban los discursos en la mesa, el Dr. no dejaba hablar a ningún integrante de la familia. Instruía, es lo que les decía, instruía. Finalizados sus discursos recogía los platos de todos llevándolos luego al fregadero, volvía de nueva cuenta al estudio, a ensimismarse.


Formar su realidad interior

El Dr. Ramos en sus días de prosperidad y reconocimiento fue un eminente psiquiatra y psicoanalista. En ambas formaciones sus sustentos teóricos habían sido hasta ese momento muy ortodoxos, claro debe reconocerse que, nunca perdió ese lado humano que es muy difícil reconocer en esas actividades. Médico psiquiatra por más de 30 años en el Hospital General; llevó varios casos a nivel particular, aquellos relacionados con eventos traumáticos eran de su especial interés, las obsesiones en sus singulares planos le apasionaban. El homicidio cometido por uno de sus pacientes (asesinó a su pequeña hija) fue el primer detonante de los repentinos cambios en la personalidad del Dr. José Ramos. Días después de este catastrófico evento comenzó a dar de alta a sus pacientes, muchos crónicos, algunos en cortos periodos de tratamiento. Pretendía no obviar a su familia sobre aquel fracaso que le hundió profesionalmente, personalmente. Al Dr. Ramos se le reconocía dentro del gremio por sacar siempre avante a sus pacientes, siempre apegado a las normas, a las reglas, a ejecución clínica comprobatoria, a las dosis –prescripciones- exactas del malestar tratado. Al Dr. Ramos no le fue difícil distinguir entre lo normal y lo anormal, criterios, sintomatologías, conductas; su ética y moral socialmente aceptada (herramienta infalible en el trabajo de sus pacientes), no fue suficiente en el filicidio. Sus manuales -entre ellos el reconocido DSM II- fueron directo a la basura, se interesó en nuevos temas, propuestas relacionadas con la introspección, el orientalismo, la combinación –anti natura- de disciplinas: Psiquiatría y existencialismo, empirismo y subjetividad, etc. Temas como la simbología del espíritu, metafísica de la expresión, espacialidad y temporalidad; un cambio radical en la formación del Dr. Ramos. Sus clases en la Universidad fueron desechando la idea de un marco “universalista” del hombre, sus intervenciones dieron realce a la pluralidad, hizo a un lado la idea de un ética y moral absoluta “Ataduras, la persona normal es aquella que ha renunciado su voluntad para aceptar la voluntad del grupo…” les decía a sus alumnos. Días antes de pedir su permiso provisional la junta académica estaba por expulsarlo de la Facultad; sobrepasó los límites, persuadió a los alumnos a quemar biblias, constituciones, textos –gratuitos- de educación básica, bibliografía y manuales de psiquiatría tradicional. Un sector del alumnado estaba motivado, emocionado ante el abrupto cambio de su catedrático, que no está por demás decir, era una de las vacas sagradas de la institución; el otro sector reprobaba el actuar del Dr. Ramos. Inconcebible, decían los más puritanos conservadores, sus colegas; amigos de años dejaron de hablarle cuando lo encontraban entre pasillos.

Le dijo a su esposa que él iría por los periódicos ese domingo por la mañana, su esposa palideció al ver el terrible aspecto de su esposo; cuatro meses de no salir del estudio, de no verlo: el pelo largo, la barba (canosa) muy crecida, el pijama sucio, las sandalias de distintos pares, destilaba un fétido olor. Llevaba una caja de zapatos sujetada por el brazo derecho, pegada a la costilla. Besó a su esposa en la frente. Los tres hijos estaban dormidos. -Regreso, ten listo el desayuno- fueron las últimas palabras del Dr. José Leopoldo Ramos. No se volvió a saber de él. Hubo detalles que asentaron la decisión de sus hijos al respecto de irse deshaciendo de las pertenencias –del recuerdo- del Dr. Ramos. Tres fueron notorios: ese mismo domingo por la noche un coche bomba detonó en las inmediaciones del Palacio de Justicia, no hubo ningún muerto. El hecho fue noticia nacional. No formaban parte de la cotidianidad los autos bomba o artefactos explosivos, menos si éstos pretendían o como en este caso, aparentaban un atentado. Otra versión es aquella rumorada por el alumnado, decían que el Dr. Ramos se había fugado con una alumna, Leticia Vallejo, estudiante de Ciencias Políticas; se le vio en la mayoría de cátedras impartidas por el Dr. aunque no pertenecía a su área. Mucha comunidad estudiantil comulgaba en lo expuesto por el Dr. Ramos, la quema de textos le dio una nueva revaloración entre grupos disidentes. Ella, se sabía, tenía una afinidad con él más allá de la ideología. La última versión fue comentada por el que después se convertiría en el esposo de la hija de Ramos. Estaba en la comisaría de aquel pueblito, era él, más viejo, la piel quemada, el pelo largo y cano. Lo reconocí, sobre todo por lo que le decía al pobre policía, un anciano también: “mírate allí, condenado a ser un sirviente de leyes que ni conoces ni entiendes. Un pedazo de hombre sin voluntad en sus últimos días sirviendo a las instituciones que seguro lo liquidarán y le olvidarán. Atrás de tu escritorio apolillado, en una autoridad nula que no te da ni para gobernarte a ti mismo”. El viejo policía le respondió entre risas, “sí Leopoldo, sigue viviendo en tu mundo, anda, vete, aquí en estos tiempos ya no tienes sentido”.

