Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Difuntas promesas




Tú no quieres volar entre cisnes deseas hacerlo entre cuervos, volando a la idea misma de lo que explicas y narras como noche. Volar a tu garaje y estacionarte en reversa; parte de tu plan es meterme a la cajuela, arrancar (me) y volver a subir quemando neumático. Escuchando tus cintas estupendas, manejas antes de nacer sentada en forma de niña que va creciendo, yo aquí atrás como un niño envejeciendo a fuerza de ir.
Escucho que te detienes, no sé en qué nube o lugar estamos. Tus zapatillas se escuchan andar, le dices a alguien que traes un hombre en la cajuela, que le cazaste en una cocina entre una colección de cuchillos y frascos de especieros: “le atrapé mientras estornudaba”. Escuché risas al terminar tú esa frase. Subiste al auto, pegaste tres veces con tu puño sobre el tablero, fue tu forma perversa de saludarme. Escuché  la llave girar. Las rocosas calles que tomaste hicieron que mi cuerpo saltara y pegara repetidas veces ¿Hasta dónde iríamos? ¿No puedes escucharme? Cómo vas a hacerlo con la radio tan alta. Fantaseo, juego en la idea de ver amarrase al auto, pierdes el control y el auto se derrapa, no tiene estabilidad, emprendemos al aire ahora deliberado; tu zapatilla sale disparada mientras tu cuerpo es jalado por el cinturón de seguridad. El auto gira. Mis giros son claustrofóbicos, giro en un espacio pequeño. No puedo ver cómo estás girando pero por los ruidos y los choques en la lámina sé donde podrías estar golpeándote ¿Te preguntarás entonces cómo supe lo de la zapatilla? Recuerda cariño que conozco muy bien el sonido de tus pasos, eso fue fácil. Al final el auto deja de girar.
Parece que no tengo ninguna fractura, no hay lesión considerable. Contigo las lesiones siempre deben ser consideradas. La portezuela se abre, comienzas a caminar, puedo escuchar que tambaleas y que llevas un pie descalzo. El tacón truena los vidrios sueltos en el asfalto, otros tantos se clavan en la planta de tu pie (parece que el dolor ya no significa nada para ti).  Paras, al fin abres la cajuela. Estás despeinada, parece que se te cayeron dos dientes y tienes la frente abierta, aún así sonríes. Me das la mano invitándome a salir, impulsivamente iba ha cederte la mía, me detengo, mejor te pido que vengas aquí, que entres conmigo, hay suficiente espacio para los dos; hay que descansar las heridas, hay que dormir. Al final te convencí, te zafaste la zapatilla y te metiste, te acomodaste, tu cuerpo cerquita de mí. Podría asegurarte que mis brazos y mis manos se hicieron para abrazarte, acariciarte,  jamás podría hacerte daño ¿Me escuchas? ¿Contéstame por favor?...
Te lo juro que no quería golpearte, bueno al menos no tan fuerte… ¿Verdad que estás fingiendo? ¿Verdad que estás dormida? Júrame que mañana iremos al panteón sólo de visita, en plan de vivos.
Prométemelo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Desertor



