sábado, 21 de julio de 2012
Rebeca Iturbide
Rebeca Iturbide. Jefa de estética en el cine mexicano, actriz mediana pero dotada de una figura cautivante, pregúntenle a Germán Valdez y al charro más fresa Jorge Negrete. Véase: “El revoltoso” y “Ay amor… cómo me has puesto” ambas dirigidas por Gilberto Martínez Solares y estelarizadas por Tin Tán.
Susan Sarandon
Las platónicas:
Iniciamos con la encantadora Susan Sarandon, actriz de alcance y bella mujer; siendo ya una mujer madura continúa teniendo ese atractivo singular (ojos y un busto generoso). Se recomienda verle en: The Rocky Horror Picture Show, Las brujas de Eastwick, El Ansia y Light Sleeper.
martes, 10 de julio de 2012
El refugio final
Spellbound (1945)
El gran inconveniente de los finales es que la mayor parte de ellos son pasados desmoronados, otros tantos se convierten en nostalgia, en anhelo. Son tan dolorosos los finales dicen muchos. Su lado amable, igual presente, es ser causa permanente en el individuo, en los hechos del hombre -no los del cosmos- hay un final en cualquier parte, cuestión de crearle o de encontrarle.
Mencionaré algunos finales insertos en la cotidianidad, de esos en los que nos escurrimos, en los que delicadamente nos vamos cerrando, el nacer de empezar:
El final de un día, es enteramente uno de esos finales que
nos dejan prendidos a su influencia y experiencia, tan quisiéramos se extendiera
o muriera de una buena vez. Borrarlo, rogarían otros ante un hecho que tuvo un final catastrófico
en sus vidas: un gris instante.
Los finales de un viaje. Llega
a tu destino, terminar una visita; el gran horror de volver, depositarse
una vez más. Llegar por fin, tal vez morir, sin la garantía de ser un fin, un
final. La muerte y la locura no necesariamente deben ser finales, y menos
refugios.
El final incierto, en lo que no sabemos si acabó o inició.
Esas muchas cosas que parecen estar vivas respirando de incógnitas. Aclaremos
que en algunos momentos son un “mal necesario”, dado que son creadoras de
expectativas, de imaginantes de desenlaces, de finales.
El final de una partida.
El peor de los sentires en ella se halla cuando el juego ha parecido
volverse eterno, aún tan divertido (pervertido) o doloroso sea de contenido. Al
final se topa uno con la ausencia de la emoción, de la estrategia, de la
inteligencia.
La ruptura de un amor. Otro de esos finales que pueden
perpetuarse, llevarte a otros finales. Un mismo fin pero en realidades
distintas. Y al final todo parece si terminar.
El final de una película. Dando por hecho que es una película
de las muchas interiorizadas; tierra fértil de utopías y distopías de
incontables inconscientes. Te aferras a tu butaca, pidiendo que siga, que se
escriba sobre tu posible fin, en donde mueres trágicamente pero mitificado o en
la crueldad psicótica del existir, en el paraíso –el de tus sueños- , en el
ideal deformado. El final prometido.
El fin de los tiempos. Final negado conscientemente, deseado
inconscientemente. Final estandarizado en el diario vivir (calendarizaciones, los
cumpleaños, las fechas, las efemérides,
los tiempos, las celebraciones, en los ritos). Pero ninguno
purifica como el fin de fines, la aniquilación de lo que existe. Considerar que
éste siempre es simbólico, esto no le resta poder solidificarse, eso sí, en formas no
correspondientes a lo planeado. La premonición, la profecía plasman, el hombre
legitima. Un cierre –periódico- escrito en sangre, la que al final permite
empezar otra vez, entre ruinas.