lunes, 29 de agosto de 2011

La Vieja Nina




Es la casa más peculiar en el caminito de piedras que te lleva a la pila de donde toma el agua la gente, rodeada entre hierbas y plantas. La casa era de pura piedra maciza, viejísima me imagino, de techo alto, de teja; dos puertas, por lo regular en el día siempre abiertas. Una ventana grande desde donde se puede ver el piso de cemento empastado en un color verde ya muy gastado. La silla tejida y los costales de maíz, frijol, junto la única recamara: su cama y la cobija de lana. No hay imágenes religiosas, la habitante aquí cree en otras cosas. Aunque en la cocina donde está la abuela Nina hay un calendario con la imagen de la virgen; la leña, la estufa y el combustible ardiendo, una ventana y una puerta son por donde sale el humo, negrísimas las paredes. La mesa y una silla, un plato (el único), la abuela pocas veces tiene visita. La abuela Nina siempre trae ese vestido sucio, no le he visto con otro qué yo recuerde. Se le ensucia de tierra cuando sale a cortar el epazote. Nina tiene muchas plantas, las hierbas y los árboles son su jardín.

La vieja Nina como le decía el pueblo se peina el pelo negro, brilloso, no tiene canas; su cara es muy arrugada, sus facciones son arrugas, sabes que es una cara cuando habla (poco lo hace) o parpadea. Una edad difícil de calcular. Nina visita el pueblo sólo para ir al molino, a su regreso se le ve pasar llevando en cada mano dos cubetas llenas de masa negra. Nadie le ayuda, los pies negros y partidos siempre parecieron ser resistentes.- Es fuerte la vieja Nina- Decía Otilio en compañía de los trabajadores al verla pasar llevando sus dos cubetas pesadas. Otilio era el jefe de los peones de unas parcelas, las más grandes del pueblo; desde niño trabajó la tierra. Nina le daba tacos de manteca y sal cuando Otilio iba a la pila por agua. No le hablaba, nomas le estiraba la mano ofreciéndole el taco. Otilio parece haberlo olvidado, la ve mientras le da el sorbo al aguardiente. Son las seis de la tarde, le propone a los compañeros ir de cacería el domingo en la mañana. –Tengo ganas de comer una bestia del campo, que sepa a hierba y tierra, de carne fresquecita- les dijo Otilio a los trabajadores que asentaban mientras el aguardiente se acababa. Susana, la vecina de la abuela Nina, no la volvió a ver jamás después de ese domingo, lo único que recordaba era la figura de Nina adentrándose al campo muy de mañana.

El domingo Otilio se encontró con los muchachos, en las primeras horas del día subieron el cerro; si bien su propósito era ir de cacería Otilio no les decía específicamente qué cazarían. –Un tlacuache, me dijo mi compadre Rubén que por esta zona se ha visto uno muy grande, de pelaje negro, brilloso. Dice que él lo vio- Sin que se lo preguntasen les mencionó Otilio a los hombres quienes iban cargados de escopetas y trampas; no olvidando una garrafa al tope de aguardiente y un recaudo para el guisado. -¿A qué saben esos animales? No los he comido- decía uno de los peones, otro más comentó que debían saber asquerosos -esos animales son ratas grandes-. Sabrosa, la carne dicen es muy sabrosa, al decir esto Otilio logró callarlos. No importaba que estuvieran de cacería, seguía siendo su patrón y el grupo obedecía. No tardaron mucho para encontrar la presa. El más joven de ellos sintió el golpe de unas ramas en su pierna, gritó que algo pasó junto a él, “un tlacuache”, todos lograron ver al animal mientras éste corría entre las yerbas, el pelo negro le brillaba, la luz del día lo hizo más visible, fácil de atrapar. Nadie disparó, se dispersaron, solo Otilio le siguió, el resto le cerraría el paso. El animal asustado venía de regreso sin darse cuenta a topar en los pies de Otilio. No le disparó, desfundó el machete y se lo metió en el pescuezo, el animal se retorció en sus pies hasta morir. En efecto se trataba de un animal ominoso parecido a una enorme rata, Otilio sacó el machete del pescuezo y ordenó a dos hombres levantasen el cuerpo; buscaron un lugar para cocinarlo y celebrar. Otra cosa no dicha por Otilio es que aparte de comerlo deseaba mucho la piel de ese animal, su casa estaba repleta de pelajes, cueros de animales cazados. Comenzó a desollarlo, mientras unos hacían la fogata, otros cortaban los chiles, tomates y cebollas; el joven servía el aguardiente. La mano de Otilio cubierta de sangre se agitaba pidiendo su trago. El animal sólo en músculo fue cortado primero de la extremidades, en el corte de las patas traseras Otilio se dio cuenta que se trataba de una hembra. Metió el cuchillo en la panza, en un corte sacó todas las tripas, la menudencia y las echó atrás de unos arbustos. Le degolló para luego meter los pedazos de carne en dos cazuelas, el animal no cupo en una. –Puss ya así hirviendo y el olorcito del recaudo puede saber bueno- Dijo Félix, hombre de confianza. Apenas cinco tortillas se habían calentado cuando comenzaron hacerse tacos, en las mascadas y tragadas se notaba un gran placer, efectivamente era muy sabroso, nadie asociaba el sabor de esas carne con algo que antes hubieran degustado. Otilio comía el tercer taco, contemplaba la piel del animal, brillante.