En aquel, este momento en el que me encuentro parado en la cima de mi comunidad, que es mi vida allá abajo. Estoy en tangente, soy vulnerable a mi propia crítica, me avergüenza pensar que muchas veces supe claramente de todos mis allanamientos, de mis violaciones, de mis injurias personales;  si de citar una de muchas justificaciones -que ahora ni en conjunto se hacen una sola- podría haber dicho, dije allá abajo cosas como: “qué importa matar, qué importa esperar, qué importa escucharme”. El viento comienza a hablarme, me solicita que observe antes de bajar la vereda y alejarme: “Tienes que ver, despedirte, entender” no es solicitud, es demanda. Ahí parado me quedo mirando fijamente a los niveles de mi minúsculo e inmenso mundo, mi reino fracturado, agotado y en consecuencia muy gastado.
Lo primero es la casa enorme, el fantasmagórico de sus cimientos que me hizo repelerle con mi espectral imaginación, le saqué partida y le gané el paso. Mientras más fuertes eran sus golpeteos mayor fue mi solvencia de meterme en mis pensamientos, no tuvo posibilidad de presentarme una abstracción, ya tenía un amigo imaginario antes de que lo intentara. Amigo de historias, de preguntas con respuestas –siempre a conveniencia- incluida (s), amigo sin límites y restricciones. El amigo que sobrelleva en varías líneas y causas, el que me permitió reconocer una libertad no ajena de rencores, de envidias disfrazadas en causa de poder y control, maestro de sombras fuiste tú. Como olvidar cuando subimos el vestido y entre piernas hallamos el delirio, allá en aquella casa  que todavía arde, fuego de motivos no redentores. Desde acá es imposible apagarlo, le solicité al viento que lo hiciera, este viento se niega a escuchar sólo habla, direcciona. “Contempla” dijo en forma de ráfaga fría a mis ojos y la casa ardía sin posibilidad de jamás apagarse. Cerca de la casa en fuego estaban los espacios de los otros, sus calles que defendí con revolvers de plástico, de balas expansivas de persuasión; prometiendo a la gente de aquellos lugares imaginerías que creyeron al pie de la letra, que yo me creí; cómo evitarlo si mis logros punteaban en la conquista de haber trepado una barda –de grandes piedras que ahora lucen como gravas- y del escape de un puñado de hermanos salvajes mientras les veía seguir  trepado en lo alto de un árbol.
Los árboles se ven tan esplendorosos entre todo el pueblo, siempre sabios, viendo el pasar del tiempo, testigos de nuestras guerras, de nuestras celebraciones ¿Por qué ahora lo reflexiono? ¿Por qué no les di cabida? El viento corre sin susurrar nada, me queda al menos la esperanza de que aquí sigue, del que me cimbra en el hecho de seguir viendo ese lugar tan familiar conjugado en lo ajeno.
Veía ahora el edificio de mí adolecer, en donde la figuración es muestra de una personalidad inacabada, en construcción. Veo mi control atroz, está bien, no tanto, me jacto de tener en ese momento -y ahora- un corazón benevolente pero forrado en dientes y de mucho juicio estridente. Aquellas épocas. Me atrevía a pensarle en algunas tantas ocasiones como mi Valhala, mi paraíso –ahora lo pienso- instintivo, de hormona. Qué determinación aquella entre el piso 1 y 3, en el segundo, en los segundos de gloria, ahora a cuenta gota caen en mi cabeza tratando de enclavar un algo, un sentido que va más allá de mis llaneras reflexiones… busco mi espada en el horizonte y sólo hallo una funda vacía. La mano me tiembla,  quiero bajar corriendo y no irme, y el viento habla otra vez: “Enfrenta, sin armas, sin ventajas de arena”. Prosigo entonces en la contemplación.
Y ahora veo el éxtasis, la razón de mi confianza se convierte en confianza de otros. En el río y su correr de tantas vidas, pasando algunas lentamente, otras tan caprichosa y fugazmente, siempre dejando un algo; muchos secretos equiparan mi condición de ser viajero, de usar sus cuerpos como trajes de buzo, otras tantas también lo hicieron ellos: complicidad silenciosa. Me corté, me rebané tantas ocasionales veces, degollado y degollados fuimos y como si de hidras tratásemos nos creció de nuevo la extremidad. Qué bueno saberles personas, que bueno encontrarles, motivos tuvimos y direcciones –distintas- emprendimos.
El molino de agua: lugar de tiempo completo reconfortante, protector, de su sonido del agua recogida y vuelta a caer, hipnotizado en su –único- vaivén. ¿Cuánto tiempo pasé en contemplación? Imposible saberlo; de vez en cuando bebía de su agua y más fascinado me encontraba, me embriagaba de sirenas hechas liquido, en elevación de confianza. No les resto sus magnificas propiedades, me dieron carácter, temple, pero no consideré los relojes de arena que me insinuaban que el tiempo pasaba. Dormitaba no en laureles, sino en fincas de ellos.  
Y el último repaso fue el camino ese a lo lejos, el adoquinado, libre de edificios, de distractores, o de contemplaciones pasajeras. El camino que lleva algún lado, ese que viene o va pero que el final resolverá, de motivos distintos pero que mueve, que da un lugar. Hoy mismo le caminé y me trajo hasta aquí. Le había visto, me lo llegaron a describir, me decían también que tenía que vivirle, se volvía inenarrable a menos hasta que lo andará. No puedo decir que lo comprendo en totalidad, no sé ni a dónde me dirijo, nunca había estado en lo alto de la montaña, no pensé en realidad hacerlo. El viento deja de soplar, el deseo de contemplación se anula, doy vuelta. Del otro lado de la montaña una niebla no deja ver en lo absoluto, tendré que bajar a ese nuevo lugar aminorando el miedo más no extinguiéndolo, descubrirlo.
Me acompañaran únicamente dos efectos: mis errores y mi experiencia.