miércoles, 20 de junio de 2012
Alquimia
Al crear a este ser puse en ello todo mi optimismo, todas mis ganas, mi voluntad. Horas tras horas buscando la posibilidad de vida, de respiro; quedándome dormido infinidad de veces, entre pestañeos en ocasiones creía ver como movía un dedo de la mano, otro día me pareció no verlo reposando en su estática postura en aquella cama que hoy yace vacía. Ese día imaginé el fin de mi arduo trabajo. Confieso que tuve pánico ¿En qué vaciaría, brindaría mis ganas, mi tan sonada voluntad? Si de aquel ser mis razones de concederle vida llevaban –llenaban- mi razón misma. Lo bueno es que todo fue parte de mi imaginación. Vendrían más días, noches y desvelos, opté por la auto-exclusión del mundo y sus seductoras cosas. Su silueta postrada en tranquilizador escenario, conveniente y cómodo, allí está, allí sigue me repetía a mis adentros. A su vez esa figura rígida me gritaba, me exigía terminarla, traerla. En diversos momentos le ignoré, le dejé (no a una deriva); siendo específicos ese cuerpo montando en la cama fue por largo tiempo un recordatorio de lo interminable, de la justificación más pura para dejar de ser en lo demás, o mejor dicho, ser en su creación inacabable.
Los plazos no podrían ser interminables, incurro aquí en un sinsentido, la antítesis de la voluntad suele explicarlo así, tantas veces me lo explicó de esa forma. El mismo ser inserto adentro de mí y no el postrado en la cama me empujaba a recolectar corazones, pulmones y cerebros; en esas fechas había caído en un acto involuntario –ciclado, ahora lo comprendo- de recolectar sólo ojos: de mujeres, niños, hombres, verdes, marrones, cafés… quería que mi ser viese en la óptica de otros. Necio de mí, a mi creación le empujaba en sus cuencas (en sus huecos) la artificial y única posibilidad de ver el mundo. Fui tan inocente, tan estúpido.
En el hartazgo de los cortes y las cirugías, del desmejorar lo quizá mejorado, me cansé. Creo que en esos meses fue direccionado gran parte de mi ímpetu en el recoger los restos y desechos de lo que no terminaba de ser nada. Cubos llenos de torsos, brazos, piernas e intestinos, regocijándome en sus múltiples desusos. Esto me dio la señal para recurrir al registro, a la bitácora del saberme hacedor de algo. Mientras tanto el cuerpo allí inerte, sin vida y rodeado de tanta información que para ese momento ya me restaba la posibilidad de cómo empezar, de cómo organizar, y de tanto perdí la guía de cómo reiniciar. Unos instantes más y –juro- hubiese desistido.
Si bien deseché la idea del mundo, depositaba en él gran parte de mi energía. No pude mantener oculto por mucho tiempo mi secreto, vociferé, de mis actos y de mi creación, hablé hasta el cansancio. Cansé. No tan sólo dejaron de creerme (si es que en algún momento lo hicieron), dejé de creer yo en el ser. Abandonado estuvo. Pero sus gritos y su peste tenían ya condenada mi habitación, mi espacio.
Desperté, el olor intolerable esparcido, algo claudicaba, se cerraría, y no por eso no habría más oportunidades de experimentar, sencillamente, experimentar como tantas otras veces, como tantas otras cosas que han quedado otorgadas al olvido, al desencanto. Experimentar, palabra que me acompañó a la mesita junto al cuerpo, al ente, le contemplaba y recurría a la idea, a la palabra: experimentar, experiencia… y vino algo, ese algo que le faltaba a mi criatura, ese algo que busqué en las criptas, en las morgues, lo no hallado, lo que permitiera darle movilidad y vida a este pedazo de carne lleno de cicatrices. Yo quería que mi monstruo no fuese precisamente eso, y así llegó.
El sentimiento de culpa que me creaba el no poderle dar vida, de fracasar, había terminado por ser lo glorioso de mi experimento, su gloria se reducía a mi miedo, a negar su monstruosidad. La clave siempre estuvo enterrada en mí; la culpa entonces era un requisito necesario, permitiéndome entonces alcanzar mi propósito, la virtud de esta bestia, de este ser. Deseché entonces la experiencia de mi propia impotencia, y de esto obtuve un liquido que inyecté en sus venas, en los canales vacíos de mi criatura, lo que ahí corría fue mi culpa, el total de mis potencias propias.