La piel del tlacuache se volvió parte de la colección de Otilio, lucía bien. Lo peor de esos días, exactamente un día después de la cacería fue la terrible infección en el estomago de Otilo y el resto del grupo, se la pasaron seis días con fuertes dolores en el vientre, diarrea y un vomito incontrolable. Indigestión les dijo el médico del dispensario. El que parece no haber sanado fue Otilio, a los pocos días empezó a tener altas fiebres, en los delirios le decía a su mujer que la piel del tlacuache era el cabello de la Vieja Nina, que la había visto parada allí junto a las otras pieles.

En realidad Nina no es mi abuela, soy hijo de Otilio, del difunto Otilio. Conocí a la vieja Nina de niño, en los acarreos de agua, allí estaba ella con los tacos de asiento de manteca y sal; repetidas veces le pregunté su nombre, jamás respondió, le empecé a decir abuela. Mis padres me prohibieron hablarle, mi papá tenía aversión a Nina. Es una bruja, es nahuala decía. Me asusté y no volví a aceptarle taco alguno, dejé de hablarle. Mi papá no volvió a ser el mismo después de aquella cacería. No dejó de ver y hablar de Nina hasta el día en que murió.

martes, 23 de agosto de 2011

Ilusiones

Marlon Brando



La promesa: el mago nos presenta algo común, un mazo de cartas, un pájaro, un hombre. Nos muestra un objeto, quizá nos pida que lo examinemos, para que veamos que es real, inalterado, normal.*

No sé si esto pudiese ser interesante para mi análisis. Fue un sueño muy común, parece no tener significación alguna en mi vida, claro usted es el experto, aunque no hay sueños comunes ¿o sí? Me siento muy extraño cuando me mira así, lo sabe. El silencio no es algo común, eso lo aprendí aquí. Está bien deje de mirarme, le contaré.

Una calle enorme, no la conozco, ni siquiera es parte de otro sueño. Camino, personas junto a mí siguen sus destinos, se me ocurre que igual no son felices, no estoy seguro de ello. Simples, son figuras simples, detalles simples: gente, edificios, autos, letreros, árboles, un cielo, un sol; no hay cambio alguno, insisto en mi andar. Le informo no saber a dónde voy, no me noto, siento o parezco cansado. Usted disculpará los abruptos cambios de mis tiempos, recordemos, el proceso de sueño no se rige en tiempos; disculpe de nueva cuenta la impertinencia pero es que he aprendido mucho de la materia. Independiente de esto, el sueño es muy plano, normal. Otro detalle, éste tal vez le parezca interesante: en mi andar comencé a contar las mujeres que allí deambulaban, ¿para qué perdería el tiempo (otra vez el tiempo) contando soles o nubes? de éstos como le dije sólo había uno y el cielo era completamente azul. Los hombres parecen no interesarme. Encontré un sentido, propósito. Mujeres en su mayoría: bocas rojas, cabello corto o largo, niñas, adolescentes, maduras, estéticas, podría ser éticas, no histéricas. Imposible que me inmutara. El sol no me otorgaba energía, ellas lo hacían. Mis piernas rápido se movían. Quiero enfatizar lo normal de esto, lo real, bueno lo cuasi real del sueño, me comprende. Es todo, y en el sentido tradicional no hay nada “mágico” en su contenido, usted dirá.


El giro: el mago toma el objeto común y lo convierte en extraordinario. Ahora bien, uno busca el secreto pero no lo encuentra, porque, claro está, no miramos. Uno no quiere saber. Uno quiere… que lo engañen. Pero aún no aplaude, porque hacer desaparecer algo no es suficiente.*

Como tuvo a bien apuntar, ningún sueño es un rasgo simple, vago. El sueño es una magnificencia, una realidad que cohabita en nuestros inconscientes. Para muchos individuos -llamados por la sociedad alienada: orates, enfermos mentales, la rotulación que desee- ese espacio se funde en su realidad, otorgándole un refugio -una infinita simbología- obvio está, interpretados en significación social o individual, arcaicos o particulares. Una primera revelación, quizá es el adjetivo propio para estos tiempos de descomposición social. Impetuosamente diríamos señor que, propiamente su sueño creó un mundo simple, pero a la vez extraordinario en contrariedad con su sentir, mágico sí así queremos llamarlo. Intuye un beneplácito al saber -creer- la tristeza en otros, cerca, pero fuera de usted. Ahora bien la intuición es irrealidad, al menos hasta poder comprobar lo contrario a lo pensado, a lo premeditado. Pero no me mire así, no es un trucaje, es su sentir. No deje de mirar hacia adentro, no se niegue.