“He entrado en un nuevo reino, en el reino de las “formas” vivas, no de las “cosas” vivas. Ya no vivo en la realidad inmediata de las cosas sino en el ritmo de las formas espaciales, en la armonía y  contraste de los colores, en el equilibrio de  luz y de sombras.”
Ernst Cassirer

martes, 25 de septiembre de 2012

Botones




Mariano viene muy cerca de Aurora, ella puede sentir las ganas de él, las ganas de acercarse, de rebasar el verde trecho que les separa, de brincar los botones –desabrocharles- del asiento. Decirle en un beso -y los besos que le sigan- que le encanta, que moría, muere del hecho inmediato de besarla; mientras su amigo ahora chofer de la circunstancia sigue en esa avenida transitada en madrugada de azul y  de estrellas en luna reluciente, es una luna apocalíptica, roja.  Mientras en los cristales de las ventanas pega la luz destellante de anuncios de coacción ahora insensibles a la sublimación que Mariano pueda sentir al respecto de consumir o ir hacia el objeto que podría ser su necesidad secundaria, placer sólo haya en las piernas de esa mujer. Le sigue con la vista desde el pie (sic) hasta su cabello, se detiene en su rostro: sus delicados ojos paralizan su tiempo, se le hace ver en ellos y en su rasgada y linda fisonomía el ancho y groso modo del sentir, causa de ensoñaciones, de deseos, se halla en su boca de descubrimientos, de gloriosa nueva experiencia “sueño hecho” pensaba Mariano.
Aurora veía en dirección a la ventana, le temblaba el interior, el exterior como el espacio es sólo experiencia externa le confabula al tiempo (experiencia interna), el tiempo aminora, “debe hacerlo ahora, ya…” lucubra Aurora. Mariano aprieta el asiento en manos sudorosas que es imposible secarles, el nerviosismo le chorrea por todo poro; el copiloto mujer saca humo de su boca chocando contra el cristal su  aburrimiento, su desencanto, atrás otra historia se cuenta. La dirección parece ser recta, lineal en al andar de las llantas que corren.
Mariano no lo piensa más le aborda no de la forma más sutil, lo hace en pasión curtida, tiene la intención de que Aurora de cuenta de su alcance, que desde el principio le quede claro que no debe subestimarle. Confía en el calor de su cuerpo. Una de sus manos va a la rodilla de Aurora, la otra toca su rostro acariciándole delicadamente, su tacto le dice que no habrá manos que le toquen así, es como si de sus yemas saliesen estelitas que se conectan a las pulsiones de ella. La iniciativa del primer beso la tuvo Aurora, al sentir las manos de él la primera reacción fue besarle aproximando aquel delicado rostro, rostro que es –será- parte de la memoria autobiográfica de Mariano, éste siente la suavidad de aquellos pequeños labios, se permite abrir los ojos mientras le besa, adora ya el verle. Mientras las dos lenguas se reconocen, comienzan a tener la primera danza de los reconocimientos del acomodo, del agrado y  del placer reciproco,  ninguno de los piensa si lo están haciendo bien, si en realidad al otro le está gustando, se limitan a disfrutarlo, abandonarse en esa sensación. Es una pieza que bailaran por varios minutos, quizá por algún tiempo, ahora no importa, el auto se vuelve recipiente de un lugar mismo, el de ellos.
-Deja de besarme que me puedo enamorar.
-Yo tengo temor de que pueda no olvidarte.
-¿Qué hacemos entonces?
-Besarnos más despacio, medir nuestras vulnerabilidades…
-¿Y te parece que eso funcione? No me gusta limitarme, y creo menos ahora contigo hacerlo. Me gusta tomar riesgos.
-Es riesgo, es peligro presente, llámame consciente de los hechos, no puedo negarte que estoy enganchado, tampoco dejo a lado mi vida, priorizo, y carajo, en este instante te vas al alto de mis deberes.
-Me alarmas, pero no puedo negarte que me halaga saberlo. Presiento que eres de esos hombres que no repite halagos, es más, creo –ciegamente- en la originalidad de tus halagos y detalles aún sin conocerlos, la pregunta sería ¿Será suficiente?
-Te respondo con otra pregunta ¿Cuándo sería suficiente? Nuestra naturaleza individual nos dicta que nunca nada es suficiente. Pienso que en el devenir de las cosas, tan sólo cambiamos de lugar, de personas, son actos que se enriquecen, se experimentan, se desarman, pero siempre son inacabados. De ello nuestra obstinación y reiteración.
-Vaya, muchas palabras, mucha “profundidad” en esto que apenas es un beso. No consideras que vas… bueno, está bien, que vamos más rápido que este auto. Es más, me haces ya no sentirme tan halagada, sobre todo en eso de que las cosas cambian de lugar, entiendo entonces que tus afectos sólo, ahora conmigo, cambian de lugar, de persona. ¿Tendría entonces que sentirme afortunada?
-Creo que captas mal el sentido de lo que te dije, y atención, de cierta forma sí acompaña lo de ahora, lo de nosotros, pero trataba de generalizar un todo, el todo es inacabado, de no ser así la Tierra desde hace mucho hubiera parado. Sin embargo hay instantes en el que pareciera que las cosas van más lentas, una pausa. Al verte, aquí, eso siento, se paraliza desde mi realidad a mi irrealidad. Te diré un halago acotado: te vuelves sentido, ojo de mi huracán.