El ser despertó, abrió los ojos, vivió, y yo, continúo viviendo a la par de los nuevos significados de mis culpas. Alquimia le bauticé.
miércoles, 13 de junio de 2012
Secuencia
“Hamlet.- Si el sol engendra gusanos en un perro muerto, y
aunque es un dios, alumbra benigno con sus rayos a un cadáver corrupto…”
Hamlet, Shakespeare.
Ayer maté un pulga de mi gata, la muy
cabrona succionaba en desmedida la sangre de mi lindo felino; esto lo venía
haciendo por generaciones, esta pulga falaz que aun tengo atorada en mi uña es
quizá la heredera de la primera pulga que se asentó en el cuerpo de mi mascota.
Hace años de esto, mi gata tiene casi 12 años, longeva lo sé. El baño en la
veterinaria fue inútil inversión.
Hoy un fue día terrible para mí en la
veterinaria, tuve que sacrificar a un cachorro; estuvo durante un mes en la
clínica, desde su nacimiento presentó una insuficiencia cardiovascular. Tuve a
mal engañarme que sobreviviría, que pasadas las semanas le podría intervenir,
bien sabía que el caso estaba perdido, sin embargo me encariñé, me empeciné. Me recordaba a
un perro que tuve en la infancia, como éste, fue pequeño y enfermizo al nacer,
le cuidé mucho. En su caja de zapatos, a escondidas de mi papá, le metía a mi
recamara; si hacia muchos frio me lo llevaba a la cama, aunque luego amanecía
mojado de la espalda. Diez años estuvo con nosotros, el enterarme de donde terminó al morir me llenó de rabia para con mi padre. Se le hizo tan
sencillo meterle en una bolsa de basura, entre las naranjas del juego de la
mañana y los papeles del baño. No se lo perdoné en años, en sí no estoy del
todo seguro de haberlo perdonado… tal vez esa fue una de mis razones de
afianzarme tanto con este pobre animal que hoy sacrifiqué, pero que a
diferencia de mi padre entierro aquí, en el jardín, a un lado de la cochera.
Ojalá mi padre hubiera hecho lo mismo, y de haber sido, acto seguido, que no
hubiera desaparecido, que no se hubiese ido.
Allí mi hijo sepultando otra más de sus
animales, en efecto ese jardín es cementerio de mascotas. Pobre, siempre se
encariña demasiado con sus animales. Pero el único responsable de conducta tan
extraña es su padre, desgraciado hombre. Cómo pudo hacernos tanto daño,
provocarnos tanto dolor. Aquello del perro en la bolsa de basura es mínimo comparado
con el resto de cosas que tuvo a desgracia infligirnos; repetidas ocasiones le
descubrí lastimando a las mascotas de mis hijos, sobre todo las de él, hasta
ahora no entiendo por qué le aborrecía de esa manera, si era su vivo retrato.
Lo peor fue cuando encontré aquellas fotos, las escondía en el viejo horno de
microondas que según algún día repararía, estaban justo en el motor del plato
giratorio, en una bolsita amarilla, fotos de niñas desnudas tocándole, y en
otras posiciones que de sólo recordarles me llevan a querer vomitar, me llevan
a querer enterrarle las uñas en los ojos, me llevan a querer meterle otra vez
el cuchillo en la garganta. Verle allí tirado junto a su amada caja de
herramientas, gimiendo, borboteándole la sangre. Desgraciado. Lo más difícil
fue sacar su cuerpo, y aun más difícil fue cavar ese hoyo en el jardín. Allí es
donde debías descansar, entre animales.
