Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Carta de un grupo de asesores, psicólogos y guías –espirituales- de gobernantes

Nighthawks, 1942. Hopper



Esta información se encontró en al Archivo general. No en sus fichas, ni en los documentos húmedos bien alineados de los grandes y enormes pasillos; se le halló en medio de una revista pornográfica del velador de ese edificio. Por cierto, ese recinto mucho tiempo fungió como cine porno de la ciudad. Ahora, tiene menos afluencia que en aquellos ayeres… ¿Quién vista el Archivo general? ¿A quién le interesa el pasado? Sólo a los neuróticos domesticados. Estos cuestionamientos tuvieron su respuesta. Una respuesta tajante y general de ello. Aquello es el contenido de esta carta redactada en máquina de escribir, fechada, imposible de distinguir, el papel está estropeado –sospechosamente- en dos zonas: la parte que indicaba la fecha su realización, y en el área en donde se supone estar el nombre de quién le redactó.El velador jamás llegó a mencionar el cómo dio con dichos papeles. Les guardaba celosamente entre sus páginas de placer. Le gustaba jugar con el hecho de saberse dueño de un documento tan valioso, mayor que cualquiera de los albergados en el Archivo; y cualquier otro archivo de cualquier otra parte. Era un testimonial “moral” de quienes les gobernaban, una realidad objetiva, quizá fuerte, despreciable, abrumadora y triste, pero al final sincera. Quién puede tener certeza de tener la verdad, de saberla al menos. En esos instantes, entre las curvas pronunciadas de una latina MILF él la tenía. La carta decía esencialmente esto:


“Hoy decidimos reunirnos, después de mucho tiempo lo hicimos; nuestras vidas se habían vuelto una tremenda incógnita para nuestras familias, una leyenda urbana para la sociedad y un fantasma para nuestras propias personas. Necesitábamos sabernos vivos, saber qué existíamos, alejarnos de nuestras creaciones. Comenzaba aquella charla de varios extraños -de anteojos, de cabezas sin cabello, con bufandas en cuellos cansados de mujeres en pleno abril, en manos con las uñas carcomidas, de olor a velas, de divorciados, abandonados…- con una palabra que todos odiábamos y la vez éramos, en medio de una nube negra de humo sobre la mesa en la que compartíamos, alguien dijo: trabajo. El nuestro era sumamente remunerado, podría atreverme a decir que esta paga no podría igualarse jamás con cualquier de los empleos comunes y corrientes. Podías vivir despreocupado, desahogadamente por muchos años, el grave inconveniente recaía en el disfrute de esas ganancias, y de lo más preciado, el tiempo, tu definición del tiempo. ¿En qué definición podrías vivir? ¿Realmente la tuya? ¿O en la vida de otros? ¿Gastarles o disfrutarles? Imposible, estábamos “condenados” a una perpetúa compañía, dependencia, simbiosis de un jefe, un dirigente. Al aceptar este trabajo renunciabas a la totalidad de lo que significa tu vida. Al paso del tiempo la gente se olvidaba de ti, y tú te olvidas de ellos. Nuestras vidas se centraban en ser un frasco, un gran recipiente sin fondo, una lámpara maravillosa que resuelve los conflictos jamás imaginados; te convertías en un costurero que remendaba espíritus demasiado corrompidos. Llenos de culpas, miedos, soberbia, egolatría, de traumas. Inseguros, truhanes, sádicos en su mayoría eran… Aquella alusiva palabra al progreso, al crecimiento, a lo que sustenta las motivaciones del hombre libres de yugos vánales no nos llevaron a esas disgregaciones, en cambio la palabra trabajo puso en nuestras mentes mojadas de café, té o algún ron las preguntas que saldrían entre el humo, bocanadas llenas de asombro y a veces en un tono –irónico- sabedor de las respuestas “¿Y cómo lo afrontó? ¿Dejó de beber de esa manera? ¿Cómo corrigió su pronunciación? ¿La gente lo amaba o le temía? ¿Es supersticioso? ¿Eran sus preferencias? ¿Llegaron a algún acuerdo con los medios…? Nos llevaron a recordarles, escucharles, analizarles, como tantas otras veces lo hicimos; ver en el fondo de un solo hombre uno de los muchos orígenes de nuestra miseria como sociedad. Construíamos maniquís sin vida, sin ideas, perfectos productos. Levantamos panoramas de lo que creíamos era lo correcto, dejando su dirección en las manos de brutales acomplejados con delirios de grandeza. Representando nuestra circunstancia primitiva, lo más deshumanizada posible, autodestructiva. Pulimos y eximimos peligrosos psicópatas en un mundo donde la neurosis ha sido socialmente digerida, vivida. Otras veces desarrollándoles guiones de cómo tenían que parecer personas gratas, aceptadas, adoradas, idolatradas.