-Je, encantador, aunque en realidad no respondiste lo que pregunté, aunque creo que desde hace unos segundos eso dejó de importarme; si esto se va a tratar de hacerme olvidar -en el mejor de los sentidos- mis dudas, las más oscuras y lúgubres bienvenido eres.
-Te advierto, podría convertirme en tu Riddler particular, de tomarte la palabra nos transformamos más en acertijos que en repuestas, habremos de descifrarnos y de lo abstraído, de lo inferido no podremos garantizar que siempre sea placentero.
-Creo que en segundos también descubrí tu naturaleza dramática. Mira, hagamos esto, dame otro beso, pero te advierto, quiero que el mismo tenga la misma intensidad del primero, quiero que todos los besos que me des de aquí en adelante estén cargados de esa pasión, deseo que cada vez que me beses sea  siempre como la primera vez ¿Sale dramitas? Lo mejor, esta acción te desabrochara tu camisa de fuerza, verás, al besarme darás cuenta que ambos no estamos soñando, es real. Te reto a hacerlo.
Mariano sonríe y como la primera vez pone su mano en su rodilla, se acerca a su rostro colocando su otra mano en su rostro, sus labios chocan, siente el dulce sabor de la saliva de ella, la delicadeza en los labios y su suavidad en la danza de su lengua le hace perder la razón, lo inacabado se concreta en la boca Aurora. Esta vez decide no abrir los ojos quiere imaginarla desde adentro, ambas manos tocan su cabello, acaricia los mechones como si se tratasen de las venas de un ser único. Ella le jala hacia su cuerpo, él se aprieta a ese cuerpo delineado queriendo dar veracidad de que el acto es real, así parece, el total de su cuerpo responde. Siente que ella le está mirando, por un instante considera abrir los ojos para aseverar esa sensación, decide hacerlo.
Los ojos de una mujer le observan, ésta le arroja una bocanada de humo sobre la cara, no es Aurora, es la copiloto depresiva.
-¿Dónde está Aurora? –Pregunta desconcertado Mariano tragándose el humo arrojado por aquel detalle de mujer.
-Tiene como una hora que la dejamos en su casa, el mismo tiempo que hemos estado dando vueltas como imbéciles pues no despertabas, y al menos yo te puedo jurar que no iba a cargarte para meterte a tu departamento. –Respondió la mujer de voz y postura desencantada.
-… ¡Oye cabrón! ¿Por qué no me despertaste? Vale madre… Al menos recuerdas la dirección dónde la dejaste. –Dijo Mariano con la bilis a flor de poro e ignorando a la chica de humo.
-Te están diciendo que no reaccionabas. Te puedes quedar con esto, Aurora te dijo adiós mientras babeas mi asiento trasero. Y de la dirección sepa madres, ni siquiera sé cómo he podido conducir con todo lo que traigo adentro, igual mañana me viene la visión y me acuerdo. Velo de esta manera, todo tiene un porqué, igual hoy no te tocó, mañana tampoco, pasado ni madres JA. –Respondió el amigo sardónicamente recargado en la cabecera de su asiento.
- Ajhh, qué güevos los tuyos para tocar mi humor.
- Bueno, al diablo con tus dramas, nos largamos. Señorita haga el favor de dejar de echarle humo a este pendejo y suba… ¿A su casa verdad señor?
-Sí, sí, a la casa Perkins. Chinga tu madre.
-Jaja, bueno allá vamos pues principito dormilón.
Llegando a la dirección de Mariano éste se bajó sin despedirse. Al frente de su puerta se presentaba otra danza, no precisamente la de los besos sino la de las llaves. Las mentadas desbordas sin receptor se hacían una con el ritmo de las llaves que se golpeaban, seguía sin poder abrir su puerta mientras los otros le veían desde el carro estacionado. La mujer le gritó a la par que se encendía otro cigarro.
-¿Qué quieren? –Contestó, ladró Mariano en tono colérico.
-Acércate, si no fui capaz de llevarte a la puerta de tu choza muchos menos te daré explicaciones y recados a distancia. –Le decía la triste y ahora determinante mujer sentada en el asiento del copiloto, el amigo sólo bostezaba y miraba su reloj.
Mariano furioso caminó rápidamente hasta el auto para detenerse en la portezuela de humos. La mujer sacó de su bolsa una nota y se la entregó por la ventanilla.
-Ahí está escrito su número me pidió que te lo entregará. En principio lo pensé, yo no soy mensajera de nadie, sin embargo me fue inevitable, durante el trayecto cuando fuimos a dejarla no hacía otra cosa más que mirarte mientras roncabas, daba la impresión de saber qué es lo que estabas soñando. Llámame cursi y chismosa también, pero una mujer no mira con tanto detenimiento a cualquier hijo de puta y menos si éste duerme tan profundamente como tú, alguna historia tendrán que contar ustedes dos. –Al final ella le sonrió, gesticuló una felicidad compartida; Mariano dijo gracias entre una brotada y natural sonrisa de complicidad que ahora censuraba al amigo que estaba cabeceando sobre el volante.
Regresó a la puerta de su casa, el auto arrancaba y se perdía en la madrugada. La primera llave que metió abrió la puerta, el primer pensamiento, palabras que vinieron a la cabeza de Mariano antes de entrar fueron: Principio inacabado, principio en Aurora. Cerró la puerta.

