Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

viernes, 24 de enero de 2014

Borrador 4 (Las rosas son rojas, los secretos son ausentes de color)


Me llevó al límite, en cuestión de segundos me exasperó. Salimos de la casa, esperamos que tomara su rumbo pero no lo hizo, nos siguió. No ayudó en nada que mi amigo le dijera que si quería podía acompañarnos a la casa de su hermano. El cielo ese miércoles estaba muy nublado, seguro habría relámpagos pensé. Este tipo no dejaba de hostigar, y pensar que en un momento de mi vida fue eterno acompañante, cómo no pude dar cuenta desde aquellas fechas que sólo era un sujeto rústico. Me conmiseré de ambos eso fue, sólo éramos unos adolescentes que habíamos perdido mucho en apenas 14 años, la vida nos tenía sendas sorpresas y las primeras de éstas eran los arrebatos de seres entrañables, quién diría que la resolución (si así se puede llamar) se daría de esta manera, las resoluciones que pedían las mismas acciones.
Vociferaba sin dar tregua, oírlo hablar de cómo logró ser una mejor persona sin tener asomo alguno de lo que significa ser mejor en algo, que contradictorio y fastidioso se escuchaba. Además de que hablaba demasiado su lenguaje era microscópicamente limitado, por no decir que muchas de sus oraciones se componían en su mayoría por muletillas, verbos mal empleados y groserías que en su boca lucían como trapos de cocina incoloros de limpiar tanto cochambre. Intenté no escucharle, mas mi amigo  no sé si en tono de fastidiarme o de divertirse con la avalancha de insensateces de ese imbécil le preguntaba cosas mientras avanzábamos, cosas como: “¿Y en verdad encontraste la paz en ese lugar? ¿Cómo dices qué era eso que sentías por tu mamá y que te llevaba a hacer cosas aberrantes contra ti y contra otras personas? ¿En serio que Dios se te manifestó, de qué forma, cómo es?”
Por fin llegábamos a la casa del hermano. No era muy diferente a la última vez que vine, lo digo puesto que me había dicho un día en su jardín que los muebles por la mañana habían cambiado de lugar: el sofá individual de color café estaba ahora cerca del comedor con el resto de la sala negra, mientras que el sofá individual de color negro estaba cerca del jardín con el resto de la sala café. Le creí, es un tipo que no suele mentir, quizá olvida las cosas frecuentemente más nunca miente; no dudé ni un instante, minutos antes le pregunté que si en su casa no había espectros. La anécdota de  las salas fue mi respuesta, sí, como lo anunciado que desea ser descubierto, total, dar sentido a lo subjetivo. Vendría.
Y ahí esta alma reprobable proseguía en el fastidio, cuestionó mi calidad moral, lo odié por tanta razón, lo odié doblemente porque venía del él; sabía demasiado de mí, mal argumentado pero sabía. No recuerdo a ciencia cierta qué fue lo que me detonó, lo que me hizo ir a la cocina, abrir un cajón y sacar de ahí un cuchillo de mango de madera. Oía su voz, sus carcajadas, su pendejez olía hasta acá. Caminé en pasos largos, el cuchillo rozó el mueble individual café. Fui un cobarde, le ataqué por la espalda mientras hablaba con mi amigo, la hoja entró en su nuca, me sorprendió lo forma tan fácil que atravesó esa nuca gorda, esos bordes, pliegues que se abrían chorreándome la cara de sangre, el piso era un estanque rojo. Esto iba en serio, tan en serio que mi amigo me dijo “Me limpias este desmadre ya mismo”. Limpié mi moral, mi indignidad, esa sangre apestaba tanto como la que la salió de su mano ese año 13 compartido con este cadáver cuando quiso probarme su gallardía pasando un exacto en la palma de su mano, todo en mi casa, en la puerta en la que en otro día un sujeto salía huyendo dando paso a otro lugar… la sangre salía de su mano, el olor tan penetrante, esa misma sangre pero ahora abundante que limpiaba con la jerga que la absorbía como mis mentiras, como mis secretos. Debíamos ocultar el cuerpo, mi amigo ahora cómplice marcaba en su teléfono, decidió llamar a la policía, diría que esto había sido un trágico accidente. Me explicó que sobornaría al forense para que apoyará nuestra versión, eso sí, tendría que pagarle cada peso. Angustia, un secreto terrible que se incluiría a mi lista de despropósitos, siendo éste su corona ¿Sería capaz de vivir a sabiendas de que asesiné a alguien?  ¿Esto en algún momento se pondría al descubierto? ¿Regresaría a la cárcel ahora en el otro bando, el real? No pude decir mucho, continué limpiando la sangre. Juro que en el algún momento el cuerpo inerte me guiñó el ojo; aproveché un descuido de mi amigo para asestar una cuchillada más, tenía que asegurarme que esto jamás se supiera. Nadie imaginaria que las lindas rosas del jardín del hermano de mi amigo fueron abonadas por la culpa de dos extintos amigos. 
Las rosas rojas me ocultan, son cómplices, de querer decir algo las arrancaré y me las tragaré. Amanece.





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