El astrólogo contaba a los reunidos de aquel día en cómo hizo ganar a un gobernador dos veces la lotería; era tan absurdo, tan fuera de lo común. Además aquel hecho a muchos de los allí congregados le considerábamos en su momento, algo planeado, intencionado, de un forma hasta cierto punto cínica. El detalle, contaba el viejo calvo de diversos dijes colgándole del cuello, era precisamente causar esos dos efectos, tan sólo nos corrigió en un punto: “la función está en la magia, en los astros, y sobre todo en una palabra que la sociedad admira y desea compulsivamente del otro: la suerte. Nadie quiere un gobernante inteligente, elocuente, incorruptible, la gente está deseosa de las figuras afortunadas, amadas, de las cuales parece su vida no les ha dado la espalda; la fortuna, cumple entonces el papel de un placebo comunitario, lo mismo puede ser entendida la religión, la afiliación y otros compensatorios. Jaque mate.”- Cerró así su participación aquella noche el calvo astrólogo.Inmediato finalizó, nadie quiso quedarse atrás, todos tuvimos el ánimo de al menos hablar de una de nuestras sagacidades en aquellos menesteres, demostrar –alardear- nuestra capacidad en resolver –y engañar (nos)- de cómo salvamos el día siendo sombra de un puñado de pelafustanes.



Fue el turno del terapeuta de un ex presidente. Llevar en los hombres la psique de un gobernante de esta envergadura exigía al menos un sexenio de vacaciones para volver a ejercer tal actividad de nueva cuenta. La contención se pensaba inimaginable, se hacía evidente en los dedos mordisqueados de aquel sujeto que nos remembró cuando el ex mandatario, tres días antes de finalizar su mandato le mandó a traer. –Sabe, no puedo creer que a tres días de finalizar el sexenio la gente me perciba como el genocida más grande del país, el más autoritario, aún adelante de Díaz, de Huerta, Echeverría, del mismo Ordaz. Aquellos no tenían noción, visión, incluyo también a los que me anteceden, rojos en su mayoría. Lo mío fue la decisión que ninguno había tomado. Los miles de sacrificios no fueron en vano, ¡Qué desagradecidos! les dejo un país que se ha jactado de tener mucho de algo que yo les regresé, Güevos. Soy el presidente, y seré el presidente que pase a la historia del país por ser quien tomó las decisiones que nadie se había atrevido a tomar, luchar contra aquellos verdaderos asesinos, darle seguridad a esta chingada tierra. Eso me hace el hombre más orgulloso…- Nos cuenta el terapeuta que después de haber dicho aquello el ex presidente se sirvió en un vaso con dos hielos bebida hasta derramar el contenido; la mano con lo que se sirvió no le dejaba de temblar, mientras se engullía el líquido de centeno hasta el fondo.



A continuación nos contó que confrontó al ex mandatario eufórico, preguntándole tres circunstancias de su aseveración. –Señor Presidente, ¿En verdad considera qué hizo lo correcto? ¿Fue su cometido, no influyeron los intereses de otros, que al final a usted también le convinieron? Y lo que quisiera me respondiera, si gusta, dejando a un lado las otras preguntas ¿Se siente usted sucio, culpable de algo durante su mandato?



El todavía Presidente, nos dijo el terapeuta, se levantó, tomó el vaso y lo llenó de nueva cuenta hasta el tope, arrojó su contenido sobre su rostro para después decirle: -Sabe, es muy bueno en su trabajo, tan es así, que al principio de esta odisea siempre busqué un pretexto con mis asesores para desechar su orientación. Casi seis años después lo entiendo, me hubiera vuelto loco de llevarme tanta sangre en las manos, tanta mentira en los pensamientos. Pero su “oportuna ayuda”, su oportuno “espejo” me hizo entenderme no como monstruo desalmado, sino como un monstruo racional. Sin mi monstruosidad señor terapeuta, esto, señalaba una bandera que se encontraba en el estudio, no pasaría al otro nivel. Ya no es mi tarea, yo comencé a hacerla, que el que me siga ojalá pueda continuarla. Los sacrificios son justificados, perdonados. Espero no volver a verlo, con permiso.