martes, 28 de agosto de 2012

Turbosina


Nancy Harkness Love 

En el experimento aquel en donde tenía que llenar con sustrato ferroso y activarle en magnesio todo se colapsó, qué demonios podría yo saber que el combinar estos elementos tendría un resultado fatídico. Siempre detesté la química, soy ajena –desde el tuétano- a los resultados que puedan comprobarse científicamente. Esto no quiere decir que viva en una realidad de ambigüedades y abstracciones benéficas a mis más ínfimos intereses. ¿Y por qué comienzo detallando estos aspectos de ingenuos accidentes de secundaria? Sencillo, es la primera imagen acústica que vino, y miren que traté de poner la mente en cero; estoy en mi sesión de meditación, ajá, adivinaron no puedo meditar, concentrarme. Llevo casi un mes practicando la meditación, sugerencia de la amiga de una amiga. Florecita me lo recomendó aquella tarde de jueves cuando irrumpió en la mesa de aquel café mientras yo hablaba en cause verborreico, me acompañaba Susana; resulta que Florecita es su mejor “amiguis” de la preparatoria, sí, ese adjetivo utilizó Susana para darme razón y presentación de la amiga aquella que cayó como bomba, las bombas por sentido de la más pura lógica caen inesperadamente, son de condición y naturaleza sorpresiva, creo entonces que ahí se sustenta la expresión cotidiana “Me cayó como bomba” o la otra “Soltó la bomba” y así… Y entonces el efecto de su llegada detuvo el torrente de mis palabras, iba en la parte en la que describía mi incapacidad de concentrarme en una sola cosa, segura estoy que Florecita le escuchó, lo supe por la sugerencia dada antes de despedirse acompañada del estallido del ¡Muac! “Oye linda, bueno a ambas, hay un centro de estos naturistas-budistas increíble, imagínense, tengo dos semanas apenas en él y me siento súper bien, deberían ir eh. Bueno, me voy, gusto, bye…”  Ay pinche Florecita me cortó la inspiración, allá en el café y ahora aquí en plena meditación. Sí, hice caso a la vaga recomendación, eso sí, busqué un horario en el que me fuera imposible toparla, no toleraría otro de sus consejos  New age de vanguardia, no señor. ¿En qué estaba? Ah sí, debo concentrarme, ir hasta mi interior. La ropa interior, confieso es mi debilidad, no me acusen de banal, soy mujer, y si bien no comulgo con la “filosofía” de la D'alessio (cruz, cruz) si me ocupa mucho mi comodidad y mi sensualidad, claro que sí. Ashh, aunque seguro es que llegar a mi interior en nada se relaciona en mi gusto por la lencería. Mujer concéntrate. Haré un poco de trampa, a ver, ¿Escena de concentración? ¿Relacionada con el mundo interno? Aparece un pingüino, se desliza por el hielo, me dice Slide! ¡Momento! Esa es la escena de una película, esa película que tanto le gustaba a Ramiro, ah Ramiro ¿Qué será de él? ¿Qué estará haciendo? ¿Pensando tal vez en mí? Ja, ¡Qué pinche loca!... El punto, el pingüino no podría ser mi referente animal, de ser nahuala es lo último en lo que podría transformarme, cuánta razón Tyler Durden. ¡Al diablo! Me largo de aquí, si he de encontrarme será en el tráfico incesante de allá afuera, entre las estrechas y apiladas calles repletas de rostros amontonados en gesticulaciones varías, me prenderé el alma con turbosina, me veré al espejo y me mentaré la madre para después darme un beso y chiquearme. Y al final me diré: calma mi niña, inmediato me responderé: ¿Verdad qué puedo? Contestándome:“claro, ahora concéntrate y piensa qué sigue…”