Por otro lado, el tiempo es inevitable para el estado físico, el tiempo mental se perpetúa, no obedece a un finito, de ahí su andar sin motivo alguno, pareciese. Aprovecho para reconocerle su instrucción en el universo de los sueños. Continuando, la figura del Sol, la simbología del Sol, es la representación del rey, el omnipotente y dador de vida; no niega su existencia pero la recrimina, lo hace único entre un cielo azul, limpio, inconexo a esta realidad. No olvidemos el árbol, aunque no sea un elemento primordial de su sueño éste representa a la madre tierra, y sí, considerando el grupo de mujeres de las que dice interesarse son su ánimus, su Tierra, su propio Mundo, su percepción femenina del mundo, de la que tal parece depende –se compone- en demasía. Abstracta diría la idea de la histeria, sin embargo primordialmente significativa, y la negación de su propia histeria por consecuente. La histeria como el malestar que le impide.

La prestidigitación: uno debe hacerlo aparecer nuevamente.*

Parece que hemos rebasado el tiempo de nuestra sesión. Si desea podemos partir de aquí en nuestro próximo análisis, considerando otros símbolos no descritos. Pero no me mire de esa manera, sea comprensivo no conmigo, sino contigo. Responda ¿Le pasa algo? ¿No le gusta lo que mira? Haga el favor de pararse y retirarse.

Es verdad, no puedes caminar; en realidad no estoy hablando con ningún analista, psiquiatra o psicólogo. Creo que estoy de vuelta, el efecto del fármaco ha pasado. Estoy hablándome aquí, desde más de hace una hora viéndome al espejo, escuchándome e interpretándome. Sentado, sentado en esta silla de ruedas y con estas piernas que un día ya no quisieron moverse.

* The Prestige, Christopher Nolan

sábado, 6 de agosto de 2011

Conciencia del inconsciente

Si la conciencia subjetiva prefiere las representaciones y opiniones de la conciencia colectiva y se identifica con ella, los contenidos de lo inconsciente colectivo son reprimidos. La represión tiene consecuencias típicas: la carga energética de los contenidos reprimidos. Se suma hasta cierto grado* a la del factor represor, con la cual la efectividad de éste aumenta proporcionalmente. Cuanto más crece su carga, cuanto más adquiere la actitud represiva un carácter fanático y más se aproxima a la conversión en su puesto, es decir, una enantiodromía. Cuanto mayor es la carga de la conciencia colectiva, tanto más pierde el yo su significación práctica. Es absorbido, podríamos decir, por las opiniones y tendencias de la conciencia colectiva y surge de ese modo el hombre masa, que siempre está entregado a un “ismo”. El yo sólo mantiene su independencia si no se identifica con uno de los contrarios y logra mantener el equilibrio entre ellos. Pero esto es posible si se tiene conciencia de ambos a la vez. Es cierto que no sólo sus líderes sociales y políticos hacen que tal equilibrio resulte difícil, sino también sus mentores religiosos. Todos quieren la decisión a favor de una cosa y con ello la identificación total del individuo con una “verdad” necesariamente unilateral, Aun cuando se tratara de una gran verdad, la identificación con ella sería de cualquier modo una catástrofe, pues obstaculizaría todo evolución espiritual posterior. En lugar de conocimiento se tiene entonces convicción, lo que a veces es más cómodo y por lo tanto más atrayente.


*Es muy probable que los arquetipos posean en tanto instintos una energía específica que no es posible llegar a quitarles. La energía propia del arquetipo no basta normalmente para elevarlo hasta la conciencia. Para este fin se necesita un determinado quantum de energía que fluya de la conciencia al inconsciente, sea porque la conciencia no emplea esa energía, sea por el que arquetipo lo atraiga por sí mismo. El arquetipo puede ser despojado de esta carga adicional pero no de su energía específica.


C.G. Jung “Arquetipos e inconsciente colectivo”




Nota: Tratando de explicar en analogías y realidades, tal cual realizaba el Master Jung, entendamos al consciente colectivo como las generalidades ya otorgadas, la alienación, el no derecho al individualismo y sí, mucho al hecho dado, digerido. Diferencia con la conciencia individual, la cual nos equilibra, nos protege, regula (el instinto), construye nuestro Self. Ahora, consideremos que cada palabra (símbolos) significa algo distinto para cada persona, aun compartiendo los mismos antecedentes culturales; su significado no se verá allanado, mientras que su significación presentará variables inducidas por su religión, política, ética, psicología, etc. Al final arquetipos.
Y como mencionaría más adelante en esta misma obra, los sueños como materia de la psique, lo que construye el inconsciente, esa que nos habla en los sueños y sus símbolos. Los sueños no son un hecho superfluo y secundario del hombre.

miércoles, 27 de julio de 2011

Cecilia




Cecilia:

Ay Cecilia, ayer me enteré que te fuiste de la ciudad, fue por él, al final te convenció ¿Que quién me lo dijo? Es lo de menos, lo veía venir, lo sentía de ti… Híjole, te acuerdas cuando llegaste a la escuela y todos te hacían el feo porque venías de un colegio privado; yo te defendí mil y un veces. Tu carita me selló desde ese primer día que entraste al salón -cada lugar por donde pasabas me imaginaba a tu lado- Me definiste. Tus ojos me incineraron algún residuo de gusto por los hombres, no hubo belleza más que la de una mujer, la única mujer, mi única niña. Esa fuiste Cecilia. No te preocupes, esto no es una carta suicida, no cometeré una locura; como aquel día que me emborraché en tu casa ¿Recuerdas? Casi me vacío la botella de ron de tus papás. Lo peor de ese día no fue eso, sino cuando tu mamá nos encontró en el closet dándonos nuestro primer beso. Sencillamente inolvidable. No me hablaste en un mes. No puse otro pie en tu casa hasta la navidad del 92. Tu madre no se lo dijo jamás a tu padre, así que fue un secreto entre mujeres; tu mamá permitió nuestra amistad, muy en el fondo y a regañadientes sabía que te amaba, que nadie como yo para cuidar a su hija. Cecilia cómo te extraño, adoración.
Las vacaciones de Valle ¿Te acuerdas? Te escribí un “poema”, andaba en esos rollos góticos muy tronados. Mientras el resto la pasaba en la fogata yo me quedé en una esquina viendo el reflejo de las brasas en tu cara, sentía que si el fuego te alcanzaba no te quemaría. Esa misma noche quería quemar tu piel, entendí no sólo mi amor por ti, entendí mi insaciable deseo en ti. Nunca te pregunté si le llegaste a leer, la dejé entre tu slipping. Si no lo hiciste, ahora sabes más o menos su contenido. Hice cientos de cartas, muchas las recibiste otras tantas no te las di, ahora que las vuelvo a ver me horroriza que las pudieras haber leído; algunas son muy cursis, provocativas, y otras, devastadoras. No me hagas caso, sabes que siempre estuve loca.
Cuando entramos a la universidad algo cambió en ti. La gente no influía más en tus decisiones, no te utilizaba, hiciste tu propia conciencia. Fue mi momento anhelado. Traería también pesares. Esas amistades tuyas, tan raras, ante las cuales me “destapaste”. ¿Sabes? ese día fue muy cruel, tu nueva seguridad, la adoración de esa gente y la intoxicación te hizo decirles a todos, no se me olvidará: “Ésta es mi mejor amiga, que digo amiga, es amor. Es una machorra, sí, y si alguien dice algo le rompo la madre…” Siempre fue evidente mi lesbianismo, las facciones toscas de mi cara y mi espalda de cargador no ayudaban. Sabías que al menos hasta ese momento nadie conocía mis preferencias – y cómo para qué-, ni tú, al menos abiertamente. Y lo hiciste, deliberadamente, no en la condición de darme apoyo, protección, no, sólo fue tu ego; el que fuéramos testigos de tu libertad mental “Tengo una amiga lesbiana, la quiero y qué, soy pluralista”, ja, lo mejor fue interpretarlo así. Como tu madre, muy en el fondo reconocías que nadie te amaría como yo, espero continúe de esa forma. Y mira que lo demostraste ese día. Más intoxicados aun, tus amigos te retaron a que me besaras enfrente de ellos, lo hiciste, me cristalicé. Poco a poco me dejé llevar, los ojos abiertos de asombro al sentir tu boca delgada y húmeda, tu delicada lengua empujando, cerré lentamente los ojos. Floté. Luego en el frenesí te pidieron que me desvistieras, lo hiciste. Comenzaste a succionarme los pezones delicadamente, ni rastros de vergüenza, pena alguna. Era tuya. Despertamos al otro día juntas en uno de los cuartos de las cabañas, fue nuestra primera de muchas noches. Ese día te despertaste tan fría, mientras te cambiabas no dijiste nada, hubo un momento en el que me miraste, sentí ser sólo una conductora. Se consolidaba tu nuevo yo y en mí encontraste el medio. Qué extraña eras, entre más me dolías más te quería. Entre novios, rompimientos y pelas, ocupé siempre mi lugar: tu consuelo, tu oído, tu refugio. No me importaba que no pudiéramos salir a la calle. Muchas veces nos enclaustramos días en tu departamento o en el mío, son parte de mis mejores años, como siempre te decía “Encontraste lo mejor de mí, tú”. No niego los tiempos amargos, aquellos en donde llegabas hecha pedazos debido a que uno de tus estúpidos novios te había hecho daño. Uno de esos idiotas te llegó a enfermar, te alejó meses de mí, no me respondías, te escondías. Hasta aquella noche que llegaste ahogada en llanto, no podías ni hablar, me abrazaste diciéndome que no te soltara nunca, que prometiera que siempre iba a estar. El desgraciado se convirtió en una pesadilla, más tranquila me contaste las varias ocasiones en que te golpeó, de su terror psicológico y control en ti. Algo que me destrozó fue que lo amabas, lo insinuaste. Lo odiaré el tiempo que sea necesario. Ese rompimiento te tuvo nueve meses deprimida, te lo juro Cecilia, no me cansé de secar tus lágrimas y si de algo sirve, sufrí contigo hasta el fondo. No quiero convertir esto en un reproche, sin embargo lloraríamos otro rato. Comenzamos a salir, las noches condicionaste. Íbamos a bares, lugares, quisiera borrar el día que accedí. Seguías en tu altanería extrovertida, eras –eres- muy hermosa, sería difícil que pasases desapercibida. Además bebías excesivamente, te tornabas agresiva y pretenciosa, infinidad de noches te llevé arrastrando. Mientras dormías tu borrachera te contemplaba hasta que el sueño me vencía. Largo tiempo tuvimos esa dinámica. El problema se originó cuando comenzabas a salir tú sola, diciéndome que no te esperara despierta. En el colmo de tu libertad, llegaste muy tarde una noche, venías acompañada. Sentí tu espalda golpeándome en la cama, desperté, unas manos, no las tuyas, comenzaron a tocarme, me paré enseguida de la cama y encendí la luz. Desnuda del torso, mientras la adicta que te acompaña me coqueteaba torpemente, te quise matar. Me maté yo, me largué de la recámara y dormí en la sala. No salieron hasta el medio día. Esto se hizo una dolorosa costumbre. Una tras de otra, y lo peor es que no te las llevabas a tu departamento, las traías aquí. No sé qué pensabas. Sólo a una de tus aventuras me entregué. Me sentí indigna, pero te amaba, te amo demasiado. De esto, un mes más estuviste, ibas sólo por ropa a tu departamento. Parecía una pupila en mi propia casa. Te limitabas a compartir el espacio, comíamos, dormíamos, vivíamos bajo el mismo techo, en un enorme hielo. No me tocabas, y cuando yo quería iniciar algo me hacías a un lado, "que otro día, que tu día fue pésimo..." No hace mucho desperté, me diste una tremenda estocada, dejaste una nota en el buro. Adiós decía. Nada más. Prefiero ahorrarte el contarte cómo la pasé esos días, se convertiría ahora sí, en una carta de infinitos reproches, dolor. A los cinco meses, encontré un recibo -al menos eso pensé primero- debajo de mi puerta, la invitación de tu boda. Te casabas; un día te fuiste, así, y ahora me invitabas a tu boda. Con la frivolidad de un cartón de ésos, tan ilusorio, tan “correcto” y “lindo” (discúlpame otra vez estoy vomitando reproches). No podía creérmelo, sentí tantas cosas, sensaciones a la vez. Siempre despertaba con la esperanza que te comunicarás, de verte regresar ¡Carajo! esperaba una nota debajo de la puerta, ajá, jamás una invitación a tus nupcias. Quemé todo Cecilia, tus fotos, tu ropa, tus estúpidos cuadros, tus figuras, libros, peluches, discúlpame. Todo. Estúpidamente creí que de alguna manera parte de ti en mí se iría en esos objetos, no fue así. Extrañaba cada pieza, cabello tuyo en la almohada, sentí que te me convertías en fantasma. Como ya sabrás no asistí al mal llamado día más importante de tu vida ¿Qué demonios significa esto? En cambio tú significas el espíritu en mí. Y sí, esto se convirtió en un reproche amargo. ¿Por qué me dejaste? ¿Qué sucedió? ¿Y mi princesa? ¿Y el maldito amor? ¿Mi maldita vida?...
Estoy más tranquila, olvida esas estupideces, pero necesitaba decírtelo, escrito al menos. Cecilia, maravillosa Cecilia, necesitaré morir, crecer y llegar de nueva cuenta al momento en que te conocí, es la única manera de ser feliz. Quizá mi grave error fue sentir frenéticamente mi amor, y no detenerme a sentir el tuyo. Espero y en verdad lo digo que aquel con el que compartes afectos te ame al menos un instante como yo. Imposible olvidarte.
Adiós.
*El esposo de Cecilia se llevaba la mano al rostro, se notaba demasiado tranquilo, demasiado temple después de esto. Regresaba la carta al sobre, miró a su alrededor percatándose de que nadie lo viese, sacó su encendedor y prendió fuego al sobre."