Todos quisimos decir algo, al final nada salió. Es verdad, no sentíamos desesperanzados. La asesora de imagen intentó dar un vuelco a lo recién comentado. Mofó durante el resto de la noche de sus “clientes”. De la insistencia de llevar botas a los eventos que por etiqueta –y sentido común- se entendía imposible realizarlo. De la seguridad de un sujeto que se fincaba en la gravedad de su peinado en noches completas en sets urbanos; de cómo el mismo individuo no sentía desventaja de ser un ignorante, le dijo en un ocasión al equipo de imagen “el pueblo ignorante merece un líder ignorante, pero que diste de su peor ángulo, su pobreza y su fealdad, ése señores, soy yo…” Nos volvimos a entristecer. Intentamos hablar de otra cosa, nuestros gustos, pasatiempos, de nuestras familias, el caso fue imposible. Uno a uno comenzamos a despedirnos fríamente. No salimos juntos del café, por temor a ser vistos por la guardia presidencial, los escoltas de un gobernante o un incondicional en turno.



Iba a subir al taxi –Escribe sobre esto. Seguro te sentirás mejor, estás autorizado, tu signo está en ascendente- Me gritó el astrólogo al salir del café mientras sonreía. Y es lo que hice ¿Que quién era yo?, El guía.”

jueves, 26 de enero de 2012

Camaleón




Un día como cualquier otro -al menos en eso se habían convertido mis días- me levanté de la cama. Esto me requirió un dantesco esfuerzo, entré en una anomía, perdí toda voluntad y significado de las cosas, de las palabras, de los rostros; cómo no perderles si no sabía ya quién era.
Trabajé durante catorce años en el llamado servicio secreto, tres años pasaron de mi graduación de la academia para mi ascenso al servicio. Uno de mis maestros durante esa gloriosa temporada notó mi asiduo esfuerzo y participación en las clases, reconoció y vislumbró mi capacidad de análisis, aunado a lo que él llamaba el “efecto camaleón”; me explicó que ese término lo acuñó en uno de los cursos recibidos por un ex agente del servicio secreto irlandés “Dícese de la capacidad de un individuo para poder mimetizarse en –y sobre- cualquier circunstancia”. Dicha concepción podría ser muy relativa, si lo tomase de un ángulo clínico podría ser la condición de un individuo despersonalizado, o en definiciones menos gratas e introspectivas: el individuo que existe a partir de las personalidades, circunstancias y rostros de otros. Sin pensarlo me adherí a la primera, mera conveniencia profesional, y sí, de existencia.
Mi primer caso ya como agente fue mi infiltración en una revuelta estudiantil, básicamente era la resolución de un puesto en la rectoría de una Universidad pública del sur. Se exponía la veracidad moral de uno de los postulados, éste encabezaba las encuestas, se le acusaba de dos hechos: franqueaba un partido político no conveniente en la “autonomía” de la Universidad, el otro detalle fue el efecto disolvente de su casi solidificado triunfo, sodomización al menos de cinco estudiantes de diversas Facultades. Mi inclusión fue como estudiante, homosexual. Muchas de mis técnicas podían juzgarse de excéntricas, mas nadie discutía los resultados de mis métodos. Este caso se resolvió en la cama del Doctor Huriarte, encañonado y esposado, así como una fractura expuesta de clavícula; tardé una semana para desprenderme de los amaneramientos y de la tonalidad de una voz aguda.
Otra tarea asignada años después fue aquella en donde tuve que seducir a una Madame Filipina, aún paradójico pareciera ella era líder de una célula de tratantes de blancas. La mujer era sumamente suspicaz, oficialmente desconfiada de todo guiño o efecto de seducción. La transformación de un proxeneta me llevó tres meses, pasé días enteros en las zonas rojas de la ciudad, mis convivencias y relaciones sociales se definieron en calles llenas de putas, traficantes y transexuales. Adquirí el argot y las manías de todos ellos. Al paso de esos tres meses la mujer se interesó en mí, en primera instancia para incluirme en su equipo de trabajo, el segundo paso lo gané al redituar ganancias favorables en su organización. Ganaba espacio y aceptación, iba perdiendo sentido de quién se supone que era, en un mes no respondí el teléfono, llamadas de mis superiores; lo justifiqué argumentando discreción del caso y denotación de fiabilidad, “será mejor que no me llamen, podemos poner en riesgo la operación, casi la tenemos…” Aceptaron mis condiciones, pasaron dos meses. En realidad iba olvidando quién era, comenzaba a respirar y a sentir en la armadura de este chulo; aquí yace una de las ganancias existenciales de mi trabajo, realizar y hacer lo que no podría hacer en mi persona. Otro infiltrado me encontró en una de las residencias de las Madame “Tienes una semana para destapar y entregar a esta puta asiática”. Así lo hice, una noche estando en la piscina con ella recordé quién era. Le dije que me esperara, que serviría algo para ambos. Regresé, ya no en traje de baño, sino en mi traje gris de solapa delgada, le disparé a la cabeza, limpié la cacha del arma y la coloqué en su mano. Una nota suicida en letra idéntica dejé en la mesita de las bebidas; de esa mujer comenzaba también a adherirme. No hubo inconveniente alguno con los guardaespaldas, fungía como jefe de armas, les había dado el día “La señora no quiere ser molestada, queda bajo mi entera protección, diviértanse”- les dije.
Fui suspendido por seis meses por incumplimiento de órdenes y el asesinato de la Madame. El psiquiatra del servicio describió en un reporte: fatiga excesiva, inadecuación para acatar cualquier tarea asignada, inestabilidad emocional permanente. En cierta medida su reporte fue benevolente. El verdadero castigo lo viviría en los días venideros. Durante esos seis meses vino una tortuosa confusión. En las mañanas pasaba horas observando mis identificaciones oficiales, me hacía preguntas inverosímiles como: “¿En realidad seré yo? ¿Pero cuándo hice esto? ¿Cómo que no nos parecemos? ¿Y si no soy yo?” El resto de los días salía a la calle sintiéndome desdibujado, me preocupaba en demasía que la gente no me notara, así que opté por salir con vestimentas más llamativas, ajá, excéntricas. Y como no sentía satisfacción, pertenencia, comencé a maquillarme, a recortarme el cabello, peinarme de distintas formas; mi casa estaba llena de pelucas, bigotes, bisuterías, nada lo lograba. Una noche en tremenda desesperación me afeité toda la cabeza, el rostro, me rasuré las cejas, las piernas y el pubis, me paré ante un espejo y allí me quedé todo el día y la noche observándome. Terminé por dispararle al espejo, no hallaba respuestas de quién era.
Han pasado los seis meses de la suspensión, no volvieron a comunicarse conmigo. No necesito de ellos, pensé. Tengo el mejor de los casos aquí mismo, aquí adentro en mi cabeza; hoy inicio esta diligencia, averiguaré de una vez por todas quién soy. ¿Por dónde comienzo? Claro, el arma.