lunes, 20 de agosto de 2012

La biblioteca de Mr. Mxyzptlk

Seis libros –inexistentes- recomendados por Mr. Mxyzptlk (kltpzyxm) desde la dimensión Zrfff:
1. La guía Hansard del sueño refrescante (19 volúmenes) 
Una de las obras falsas que estaban en las estanterías de la casa de Charles Dickens en G
ad´s Hill. Los lomos de estos libros inexistentes fueron usados para ocultar unas tallas de madera que el gran novelista prefería cubrir.
2. El loco Trist, de Sir Launcelot Canning
Uno de los libros inexistentes mencionados para crear la atmósfera de misterio y peligro en el cuento “La caída de la casa de Usher”, de Edgar Allan Poe.
3. Necronomicon, de Abdul Alhazred (el árabe delirante)
Una obra “blasfema” y “prohibida” mencionada varías veces en los cuentos de terror de H.P. Lovecraft. Este libro inexistente fue descrito como “el ánima fantasmal y simbólica del culto prohibido de los comedores de cadáveres del inaccesible Leng en Asia central”.
4. Los siete minutos, de J.J. Jadway (París, Etoile Press)
Esta novela de 171 páginas, la más prohibida de la historia, fue un producto de la imaginación de Irving Wallace en su libro de verdad también llamado Los siete minutos. Los contenidos del libro inexistente, según Wallace, consistían en “los pensamientos de una mujer durante los siete minutos de cópula con un hombre anónimo”.
5. Sobre la distinción de las cenizas de los distintos tabacos, de Sherlock Holmes
Esta distinguida monografía del genial detective probablemente fue publicada entre 1880 y 1890. Su leal compañero, el doctor Watson, fue el primero en mencionarla.
6. Caminos flotantes, de Javier Rojas
Novela ficticia publicada en 1973. Se hace referencia de ella en el cuento “A riesgo de otoño” de un no sé quién (…); influencia directa en el protagonista de este breve relato el cual describe una autobiografía ficcional desde imaginarios y lugares tan dispares –y próximos- como: San Miguel de Allende, el Colegio de México, la Universidad de Delhi, los barrios bravos del DF, Bengala, para dar vida a guiones (El sueño de los otros) o a columnas periodísticas (A fuerza del olvido).

