Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

viernes, 11 de enero de 2013

Ozymandias



Mi nombre es
Ozymandias,
rey de reyes:
¡Contemplen mis obras,
ustedes, los poderosos,
y pierdan la esperanza!

-Ozymandias
Percy
Bysshe
Shelley

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Bestiario del ego


Ego mercadológico: aquél dotado por la significación de un objeto; brinda al sujeto cierta seguridad en el hecho de tener una propiedad que le incita a saberse mejor que el resto. Aunque existe una variabilidad de dichos objetos prevalecen aquellos que definen la causa de “avance, tecnología, modernidad” , causa misma que le connota entenderse en diferencia, "superioridad" sobre los otros, y así mismo plena identificación de una “avanzada materializada” que suscribe una ilusoria idea de “desarrollo”, “éxito” y poder adquisitivo.

Ego superfluo: si bien podría determinarse “sanidad” en el mismo, entendiendo su innata razón de mecanismo de defensa, es menester marcar su diferencia entre lo que podría ser en principio simple circunstancia de resistencias o grosa suerte de negación, y es en este último punto donde se define su “inutilidad” y riesgo, puesto que el individuo que recurre o vive de éste será recurrente al alardeo de eventos, acciones, discursos (previamente evaluados, aceptados: aforismos), en resumidas cuentas un camaleón en el mundito de “lo valorado”.

Ego estético-erógeno: quizá uno de los más “frívolos” de la lista (compitiendo directamente con el mercadológico puesto que es muy libidinal por aquello del fetiche, el poseer o ser poseído) y de la misma forma el más reverenciado y útil en un mundo que en composición sirve más a la carne que a la tierra ¿Pues de dónde parte la pulsión de vida?; alardeo desmedido de belleza (estipulada y moldeante, de canon) y de jugo –literal- de reafirmación que ya para estos tiempos no distingue singularidad alguna de preferencia y género; el objetivo está en el agrado, en el despertar violentamente el deseo en el otro, en los otros suele ser mejor. Objeto –de cirugía- del deseo que vuela como pluma delicada erecta y escotada, pluma que sólo escribe una sola palabra: reafirmación. Tentador y delicioso estado, a riesgo certero del vacío.

Ego desinflado-nostálgico: el aposentado, el trono de las viejas glorias que inciden en regresar una y otra vez en las leyendas del inconsciente individual que exige ser substancia del inconsciente colectivo. Demandan ser escuchadas, piden que no olviden ese pasado que ya no tiene cabida alguna, que no permite entrar un uniforme en un cuerpo, igual, uniforme. Los sujetos suelen aferrarse a esos días como paliativo de un descontento con su presente.
¿Quién no lo tiene?

Ego intelectualizado: si bien todos (es preciso decirlo) son un mecanismo de defensa, éste representa tanto un gozo como un desmoronamiento: el gozo inscrito en la “ilusión” de saberse en territorio de superioridad, en la idea del desmejoramiento -y desventaja- de los otros, en su susodicha utilidad; la desgracia acontecida en “conocer más” y sentirse con mucho mayor miedo en la praxis de lo cantado como vida, ¿De qué sirve saber más si de dolor y angustia me llenará?… Pero como en todo hay tipos, clasificados y encontraremos ese intelectualizado que está tan sumergido en su soberbia que pone una muralla entre lo racional y lo congruente, se instala entonces la ley única de “lógica”… o aquel otro que al flotar en insurrectos juró –jura- ser el rey del barrio.
¿Cómo dices que dijiste?