miércoles, 11 de enero de 2012

El 2011 y sus viejos nicks (nada que decir).



1. La menuda cultura y el cosmos: la menudencia del hombre y sus –nuestras- mentes cada vez más alejadas del cosmos. Imposible entenderse como cultura, sí como multicultura o masacultura.
2. Cigarro suelto: parece que la nicotina “suelta” sabe mejor, al menos se aleja del alquitrán, al menos me daña menos. No sé en qué momento (la verdad es que si lo sé) en ocasiones el fumar o el olor del cigarro de otro me deprime.
3. Drugstore Cowboy: película de culto, finales de los ochentas, un aviso, un principio de una década de vacío. Reconozco en Matt Dillon dos momentos cinematográficos: Rumble Fish y Drugstore Cowboy.
4. Jack O’ Lantern: el cabeza de calabaza enemigo del cabeza de telaraña.
5. Infinidad de afinidades: el mundo tiene afinidades para conmigo, el mundo no sabe que finjo. Infinitamente he fingido, el mundo también me ha falseado infinitamente, gracias por la casualidad y la oportunidad.
6. El Professor Pyg y el Circo de los Extraños: de los mejores regalos de Grant Morrison del año pasado. Hay una reseña de este personaje en este blog, invito la lean. Perfección del mundo crucificado.
7. Mutantes sesenteros: una de esas muchas combinaciones ganadoras; los mutantes han existido en diversas décadas, pero en relevancia (comiquera y cinematográfica) es dictada en los sesentas.
El conflicto de Bahía de Cochinos será brecha para muchos imaginarios. Guionistas enamorados de la Guerra Fría.
8. Morte Zé Pequeño: Bosa, favelas, ligues, drogas y tiros. No sólo Jerusalén es Ciudad de Dios.
9. Bon Vivant: tan gustoso ser el malo de la historia, el pícaro, la insinuación de Byron, Lyndon, LeBeau, etc. Se puede ser un pillo sin perder el honor, un bribón sin perder el corazón.
10. Las palomitas en el intermedio: de esas cosas que jamás volverán; como gustaba de la llegada del intermedio, veía los carteles, veía el rostro de los que estaban en la sala. Iba al baño sin perder parte importante de la película. Las palomas en bolsa de papel estraza.
11. LEAB (Liga de Escritores y Artistas Borrachos): No recuerdo de que autor mexicano salió esto, la verdad ahora que lo pienso no es nada creativo (es estúpido) aplicado a este tiempo. Imagino tuvo su humor, sentido y definición, más no ahora.
12. El sótano de disfraces parcialmente dañados: sketch de Saturday Night Live especial Halloween.
13. Hipismo Snob: el hipismo que a todos nos gusta, el hipismo no pasa de moda, la paz si.
14. Kundalini Road: en mi licuadora –mental- moulinex por mis ganas y no por mis introspecciones metí a Karmatrón y Mad Max. Al final todo se reduce a un camino, el camino de un samurái.
15. Alertagrama: hay que seguir las flechas. Busque la solución en el próximo número. “Los que han nacido en Grecia” Vertical “Cura un mal” Horizontal “Voz para advertir” Vertical “Artículo neutro” Horizontal.
16. Duat: inframundo de la mitología egipcia.
17. Ego-auxiliar: dispositivo de la estructura psíquica del hombre, define y en ocasiones deconstruye la personalidad del individuo; los similares pueden infravalorar.
18. Dr. Whoanz: bautizo del Mai, por aquella inolvidable rutina del Dr. Whoanz; rutina de peso y suicidio, o lo que es lo mismo la rutina te lleva al suicidio. Ahora mi mote en Escribicionistas (sic).
19. Vanagloriando el drama: confesiones de análisis.
20. Expiando al espía: confesiones de análisis II. Un espía intrapersonal que desde hace mucho ha deseado su jubilación; jubilarse de sí mismo es complejo.
21. Las líneas flotantes: Hiriart bautiza mi im-posible columna, no la vertebral, la editorial.