Una hormiga carga una hoja, es una hoja
con tres agujeros, esto no es efecto de muerte celular en la planta, se nota
que fue carcomida por otros insectos, al final fue abandonada y esta afortunada
le encontró. Pasa cerca del zapato del veterinario, éste pega con la pala en la
tierra, dándole firmeza, cubriendo. La hormiga esquiva hábilmente, no suelta la
hoja, prosigue en su andanza. Del lado de la tierra recién movida salta un
arácnido, es repulsivo, verde, mimetizado entre los pastos, es imposible que la
hormiga le vea, le atrapa de la cabeza. La hoja queda abandonada entre la
tierra. La araña avanza rápidamente con su alimento, sala del área verde, trepa
fácilmente un cobertizo, arrastra con destreza el cadáver de la hormiga. Baja
rápidamente del cobertizo, llega a una acera para de inmediato
explotar al ser aplastada por el pie de un sujeto que en ese momento por allí
pasaba. El tipo ahora lleva en la suela de su zapato algunas patas y parte del
abdomen del arácnido.
Ve la hora, voltea en ambas direcciones,
a quien espera parece no llegar. Vuelve a observar su reloj, apenas unos
minutos de la última vez que lo hizo. Decide esperar en otro lugar, en segundos
se arrepiente, el punto de encuentro sería ahí, le dijeron claramente que no
debía moverse por ningún motivo de ese lugar. Decide matar el tiempo
contando los coches que pasan por esa poca transitada calle, se arrepiente de
no haber traído su Game Boy. Un camarada se lo obsequió “para cuando tengas que esperar de más, para cuando tengas que matar el tiempo” le había dicho. Un auto llegó, se paró justo a un costado de él, una voz
le dijo sube. De inmediato la misma voz cambió de parecer “límpiate las suelas,
no quiero que llenes de mierda mi auto”. El sujeto obedeció, en el bordo de la
banqueta dejó una plasta viscosa, entre lo que parecían partes de algún
insecto. Subió y el auto dispuso su marcha, para treinta metros más adelante
detenerse de nuevo; del auto fue arrojado un cuerpo, era el mismo sujeto
que minutos antes limpió las suelas de sus zapatos. Tenía un tiro -limpio- en
la sien, y una nota pegada en la espalda que decía: “Para matar, antes se tiene
que autorizar. Los perros traidores, los verdaderos animales, descansan a la
intemperie”.
miércoles, 6 de junio de 2012
A riesgo de otoño
Nací en la ciudad de San Miguel de Allende, en aquel día de la llamada tormenta de otoño, sí, así de inconexo fue mi nacimiento. Mi madre me parió en pleno parque; comía un dulce de higo al instante que le entraron las contracciones y el cielo se ennegrecía. Entre el ventarrón y un relámpago estruendoso lloré por primera vez, una hoja de uno los árboles que protegían a mi madre se me pegó al pecho. Conservo esa hoja, está en mi oficina del desierto, le tengo enmarcada bajo la leyenda “La naturaleza muerta que me dio vida”.
Mi madre no tuvo más hijos, en sí yo no tuve padre. El sujeto con quien mi madre me había procreado fue un delincuente el cual estaba de paso en el pueblo; se le acusaba de fraude y peculado. Fue mago, mentalista, curador y pastor de iglesia. Eran muchas las personas a las cuales había timado, entre las acusaciones más fuertes se encontraba el hecho de algunas personas fallecieron dado que hicieron caso a su charlatanería, dejando entonces tratamientos médicos que les mantenía con vida. La seducción fue la herencia de este hombre a mi ser.
Desde aquel primer llanto entre las corrientes de aire no volví a llorar, hasta cuando encontré a mi madre en su cama acompañada de la fotografía de aquel hombre funesto que fue mi padre. Mi tía Lucía decía que mi madre murió de tristeza, yo tenía apenas siete años. Se me concedió dormir ese día al lado del cuerpo frio e inerte. Extrañas eran las costumbres de mi familia, situación que hasta hoy mucho agradezco.