Carta abierta al triunfo de Márquez


                                                    Eduardo Arroyo 


La pelea del día de ayer fue una lección esencial de vida, sobre todo para despertar nuestra vena de escepticismo y por supuesto para sembrarnos un incesante chorro de publicidad, tal cual manguera de policía anti manifestantes (aunque esto se hace con frecuencia, regularidad que se hace cotidiana. No lo del manguerazo, eso llegará a ser frecuente, me refiero al bombardeo publicitario).
Sé que muchos me acusaran de insidioso, de ir contra corriente, es más, los conservadores podrían llamarme “¿anti patriota?” (sí, hay individuos que pueden llegar a ese nivel en tan sólo un fin semana); el detalle es que ese triunfo me sabe a medias, medias usadas, montadas (no fue mi intención que tomará dirección cortesana), una escenificación óptima para estos días que emulan –y nos llevan, nos tienen- en el ojo del huracán: nuevo presidente, nuevas reformas, represión que parece provocación, Tijuana campeón, narco en no asomo, cátedra en Harvard, la enfermera suicida ¿o asesinada?, fin de año, fin del mundo (me persigue la idea de si en realidad fuese cierto…) y una larga fila de eventos que van de lo más burdo a lo más burdo; la nota actual exige ser inverosímil, burda, sus desenlaces son asunto de quién lo analice o lo trague, y aquí es precisamente en donde bajamos, veamos:
Como sociedad sofocada que recorre el sinuoso camino necesitamos un tanque- una máscara (ja)- de oxígeno, algo que no nos permita pensar que al final la cabeza y el resto del cuerpo nos van a reventar. De tal forma nos hacemos de una buena vez de un campeón, y que mejor si éste es púgil (la fascinación sobre el héroe pugilista es que sirve a todas las clases sociales, a todos los géneros y a todos los partidismos (PRI de calzoncillos), ah y a todo el mercado. Fíjense, ayer por quisquilloso y para pasar mejor los espacios entre round y round me clavé en los comerciales. Busqué saber de qué iban, qué podrían ofrecer al público en medio de una pelea que nos podía inflar o desinflar el ego colectivo, curioso, lo ofrecido fue lo siguiente: autos (sin uno no eres nada, además el automóvil es una capsula literal de comodidad, de hedonismo), Shampoo (debes preocuparte más por lo que está afuera de tu cabeza que por lo que está adentro. A nadie le importa qué estás pensando, bueno sí, a Facebook; películas (estrenos irrelevantes y palomeros), desodorantes (porque el valor, la voluntad y la gallardía no se llevan con el mal olor), pegamentos (…), celulares (el producto por excelencia, cobijo y gasolina del estatus, la comunicación y el entretenimiento), cervezas (compañero eterno) , bancos (no somos tus enemigos, te libramos de nosotros mismos haciéndote esclavo de nuestras tasas) y Gobierno de la República (legitimar a partir del buen gusto, un gobierno sofisticado que esconde su ya conocida deformidad).
Pero volvamos a lo nuestro, lo anterior es intrascendente, se vuelve trascendente cuando te lo repiten más de cinco veces en menos de treinta minutos… un tabique partido, una caída en la lona del ególatra campeón en el round 3, después un juego de piernas y un volado que pone en el suelo al retador, la emoción se desborda, tan cerca y tan lejos. Un regreso furtivo del filipino pone en aprietos a los coros latinos en Las Vegas, “Si se puede, si se puede” y se pudo. Sexto round, derechazo a la cara del político campeón, “fulminado”, la reacción del presente es el aplauso sincero, la algarabía y el “agüevo”, “vales madre pendejo”, “tenemos campeón”… La cámara apunta una vez más (lo hizo desde el principio) a la botox esposa del ahora ex campeón; sus lágrimas son peores que las de un estudiante de actuación de Televisa, es incrédula ante el hecho, su esposo “inconsciente” desfallecido en la lona. Alguien que le pase por favor a la señora unas lágrimas de utilería. El discurso del nuevo campeón es en principio el agradecimiento a su gente, a su país, al pueblo. Se siente programado, la excitación no revienta sus pupilas, el corazón no habla; parece que todos están a gusto con el papel desempeñado, quiero decir: la derrota no huele a derrota, no aparenta pérdida, mientras tanto el triunfo parece vaticinado, en tanto que lo espontáneo se aparta.
Pero qué diablos, qué mierda ¡Tenemos campeón! ¡Somos campeones! ¡Somos chingones! Además viene la navidad, la rosca y después el carnaval. Mis propósitos de fin de año serán hacerme de un carro, un cel, me sacaré una cuenta bancaria al fin que este gobierno parece que si quiere hacer las cosas bien, por tanto verá por nuestro beneficio, nuestros intereses; incluiré de igual forma un pegamento, uno nunca sabe ¿Un pegamento? Esto en verdad pega de locura, es nocáut de fin de año.

Sábado –de gloria- presidencial


Le decimos una vez más adiós a un presidente, de él millones de juicios luz se pueden –se deben hacer-, de sangre batidas no sólo las manos lleva, el cuerpo mismo y sus entrañas ya son uno con el dolor de este país (de muchos años atrás acumulado, nación adicta al drama, a la tragedia). País das la “bienvenida” dividida a un nuevo presidente, su carencia significa reflejo de un todo, de nosotros mismos; si del otro proyección de instinto, de guerra y carnicería, no fue más que los deseos mismos de este pueblo, no el distintivo de estar hasta la madre, de la queja o la justicia (ya vimos que de ello mucho oasis, mucho anhelo de sentido de pertenencia), lo colocaría mas en el distintivo de aniquilamiento: quebrarse desde el fondo, decapitarse y dejar la cabeza en un lado y el cuerpo a KM. Este nuevo presidente es el síntoma, más no enfermedad de una inhibición del pensamiento, carente de lógica, de sentido común, ¿Que así mismo no direccionan sus pasos la gran mayoría de habitantes de este país? Sería agresivo decir que tenemos lo que merecemos, me parece que en términos más objetivos es: lo que tenemos, lo que somos.
Seis años para evaluar no a éstos, sino para evaluar a estos otros, los que estamos en montones atorados en la carriola global, esperando permanentemente que venga una nana protectora que nos dé el empujoncito, que más que sabido es al arrecife.
El presidencialismo es símbolo, nosotros somos la substancia.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Maggie Gyllenhaal



Las platónicas (musas a mí): Maggie Gyllenhaal
La primera vez que la vi fue en Donnie Darko: la hermana mayor trepidante y sensual que al final no era tan fatal como parecía; de esto se faculta la belleza de Maggie Gyllenhaal, un cuerpo tan
delicado y un rostro de niña que invita a la tentación. Sus papeles –y ojos- siempre han tentado fibras perversas y no por ello ajenas al amor, tenemos ahí el magnífico caso de La Secretaria, moriría porque colocara una cucaracha en mi edredón.
Capacidad histriónica (dos veces nominada), hija de director de cine y escritora dieron como resultado este encanto de retoño. No sólo Bruce te llora, nosotros también te lloramos Rachel, mi Sherrybaby.