Breve anatomía anímica felina



Curiosidad, erogeneidad y orgullo
Le llamó llorando, no eran más de las ocho de la noche, la gata no acostumbraba a salirse del departamento. Desde pequeña ella la había acostumbrado a vivir en las dos recámaras (la segunda que ella ocasionalmente rentaba o prestaba), la sala-comedor-cocina (todo en un espacio de 2x3), el baño y el balcón en donde estaba ubicada su caja de arena. Muchas veces él pensó que ella definió una personalidad de un infante en la gata (él disfrutó y cooperó en ello); extinguió en su totalidad el instinto del felino, al menos eso creía la pareja.
-La gata no está, ya la busqué y no está. Se perdió, mi niña se perdió – dijo ella entre sollozos, apenas él entraba al departamento.
-¿Estás segura? ¿Ya buscaste bien…? –Él quería creer que la gata estaba por allí, escondida, quería también parar el llorar de ella, el deshinchar sus ojos que los lagrimares inflamaron a un punto crítico. Se puso a buscar de inmediato en el mini-espacio.
Así le abrazó durante tres días, puesto que la gata no aparecía. Algunos postes de luz de la cuadra se llenaron con la copias de una fotografía de la gata “Se busca, se recompensará a quien dé informes” decían los diez juegos de copias. Desconsolados entre las ocho de la noche regresaron al departamento. Él iba por más pañuelos para secar las lagrimas ya no sólo de ella, sino de igual forma las de él -lo hacía a escondidas- sentía que de hacerlo en su presencia le robaría el último aliento de esperanza de que la gata regresase. Le dolía, le molían ambas cosas, el sufrimiento de ella y la ausencia de su gata.
-… ¿Escuchaste? –Dijo ella, parando en seco su llanto y comunicando con sus manos que todo callará, algo escuchó y tenía que ver con la gata.
-Sí, parecen unos gatos apareándose… ¿Tú crees qué pueda ser ella? –Dubitativo pero en una entonación gustosa respondió él para luego preguntar.
Los sonidos venían de la ventana del cuarto que en ese momento no estaba ni rentado ni prestado, saltaron ambos de las sillas del comedor en donde minutos antes se encontraban lamentándose. Él se asomó primero, viendo entre el marco de la ventaba una silueta gatuna correr. Es demasiada grande para ser su gata. No quiso decirle nada ella, no le desanimaría, no le rompería más el corazón.
-¿Qué viste? ¿Es ella? –Sin lágrimas y en una combinación entre expectativa y desmoralización precipitada le preguntó.
-No. No es ella corazón –Fue firme, lo consideró en segundos y no era capaz de dar falsas expectativas. Tenían que empezar considerar la resignación, la pérdida.
El cuarto se irradió de una tristeza casi tangible, los ojos de ambos comenzaban a entrar en ese temblor que antecede a un largo llanto cuando de pronto… ella escuchó el maullar irreconocible de su gata, ese maullido entre melancólico y erótico, sí, una combinación así de extraña hacía que esta gata fuese más que particular.
-Amor, los maullidos, vienen del taller de aquí junto ¡Allí está, escúchala! ¡La encontramos, la encontramos! ¡Ve por ella! – Conmocionada en alegría al instante del reconocimiento –único- del maullido de su gata envió a él a la búsqueda. El lugar, el taller mecánico.
Entre los muchos inconvenientes del rescate se encontraba el acceso, el taller estaba cerrado, además de que existía la no tan remota posibilidad de que algún perro cuidara el taller por las noches. Esto no impidió que él se saltara el portón mientras que ella desde abajo lo animaba “tú puedes corazón, hazlo por ella, hazlo por mí, por nosotros”. Saltó al interior, las maullidos se escuchaban más cercanos, no olvidaba la gran posibilidad de la presencia de un perro vigilante; afortunadamente no fue así. La gata estaba debajo de un Dart 89, cubierta de aceite y al parecer sumamente asustada, dado que cuando él le llamó cariñosamente por su nombre al mismo tiempo que ponía sus manos sobre su pelaje la gata corrió debajo de un Topaz. Ella gritaba afuera del taller si todo iba bien allá dentro. Él de las tres veces que le gritó le escuchó sólo una vez, respondiendo “ya casi, ya casi”. Hubiese preferido que se callara, lo ponía muy nervioso.
Al paso de una hora y de manera increíble llevando a la gata en el brazo izquierdo escaló de nueva cuenta el portón, al entregarla la gata a ella, la primera respondió en un zarpazo en la mano de él, herida no profunda pero si dolorosa, y trágica en consecuencia.
El zarpazo y la sonrisa de ella del otro lado del portón son razón total para dejarles a ambas. Él perdió el equilibrio, no sin antes entregarle la gata. La caída fue fatal, cayó su frontal directo en el cemento, el cuerpo sin vida quedó adentro del taller.Ella ahora mira desde la misma ventana en dirección al taller, acariciando el lomo de un pequeño gato hijo de aquella gata casi perdida; ella recuerda con orgullo a sus dos vidas, desafortunadamente las bolsas de sus ojos siguieron hinchadas.