miércoles, 15 de agosto de 2012

Inferencias marcianas



Y en verdad puedo decir que hay vida en Marte, se lo he dicho a la enfermera más de 100 veces; siempre desestimando mis argumentos, siempre llenándome de pastillas la boca, cada palabra distorsionada por la prescripción de ese hombre en bata blanca. Caray, su idea sobre la mente es tan primitiva, tan rudimentaria, qué podría esperar de un tipo que mientras me observa, me analiza, rebota una pelota de esponja en el muro blanco de su institución. En Marte los avances al respecto del comportamiento y la psique humana y ahora marciana, psique marciana -que tan vago y extraño suena eso- son extralimitadas. No quiero decir que no haya dementes en el planeta rojo, vamos, es tan egoísta considerarlo, como el considerar que no hay vida inteligente en otros planetas, precisamente en ello hayamos la respuesta: si hay vida inteligente en otros planetas, otros sistemas, por ende el ser inteligente devendrá en las interrogantes, en las inferencias, causa posible de inseguridad; soy pensante, en consecuencia me cuestiono y doy forma a millones de lucubraciones al respecto del otro, de los otros y de las cosas, los mundos incluidos.
Inclusivo uno de esos mundos en nuestras propias costas. Esa fue la primera vez que viajé, si es posible definirlo así, yo le defino así dado que literalmente viajé entre las aguas grises de una noche de noviembre 3. Valiente de mí, alcoholizado de mí y sobre todo harto de mí me adentré a la mar. Las aguas no cándidas rodeaban mi cuerpo, le succionaban. La experiencia comenzó a consolidarse al ver objetos flotando a mí alrededor: estaba ahí el hexágono de plástico de mi juguete de formas infantil, aquel que perdí dando – el primer- paso a mi inacabado ser. Flotaba el disecado cordón umbilical que mi mamá guardaba en un frasquito, contenido en el mismo recipiente, como carta embotellada de algún náufrago que para el instante era yo. Vi mis estampas mojadas sin embargo intactas del álbum que no llené; los dientes de leche, la muelita que perdí en aquel columpio que pensé me lanzaría a otra galaxia a otro instante. Revelación entonces pensé. Se acercó a mí en flote el vestido de mis delicias, aquél que no quité, ahora sin cuerpo flotando en las aguas propias, cuerpo de constitución líquida que por fin chocaba a la par del mío. En oscuridad palpitante mi reflejo se hizo un espejo, la imagen de mi sonrisa se formó, quise entonces adherírmele, clavé mi rostro, sumergí mi cabeza y en un santiamén llegué a la profundidad. Anulación de un único sentido, la vista, no me preocupó, alarma alguna no se hizo presente. Recordé a Wells y su Bogotá que recibía con beneplácito que retirasen esas cosas extrañas llamadas ojos, las que conllevan a suaves depresiones en parpadeos y estimulaciones inacabables; el fin de mis distracciones, el fin de mi estadía en este mundo. Después las arenas que sostenían mis pies me tragaron.
Desperté cerca de un mar azul, mi cuerpo descansaba en costas de piedras rojas. Seguía sin ver, el resto de mis sentidos me proporcionaba el gusto, el olor,  la tangibilidad y la razón de reconocer ese espacio, de verle, tan sorprendente e imposible pareciese (estamos tan condicionados al ver, que no logramos captar el mundo de otra forma sino es por los ojos), es como si uno de mis sentidos dormido por años despertará ahora en esta nueva atmosfera. Las leyes del hombre se derrumbaban, nada obedecía a las mismas, quizá lo más próximo era mi condición corpórea, me sabía parte, esencia de una cuerpo, pero no le sentía más como representación de mi yo; comprendía entonces que la función de mi cuerpo era la de un traje espacial, mi piel, mis músculos, mis tejidos, mis nervios y mis huesos eran recipiente, disfraz,  mi cabeza el casco. Lo que valía descansaba y fluía en su interior. Comencé mi andar por aquellas tierras desconocidas, no parecía haber nada más que yo, el mar atrás se alejaba, es como si fuera sólo un transporte el cual finiquitaba su función. No sentía incertidumbre, ni tampoco certidumbre, el efecto que experimentaba era contrario: mis emociones iban pues convirtiéndose en sensaciones, en hechos. Pensé en alguien  y se materializó a distancia, se comunicó, le pude escuchar dentro de mí, pedía pues que me acercase. Lo pensado había sido un amigo olvidado, y en efecto era él, le sentía y le reconocía. Cuando parecía que éste iba a enunciar una palabra tan sólo se limitó abrir la boca. Entendí entonces que tenía que entrar, el cuerpo sólo es recipiente. Comenzaba a comprender las leyes de este mundo, y eso es lo que hice, entré.
Un mundo maravilloso, de planicies obedientes a la arquitectura de mis sueños: reconocía la montaña de la que caí en aquel sueño húmedo; la casa en el bosque y el sol rojo que la cubre, allí dormí en un sueño inconcluso, de igual manera parecía no tener fin. Gente en andanza saltando de un instante a otro, de naturaleza humana pero a la intemperie de un nuevo mundo.  Tiempos –oníricos- combinados, locomotoras en vías comunicadas por un haz de luz, caballos salvajes corriendo cerca de aquel parque de atracciones en el cual sí el inconsciente me permitía recordar me les escapé. Los hombres gordos que me aplastaban en mis fiebres infantes comían con mis símbolos particulares en la misma mesa, les atendía el hombre funesto que asaltó mi casa con un ladrillo en mi pesadilla recurrente, aquella de mi adolescencia temprana. Los países que nunca conocí, en una sola tierra, en una Pangea. El frio de Siberia en un litoral caribeño, teatro Kabuki en el Partenón, audiencia de Malasia y magnates oriundos de Somalia bajando de Falcons rojos mate. Mis mascotas muertas en un gran jardín, siguiéndose, divirtiéndose, al saber de mi presencia se me abalanzan, todas me quieren trepar (en su mayoría son gatos), comienzan a incomodarme, me lastiman, siento la falta de aire, siento nauseas. Mi amigo me termina por vomitar.
Despierto ante figuras con rasgos muy afines a los viejos Pulps de ciencia ficción: seres delgados, de piel verdosa, de ojos y cabezas enormes. Otra vez puedo ver. Los entes hablan en un lenguaje indescifrable, hay también Reptilianos. Me encuentro sobre una plancha, estoy atado, uno de los reptilianos le acerca a uno de los entes verdes una bandeja, no logró ver su contenido, tan sólo se escucha el chocar de metales. Otro sujeto verde, el líder parece, asienta con la cabeza, el reptiliano balbucea algo y le entrega un artefacto que saca de la bandeja. Parece ser una diadema, su brillo me lastima los ojos. Dos tipos verdes sostienen mi cabeza, colocan el artefacto. Las descargas recorren todo mi cuerpo, deseó hundirme otra vez en la arena, irme a mi mundo. Un olor a cigarro se encierra en el lugar en donde me torturan, los seres comienzan a transformarse, las descargas han parado. Ahora los seres lucen como humanos ¿Médicos? ¿Enfermeras? No sé cómo lo han logrado pero me trajeron de vuelta. Un “enfermero” me quita los seguros  que me ataban, me coloca en una silla de ruedas mientras hilos de mi propia saliva me escurren por la boca,  me lleva con otros tipos que parece también trajeron de regreso, que les arrancaron de sus universos. Es una prisión. Inexpertos, no podrán arrancarme de Marte, Marte vive en mis pensamientos, yo soy el rojo Marte.
Enfermera, enfermera, me permite contarle algo…