Aromas de la “A” a la” Z”


Alcoba: olor a gato, aroma a shampoo, esencia de cobijo.
Bossa: aroma de espuma, de cocina de ayeres.
Cosmos: olor a infinito e incienso de estrellas. Oler la nada.
Dedos: aroma variante, un tanto penetrante.
Elote: olor a tamal, humo de hoja.
Fisuras: aroma en fuga.
Gendarme: tufo que disfraza el miedo en uniforme.
Huesos: olor a tierra. Si del frío pudiese oler. 
Imán:
 esencia de atracción. Reciprocidad de aromas.
Júbilo: aroma minúsculo de fe.
Kilowatt: electrificación nasal (aroma sináptico).
Libro: aroma de letra húmeda permanente. De otros ojos, de otras manos en cada página.
Lluvia: frescura, espejo amable. (sic) Eré
Música: olor anímico, fragancia inyectada en vena de por vida.
Nombres: el nombre se puede “leer “y oler, cuestión de tiempo.
Ñengo: olores subestimados.
Opio: aroma interno del alma enclavada.
Pezón: esencia fémina, perfume que alimenta y enciende.
Queta: olor a Johnson, la esencia de su falda.
Rocambole: aroma a instinto, tufo de redención.
Saliva: depende (hedor, amor, rabia, desprecio) olor, sabor de pasión que acomode.
Tijeras: aroma cortado, a veces no del todo inhalado.
Ummagumma: olor a jardines del pandemónium.
Vanguardia: olores que siempre van por delante, dejan estela y atrapa a quien merezca.
Who: olor cualquiera ¿Pero de qué o quién?
Xalapa: olor a vida.
Yavhé: aroma idealizado.
Zeta: tufo de atribución maliciosa. Son ellos no yo.

Cómprame un boleto a Vietnam


“Si escribiera poemas, escribiría en primer lugar poemas con descripciones de medicamentos. Sólo los grandes novelistas japoneses manejan bien la voluptuosidad estética de las medicinas de patente. Tanizaki Junichiro, por ejemplo, es muy cuidadoso con estas descripciones. La ley poética exige que pasemos la receta al lector y especifiquemos claramente y sin lugar a dud
a o error nombre comercial, fórmula, laboratorio, dosificación, horarios y vía de administración, así como efectos, tanto buscados como laterales, y, con menos precisión, diagnóstico, pronóstico y etiología de la enfermedad. Los caminos del realismo son inagotables y hay que evitar a toda costa, no sólo en los poemas, sino en todo, eso que es puro excipiente c.b.p. , neutro, pardo, sin sustancia alguna actuante y redentora.


Exploremos el esplendor verbal de la farmacopea. Voces suntuosas, las terminadas, por ejemplo en “pina”, como Carbamazepina, ingrediente básico del Tegretol, que es específico para la epilepsia y la neuralgia del trigémino y tiene como efecto secundario causar cierta somnolencia. Lo producen los laboratorios Geigy y puede usarse en poemas sobre Julio César, Flaubert y Dostoyevski, que sufrían la enfermedad sagrada…”
Discutibles Fantasmas, Hugo Hiriart
-¡Salud! Hugo Hiriart de mis autores favoritos. Este señor siempre debe estar fumando marihuana, picando mezcalina ¿No lo crees?
No hay respuesta.
-O la otra opción: debe estar loco. ¿Tú qué crees?
-¿Que si tus funciones son mejores bajo el efecto de la mezcalina o alguna otra sustancia? ¿O que si luces mejor como loco que intoxicado?
-¿Eh?, sí… ¿Me ubicas más como loco o como sustancia?
-Yo creo que quieres ser parte de todas ¿No?
-No sé, las mieles de la locura casi nunca tocan la puerta. No tienden a presentarse. Así que nunca puedes saber si en realidad has perdido la razón.
Por ejemplo, un día te despiertas y el primer pensamiento que te viene a la cabeza es que te has vuelto loco. Esto sería discutible, ¿cómo podrías ser consciente de que enloqueciste? el saberlo es antítesis de la locura, no podrías por tanto estar loco; lo supondrías, lo inferirías, pero en realidad no lo estarías. La locura llega al trono, se sienta y te “reina” sin saberlo.

-De acuerdo. Pero ahora yo te cuestiono, primero te describo la premisa: Si alguien se pregunta y se responde así mismo, es más da pausa, tiene paciencia para la anhelada respuesta, ojo, ese alguien está solo, es emisor y receptor al mismo tiempo ¿Cómo definirás entonces su estado mental? Y te lo digo porque es precisamente lo que en este instante estás, estamos haciendo.

No hay respuesta.