Estudié en un colegio por demás conservador, si bien no se encontraba raptado por la idealización de la escuela cristiana, si tenía mucho el rasgo de fundamentalismo, que en ocasiones me hicieron sentirme parte de una imaginaria, un tipo de educación límbica entre la libertad y el fascismo mismo. Destaqué en las clases de Historia universal, Filosofía, Artes, fui asiduo participante de las mesas de debate. Mi personalidad rayaba ocasionalmente en lo patológico, causa de mi aguda introversión contradictoria de mi pasión en aquellas increíbles tardes de debates con el Profesor Rufino Archundia. El Profe Archundia gustaba de establecer tópicos versátiles de las un millón de crisis que embargaban al estado “puro” del espíritu humano, según nos decía. Estos debates fueron mi pase al Colegio México, becado por el gobierno impuro guanajuatense. A los 19 años me embarqué a la gran ciudad; mi estadía fue por demás única, decidí vivir en un paralelismo, durante las mañanas de aquellos años me vi secuestrado por las bibliotecas y todo aquel espacio que me hiciera olvidarme de mí, reiterando en esto una y otra vez un nacimiento. Por las noches me desterraba a la glorificación de lo impropio, de lo indebido, de lo impúdico; entre barrios, farras inauditas y lodazales curtí mi sombra. Tal ritmo de vida durante tres años me llevó a un sanatorio mental, mi estadía en tan particular institución instruyó mi vaivén pendular llamado existencia, en pocas palabras parieron mis propósitos.
Del Colegio México fui orgullo y vergüenza a la vez. Se me becó de nueva cuenta, en esta ocasión mi exilio magnánimo me llevaría a la Asía del pacífico, específicamente a la India, estudié en la Universidad de Delhi dos posgrados: uno en Ciencias sociales y el otro en Música y Bellas artes. Mi estadía en aquel mágico lugar me otorgó la paz que hasta ese momento sólo vislumbra en la poesía del zen o en un soneto Bachiano. Viví y rescaté todavía parte de un lugar ajeno del ideal occidental, en aquellos tiempos el contagio global era apenas un bebé que succionaba su dedo narcisista. Allí me enamoré por primara vez, de igual forma me vi succionado en la agonía-disfrute del desamor; la condición humana es y será la misma, ajena siempre a la temporalidad y al relativismo cultural. Siete años pasaron para que volviera a México, ahora le valoro, en aquellos días aborrecí el retorno.
Encontrar trabajo fue lo más complejo, y no porque no lo hubiese, sino porque no me satisfacían ninguna de las ofertas. De los tres trabajos que tomé les caracterizaba su rigidez y sus políticas ficticias de beneficio social; eternamente abolido por la hipocresía y el control de las instituciones decidí darles la espalda (poco les importo, claro). Comencé a escribir columnas en un periódico virtual, primero inicié quincenalmente, después lo hice semanalmente, para terminar escribiendo cada tercer día. Los temas ahí tratados fueron diversos, siempre tuve libertad de hablar de lo que yo quería. Si bien esto podría sonar egoísta, traté de asociar cualquiera de mis disertaciones al sentido de mi realidad inmediata. México pasaba por momentos jamás imaginados, una venda del tamaño de un coliseo parecía caer, lo peligroso de esto es lo que ocultaba ese gran manto, a muchos nos puso al desnudo y pocos nos acostumbramos a deambular sin ropas. Mi columna bautizada “A fuerza del olvido” tuvo una inesperada aceptación, comenzaron a llover las propuestas para escribir en distintos periódicos nacionales, me negué durante unos meses; vendría la invitación del Maestro Javier Rojas, su novela “Caminos flotantes” se había convertido en una referencia literaria del México renovado. He de ser sincero, no fui muy asiduo hasta ese momento de la monumental obra del Maestro Rojas, Caminos flotantes marcaría mi vida. Trabajé durante dos años para el semanario de Rojas. Vendría el fatal accidente en donde Rojas, su esposa e hijos murieron, el grupo editorial tardó mucho en recuperarse de ese duro golpe. Se me asignó como jefe editor, duré poco, comenzaba a perder la pasión, cumplía 30 años. Comencé a guionizar un pequeño cuento, el mismo le había iniciado en Bengala, le abandoné por años, su trato se fundamentaba en una meta ficción, la historia de una chica encerrada en una caja de fósforos, sí, era absurdo. El retomarle no desplazó su esencia, sólo le cambió de lugar, una chica encerrada en un sueño, el de otros, así surgió: “El sueño de los otros”. Primero el Ariel, luego el premio de la crítica en el Festival de cine independiente de los Ángeles, hasta llegar al Goya, fueron dulces días. La anécdota del coctel en Madrid me siguió por años. Ante la insistencia de los medios dije –y sostengo- hasta ahora, no fue una falta de respeto de mi parte mencionar en plena gala mi postura al respecto del gobierno español. España paga ahora su confianza y desestimación de los países que subyugó. La iglesia y su concepción del estado fueron el cáncer de América.