sábado, 11 de agosto de 2012

Nowhere Boy


Los hijos de posguerra siempre estarán sentenciados a un trauma, deben pues buscar el incentivo para sublimarle. En el puerto de Liverpool uno de esos aditivos fue la música, es interesante dar cuenta cómo la influencia del colonizado sope
sa sobre el colonizador en tal rubro (léase Elvis, escúchese Delta Cats, estremézcase en Wanda Jackson); del salto de un chico queriendo olvidar las heridas de un bombardeo en su alma, rompiendo la rigidez de la existencia, de la crianza Bachiana, Tchaikovskiana a la instintiva suerte de Wild One ¿Alguien dijo Brando? Tendrá que venir un detonante, una razón de amor, del primer amor, y allí está como un sueño (Mr. Sandman), detrás de los verdes pastos, entre el tráfico de discos de 45 revoluciones a orillas de los muelles: Jazz por Vudú Blues (Jay Hawkins) y mucho humo de cigarro. En la cintura de una pelirroja de nombre Julia el muchacho de gafas –incisiva tragedia en la pasta de los anteojos; origen: Buddy Holly- encontrará el sentido de su rebeldía y de su redención, potencialmente musical. Hallará en esa madre la - irresistible y dolosa- forma del sexo y el rock and roll, incestuosa y quizá única forma de entender las razones del amor de una madre (Mother, Lennon).
¿Y papá? Le dirán que al volver de la guerra les olvidó; desde Nueva Zelanda escucha Rockin´Daddy y tú en Hamburgo con tu banda de la cual no recuerdo el nombre, dispuesto a triunfar ¿Porqué Dios no te hizo más parecido a Elvis? Quizá Dios tenía planes para un tal John, tal vez el sarcasmo y la tragedia serán alimento de un Nowhere Boy como tú.