Misticismo y divinidad (BAST)
“… cuando le temes al peligro muerde” es lo último que leyó Fernanda para después quedarse dormida con el suplemento cultural de La Jornada en su pecho, al menos estaba en su cama. Al ir profundizando en los sueños el lugar dónde te quedes dormida (o) es lo de menos. Esa noche Fernanda tuvo un extraño sueño (decir en ocasiones esto lo hace parecer un pleonasmo, los sueños son extraños y punto). Describe Fernanda en su sueño que en su mano izquierda sólo existían cuatro dedos y que sus yemas eran ocupadas por unas gomas suaves y rosadas, una de las gomas salpicadas por pecas cafés. Su nueva mano le permitía sentir las cosas de manera distinta, es como si por primera vez tocará todo nos dice, debe ser fabuloso le decía un voz de un hombre en el sueño que hasta ese momento no tenía una forma ni un lugar de origen. Fernanda por tanto soñó que tocaba el agua por primera vez, y hubo una primera vez también para sentir el calor, otra más para sentir el pasto verde, indescriptible nos dijo. La voz no dejó de acompañarle, es extraño (esto es realmente extraño) saber que una voz te acompaña sin escucharle, y Fernanda se decía:
-no hablo de esas cosas pesadas de la voz interior.
Fernanda y su nueva mano quisieron sentir por primera vez la corteza de un árbol, la sensación como las anteriores fue indescriptible, sólo que en esta ocasión unas uñas curvas, cuatro, salieron por debajo de sus gomitas, sintió la terrible y excitante necesidad de rasgar la corteza.
-Imagino que debe ser fantástico, ajá, la sensación que te provoca hacer eso -dijo la voz
Fernanda continuó afilando sus uñas en el árbol ignorando la voz. La voz repitió la misma frase
-Imagino que debe ser fantástico, ajá, la sensación que te provoca hacer eso -dijo la voz
Fernanda en este momento dejo de ignorar la voz, le escuchaba más cerca. Sus nuevas garras no dejaban de escarbar la corteza, la corteza al ser desgastada iba moldeando un orificio, en el cual comenzó a escuchar sonidos como si alguien estuviese atragantándose; del orificio se moldeaban unas encías de las cuales brotaban unos dientes, dientes que mordieron ferozmente la mano de Fernanda. Despertó.
Estaba en un hospital con la mano izquierda vendada, colgada a lado de la cama. Respiraba aceleradamente, su respiración se iba reacomodando a su ritmo cardiaco, el mal sueño había terminado. Unas punzadas vinieron a la mano, y de nuevo esa sensación de una voz que no escuchas, la punzada se convirtió en un apretón, en un jalón, en desgarre. Logró mover su cuerpo, necesitaba saber que mordía su mano, algo debajo de la cama. Un hombre sin edad, sin voz, apretaba con sus dientes grandes y fuertes la mano izquierda de Fernanda. No podía hacer nada.-No podía hacer nada –le dijo el hombre sin dejar de morderle la mano (otro dato extraño).
Entre lágrimas y desesperación Fernanda decidió voltear a otro lado, el otro lado en ese instante fue la ventana, y atrás de la ventana la luna roja y de su luz un gato pardo. El dolor se esfumó, de hecho pareció nunca haber estado allí, una sensación de frescura, humedad, algo que curaba las heridas.
Entre parpadeos lentos, Fernanda observa lo que parecía una nube blanca muy cerca de su mano; al estar ya casi despierta nota a su gata de angora (a la cual no deja subir a su cama) quien lame delicadamente su mano izquierda. Fernanda la jala hacía ella para luego abrazarla y besarla.