sábado, 2 de julio de 2011

Notidisparates (sic).

Notidisparates informa: Ante los eminentes cambios de los canales de comunicación otorgados –y legitimados- por la creciente población virtual, o comunidades pertenecientes a distintas redes sociales, sí, aun repetitivo parezca y suene, La Real Academia de la Lengua Española ha optado por hacer ciertos “cambios” oficiales a algunas palabras (verbos, artículos, proverbios, pronombres y demás). Las razones: el reduccionismo y atomización del lenguaje (pensamientos y gramática), y qué decir de los aforismos que la gente –perteneciente a las comunidades- ha hecho pan de signos y cotidianidad –sorda- de sus vidas, aunque eso son bollos de otros hornos. La decisión de algunos integrantes de la pomposa Academia radica en modificar la estructura gramatical y de sintaxis de algunas palabras de nuestro –ahora ya no- exquisito idioma, he aquí una lista de algunos de los ajustes:
Que por q o ke
Con por cn
Por corresponde ahora a “x”
Aunque por aunke
También por tmb
Oye por oie
Para por pra
Bien por BN
Mucho por muxo
Porque por xke
Verdad por verdd
Están por stan
Aquel por aqeel
Ninguno por nin6uno
Como por qomo
Gracias por 6raxiias
Ayer por aeir
Lunes por lunss
Y así una lista interminable. En opinión de un geek, éste nos dijo que la idea es que las nuevas comunidades reduzcan su vocabulario tanto o más que el parámetro establecido por los maras salva truchas (90 palabras, el resto son señales). El diccionario con la nueva terminología estará a la venta en próximas fechas; esta situación causo revuelo y molestia en algunos sectores de las comunidades mencionadas, posteando lo siguiente en diversas redes sociales:
“Qomo, kien ns pgara los dechos muxo d ezas pabras c dben a ntrs”
Y como dijo Barthes: “La sintaxis, el vocabulario, la mayoría de los materiales elementales, analíticos, del lenguaje, se buscan ciegamente sin unirse”.
Seguiremos informando XD.