Por esas mismas fechas tuve el mejor de los honores, convertirme en padre. Sólo de las entrañas y corazón de Gabriela pudo venir algo tan hermoso como lo es Berenice. Aún ahora como madre, le sigo sintiendo como aquella primera vez que mis ojos tuvieron el milagro de verle respirar.
Escribiría tres novelas más, y una antología de cuentos; guionicé un serial de ciencia ficción “La causa de todas mi realidades”, tuvo un éxito mediano. No desistí en el seguir contando historias, pero creo que el resto, celosamente lo digo, son para mí. El día que muera, y si de algo importa, les compartiré desde lo que signifique la muerte, hasta ese momento tendrá sentido.
Y si de humildad se trata, mi vida, el valor de ella, vendrá siempre de las vidas que hasta ahora le han rodeado, que le han acompañado.
Gracias a todas esas vidas.
martes, 8 de mayo de 2012
De ser vagabundo
Me consumiría en los parques y en los bosques de las ciudades,
haría de ellos mi hogar. Cuidaría que no se les violente y se les estropeé. Las
hojas secas de otoño siempre son una estupenda cama, allí tendría los mejores sueños de mi vida.
Entraría a los cafés internet y me haría cuentas de amigos muertos, el utilizar
nombres de personas que descansan en el cementerio sería una opción. De cierta
forma les daría vida, les fundamentaría dándoles continuidad a sus existencias.
Yo* –crearía- escribiría sus vidas, y la vez, me desharía de la mía.
Me pararía afuera de algunas de las Universidades, Facultades,
pensando en lo que pudo ser mi fin, y entraría en mí un miedo enorme al saberme
que de haber sido así, estaría condenado a una oficina, un escritorio o bajo el
mandato de un jefe desleal y deshumanizado. Mi cuerpo lo tendría en alquiler,
mientras mi espíritu se hallaría extraviado.
Comería en las afueras de los mercados, al costado de sus
fondas. Me permitiría ver el ir y venir de los comensales; me saborearía en el
guisado que les escurre por la boca. El dueño del local como en otras tantas ocasiones
se compadecería de mí y me daría tal vez una sobra de algún platillo.
Me enamoraría, esta vez no de un alguien o un algo, estaría
entregado y rendido al amor de mí
libertad, con la que ocasionalmente como en toda relación tendremos conflictos:
el riesgo mismo de existir sería uno de esos muchos inconvenientes.
Fotografiaría mentalmente las estructuras que se desbaratan
y todas aquellas que se levantan; vería –por horas- el correr del agua. Me
liberaría de la pena de las circunstancias, del arraigado pensar del desastre,
que en el resto vería tanto con el primer rayo del sol hasta la última luz que
se apaga, pobres, pensaría. Me definiría en dos leyes: mi sentido común y mi
libre albedrío. Jamás les contradiría o les traicionaría, el hacerlo sería no
ser. Sería el abandonarme.
“Nómada, loco, noctambulo y soñador. Un vagabundo, trono sin rey, templo
sin dios*…”
Robi Draco Rosa
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