When I went down, my girlfriends house.
And I sat down, lord, on her front step.
And she said a, come in now Jimi.
My husband just now left, just now left.
Ohh yeah, ohh yeah, ohh yeah, ohh yeah.

Catfish Blues, Jimi Hendrix

martes, 3 de enero de 2012

Transbordando

Se llenaba la carreta que llegaría a la carretera polvosa y desértica, en la provincia de Kabul, Afganistán le estará esperando un camión. Un hombre y su hermano menor cargan de cestas el ominoso camión; su contenido debe llegar por la tarde a la aduana del aeropuerto, no más de la cinco de la tarde, es el cambio de turno en la aduana, relevan los hombres que se les pagó, se les compró. El avión despega del aeropuerto de Kabul rumbo a Shangai. Allí se recogerá el cargamento de goma para distribuir una parte de éste en la ciudad. En algunos laboratorios de los barrios de la mafia china de Shangai la cocinan, cuando ésta ha sido procesada y convertida en dosis de heroína se distribuye en bares, se vendieron grandes sumas. Las dosis son muy demandas en todos los estratos sociales de Shangai, una buena dosis puede llegar a cotizarse hasta en 300 yuanes. El resto se lleva a unas bodegas enormes, para después meterle en contenedores de aceite de ballena, viajarían en dos tráileres hasta la frontera con Corea del Norte. Luego se llevará al puerto para partir a la prefectura de Kioto. Un grupo de Yakuzas de un clan muy legendario se encargarían de recibirlo y darle distribución de venta en las prefecturas más importantes del Japón, sólo un tráiler. El acuerdo era enviar el segundo tráiler al puerto de Vladivostok, de ahí una avioneta transportaría la mercancía a otro lugar. El piloto a cargo sería un hijo de un ex KGB retirado, ex piloto y parte del grupo de élite en los últimos años de la Guerra Fría. Por tanto el blanco cielo de las nevadas no impediría al hijo de casi un héroe dejar la droga a las 4: OO AM en aeropuerto de Chita. Volaría el cargamento completo y pagado ya en suma por sus destinatarios en Varsovia. Se repartirían las ganancias del producto, se triplicó en millones de rublos; se distribuyó la mitad de la mercancía en el norte de Rusia, fue fácil corromper a las autoridades. Por hoy uno de los países más corruptos (sic) del mundo es Rusia; el dinero envenena a las sociedades, es lastre reiterativo que consume. La otra mitad fue entregada a una importante mafia rusa, este grupo no sólo dominaba el mercado de la droga, de los opiáceos euro-asiáticos, sino también el de trato de blancas y armas, los tres mercados ilegales que mantienen al mundo de rodillas y en movimiento. Enviarían un autobús con algunas de las chicas abordo, en el chasis irían las armas, y en el forro del piso del autobús colocarían meticulosamente la heroína combinada con otro cargamento de Turquía, de muy mala calidad; murieron tres chicas en Estambul inmediato se la inyectaron. Las mujeres eslovenas y polacas las subieron en un avión rumbo a Cádiz, España. Se vendió a ese grupo de chicas a distintos países de América Latina. La droga y las armas se enviaron al aeropuerto de Barajas en Madrid, partieron sin mayor problema de inspección en dos vuelos distintos, uno con destino a Medellín, Colombia y uno más a Tijuana, México.