lunes, 27 de junio de 2011

Treinta y tres




Y habiendo corrido por horas, ante el hecho de haber resuelto enigmas en base a resoluciones o ideas –que en inicio se pensaron propias- continuó hasta un fin no demostrado, no entendido, ante el cual sin importar tendría que llegar. Recovecos, zanjas y epifanías hartas de ser rebuscadas y parchadas. Huecos en el tejido de su felicidad. Se vio demostrada su ineptitud y su maquinea actitud en el momento detonar su máquina; el cumplido se volvía el grito y las ganancias el olvido.




Templado. A usanza del viajero de última hora, un poco más y lo pierde. Se subió, y contrario a lo que imaginó esa mañana los vagones expulsaban personas, unos embarrados con otros: niños, viejas y viejos reposados y desesperados de llegar. Viaje largo era éste, no vale la pena recordar el número de estaciones. La axila de la anciana de cabellos purpura rosaba su playera sport, quiso empujarla, no se atrevió, el brillo del cabello lo doblegó. Particularmente siempre se siente observado. No, no es el deseo de reconocimiento, es una atención abominablemente acusadora, de señalamiento, es la idea de ser imagen perpetua de aparador, de exhibición de lo no grato. Una niña le pisó el pie, el dedo de la uña enterrada, agarrarla de las coletas y arrojarla entre el breve espacio de aire en las ventanas, mandarla lejos se recomendaba. Fue imposible moverse entre tanta carne, menos catapultar una chiquilla odiosa. El tren viajaba a una velocidad considerable, finalizaría pronto. Paciencia se repetía; el bigote de sudor le picaba, la mosca le sobrevolaba cerca de los anteojos. De tanta gente llegó a pensar que se encontraba en una calle atestada, un callejón repleto en movimiento, en velocidad considerable. En una de las estaciones se bajó más de la mitad de los pasajeros del vagón, entró un número mayor del que bajó, jóvenes la mayoría. La velocidad no fue ya la misma -incremento- su paciencia tampoco, mucha gente observándole y la luz del sol chocándole en la cara. Pensar en callejones no ayudaba, pensó en desastres ¿Por qué no puede dejar de pensar en eso? La garantía es que jamás algo que había deseado o pensado se solidificaba, dio entonces rienda a la imaginación. La angustia aminoraba mientras él recreaba desastres diversos de los pasajeros. Sonrisas, risillas incontrolables empezaron a brotarle, si de atención hartaba, en nada beneficio su repentino cambio de humor ¿Qué importaba? Creyó. Y así entre niñas que perdían a sus papás en el supermercado, abuelas no visitadas ni por equivocación en los asilos ni en sus funerales, y de jóvenes en futuros impensables: atados a una silla de ruedas, colgados de vigas, sin expectativas, sin ganas de vivir y tener la responsabilidad instintiva de hacerlo, cosas así… A cada uno le definió su tortuoso futuro. Un momento detuvo su imaginería, el tren no. Se preguntó “¿Cuál sería el peor desastre en este momento para mí?” Respondió “Morir aquí, con ellos”. El titular decía “Tres únicos sobrevivientes de aparatoso accidente ferroviario: Abuela, su nieta y una adolescente, se reportan graves”.
Releí la nota y dejé el periódico por ahí, es un pésimo hábito leer la nota roja durante la comida. Y mayor se vuelve cuando los problemas maritales no se han resuelto por años. Esa tarde había acordado verme con mi amante en el bar de la estación. Le di las gracias a mi esposa por la comida y me despedí fríamente de mis hijos, no quería llegar tarde a la cita y menos tener una discusión sin posibilidades de llegar a nada, esa es mi esposa. Me fui de inmediato a la recamara y me quité la camisa, la corbata y el resto del atuendo de oficina. Busqué entre mi ropa algo menos conservador, que me permitiera lucir bien; en verdad que estaba ilusionado con esta chica, era más joven que yo, además, me regresaba el aliento, las ganas. Desde nuestra primera salida comencé a sentirme distintito, único, especial, fui otro en todas la áreas de mi vida, menos las de mi hogar y lo que éste representa. Y he de decir esto, considerando la belleza y dulzura de esta mujer, de movimientos delicados, palabras oportunas y de pasión inagotable. Nuestros últimos encuentras se habían espaciado en demasía, cuestiones de trabajo, viajes, sus estudios. Hoy sería por tanto especial. En casa dije que saldría con compañeros de la oficina, que cenaran sin mí. No tuve respuesta, sólo una tremenda indiferencia de la familia.
Llegué más temprano de lo acordado, decidí tomar una copa en el bar. Podría prolongar el encuentro, desde una maravillosa espera; el bar era un lugar acogedor sin pretensiones y muy nostálgico (sus pequeñas y viejas mesas, el detalle de la lamparita), te atemporalizaba, lo hacía un lugar sin tiempos, al menos no presentes. La misma sensación tuve en otras visitas, sin ella. La esperé en la barra. Comencé con un brandy, los solían servir bien. La barra era muy larga, el cantinero no te escuchaba cuando atendía a los extremos. Ese día no fue así, sólo éramos dos, y ambos sentados en la barra, muy cerca. Un joven –para mi edad-, treinta y tres años tal vez mi acompañante de esa ocasión. El tiempo en el lugar sin tiempo comenzaba a pasar, lo noté no por observar mi reloj, menos por ver el del bar, inexistente, caso extraño para el bar de una estación de trenes; me di cuenta por los techos de los vagones que pasan muy cerca del ventanal de la barra que da al área de abordaje. Cada quince minutos salé un tren a destinos diferentes, puntual. Habían salido ya seis, una hora y treinta minutos de retraso. De los mínimos defectos en ella la impuntualidad no era uno. Fueron mayores las ganas de prolongar, noté que lo acompañe de tres copas más. No acostumbra a llamarle a su celular, y cuando lo hacíamos era una sola vez para quedar, no más. Mi silencioso acompañante revisó su teléfono, un mensaje, dejó un billete en la barra y se llevó el cigarro recién encendido. Sentí unas ganas tremendas de seguirle, tenía algo que ver con el retraso, él. Salí presuroso, sin pagar, el mesero me gritó algo. Salimos del bar, cerca había un túnel que comunicaba a los andenes. Iba tan rápido que ni siquiera se daba cuenta que era seguido. Al entrar al túnel el tren está a punto de partir. Va disminuyendo su velocidad, igual lo hago, quería hacerlo, a mi edad no es tan fácil correr como aquel día. Para un momento, reconoce a una chica que se encuentra parada en las escalinatas de uno de los vagones. Corrió hasta ella, le besó cariñosamente; desde donde los veía parecían no decirse nada, se –hablaban- decían en sus caricias, las caricias que le deba ella. Que me dio. Me vio, estoy seguro que me vio, lo abrazaba y a su espalda me miraba, ¿Lo había planeado? ¿Me lo merecía? ¿Regresaría? Terminaron por subir, el tren salía del andén, a la luz de la tarde. Me fui del allí hasta que el tren se convirtió en un punto, lejano.
Entró una pareja joven al vagón, el tren comenzaba su trayecto. Las caderas de la chica (encantadora, muy sexy) golpearon a un flaco muchacho que se encontraba cercano a la puerta de acceso. Ella y su novio siguieron, no los volvió a ver. El flaco adolescente es un chico que se le ve relajado. Esto quizá se pueda explicar: carga una mochila escolar y trae el uniforme de la secundaria (no supe si de los pantalones de cuadritos o de las grises de rayas anchas y delgadas). Una treinta, una treinta y tres -esa era la hora- seguro se voló las clases y desde la mañana anda en la calle, entre estaciones. Según la hora de salida de las secundarías en este momento iría de regresó a su casa para no ser descubierto. Llegaría a la casa, de la que salió en la mañana, dirigiéndose a la escuela. Decidió ese día no ir en cuanto puso el primer pie en la calle. Tomaría el tren que recorre la periferia, contaría el número de vueltas a la ciudad realizadas desde tempranas las siete hasta la una treinta de la salida. Haría un registro de los lugares que no conoce y conoce sin bajar nunca del vagón. En la primera estación –observó- era la ciudad, pero distinta, los edificios, la calles, están acomodadas de distintas formas. Esta vista si la conoce, es un barrio de tierra, ha venido aquí, tiene un amigo, contrario a lo pensado no es ni por asomo una mala influencia. El tren sigue, el interior le parece en ocasiones acogedor, en otras es un vagón arcaico, corre en vías frágiles, delgadas, las puede ver entre los tablones rudimentarios que forman el piso. Viajaba solo, subieron dos. Un golpe de un cuerpo - una chica- lo sacó del pensamiento de lo que había hecho en su día de no ir a la escuela. Para después verse sentado en uno de los asientos de ese vagón, tal vez anticuado pero perfectamente bien conservado. Se miraba allí dormido, lástima, no pudo ver el recorrido entre las casas, los talleres de las máquinas, los vagones parados, los abandonados, los grandes árboles y las sombras de sus ramas que se proyectan al interior del vagón. Tan apacible, se observa, se contagia de sí mismo mientras el juego de luces y sombras le recorren la cara, dormido, el tren avanza.
En el número 33 y después en el 133. Este niño soñaba cosas de sus vecinos: el señor que siempre se siente observado y que se le hace un gran bigote de sudor cuando está muy nervioso, el hombre, ése que a leguas se ve que su familia lo desprecia, ah, y de su hermano el que va a la secundaria. No tuvo sueños propios, ni de mayor. Entendió tarde que los pensamientos están afuera no adentro, están dados. Tu tarea es engranarlos.