El vuelo en el aeropuerto de Tijuana llegó con una hora de retraso, se recibió la mercancía, las armas se intercambiaron con droga de la región y bolsas negras llenas de dólares. Esta operación se llevó a cabo adentro de uno de los hangares. La droga fue llevada en un camión blindado de seguridad, no cupo toda la mercancía, el resto fue montado cuidadosamente en las bateas de las Ford Lobo, un convoy de siete camionetas y el camión blindado salieron con rumbo a Tecate. Se había decidido utilizar esa mercancía para distribución y venta en el territorio nacional, el norte de Baja California sería la primera parada. Mucha de la droga vendida en esa región se cocinaba una y otra vez, hasta volverla otra cosa, algo muy lejano a la heroína. Esas dosis, esos arpones llegaban a las piqueras, a los guetos de heroinómanos consumados, entregados a una necesidad esclavizante que los llena tanto pero que en realidad los vacía tanto, los desvanece. Entre las camisas rotas que sirven de sabanas en los pisos de tierra olorosa a heces y orina, entre la basura de orillas de las carreteras se asoma Ema, joven de apenas veintidós años pero que en apariencia representa más de treinta, es adicta desde los once años. En la madriguera entra el tierras, trae una goma, pide una cuchara, la cocina y se la mete toda, no la comparte. Ema tiene dos días sin inyectarse nada, ha tenido mareos y vómitos, altas fiebres y pesadillas terribles, necesita inyectarse, se muere si no lo hace. Tiene algunas monedas que ha recolectado de las limosnas y a veces de medio limpiar parabrisas. Tenía cincuenta pesos en monedas de cincuenta centavos, de un peso, de dos pesos, de cinco, una sola moneda diez; se le había encontrada tirada en el centro. Es lo que costaba el arpón en las piqueras, se había ido a picar allí tres veces sin que le pasará nada, además de tener una tolerancia en un cuerpo ya demasiado enfermo, agujereado por todas partes, en esos agujeros de sus venas se le escapaba la vida. De aquella mercancía de Kabul, sólo tenía una brevedad ese “pico”. Ema pagó los cincuenta pesos de sus morrallas, metió el brazo delgado y morado de tanto pinchazo en ese agujero de un muro frio y grafiteado. Del otro lado un tipo sucio tiene cucharas quemadas, mecheros oxidados, polvos blancos revueltos con el polvo del pequeño espacio caluroso y grasiento. Al fin puede encontrarle una vena “viva”, en la cuchara hierve la sustancia, es jalada en una jeringa que parece se ha usado mucho. La vena es la de su mano, que más que dedos tiene unas ramas frágiles colgando, una mano que emula madera vieja y quemada; el líquido entra, el brazo cae. El pinchador saca la aguja, el que estaba formado atrás de Ema la hace a un lado, es su turno, Ema se va al suelo, se nota atrapada en un sueño placentero, olvida todo.

Antes de que se le parase el corazón entró en un placentero viaje en donde visitaba diferentes partes del mundo, desconocidas. Lo valió pensó Ema cuando vino el fulminante infarto.

martes, 20 de diciembre de 2011

Niño olvidadizo

Jacek Yerka



En la mañana desayuno ancas de rana
Antes salté de la cama
Mi mamá se fue con su vecina la guacamaya
Señora de colores que hace nieves de guanábana

En la tarde me fui al bosque
Encontré un rinoceronte
El rinoceronte lloraba, tomaba agua
Quería saber por qué lloraba
Pasaba una carroza llenando de polvo
El rinoceronte no estaba
Caminé en el bosque

En la noche abuela preparaba la cena
Picos de pato y alas de buitre, rica cena
Me dolían los pies de caminar en el bosque
Estuve hasta tarde en el bosque
Buscando al triste rinoceronte
Y ya me acordé, la abuela me daba la mamila llena de jarabe
Me acordé que esto ya lo soñé.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Que alguien me encuentre




Un hombre vaga en la carretera en indefinidas horas de –tiempo- noche, su silueta se logra distinguir por las luces de algunos automóviles que pasan muy cerca de él. Este hombre ha recorrido grandes trayectos de las carreteras del país. Algunos se han atrevido a decir que este mismo hombre es el resto de los hombres que recorren las pistas del mundo; aquellos mismos sujetos ajenos a un espacio que sólo correspondería a los automóviles, y sí, a la gente dentro de esos autos. Detallo esta información dado un evento curioso de mi vida, y digo de mi vida porque el caso es atemporal, al menos en el fenómeno que he presenciado, el que se reduce a ese hombre recorriendo las carreteras sin un rumbo fijo.

No soy de las personas que gusten justificar sus acciones o de darles explicaciones, y mucho menos dar cuenta de mis anécdotas. Es más, reservo la gran mayoría de cosas o situaciones que confabulan mi mundo personal en mi cabeza, no permito que nada salga de allí. El caso de hace unos días acabaría con estas reservas mías, y si bien no tengo prueba alguna que atestigüe lo que narraré a continuación, aquí mis palabras serán razón anecdótica sirviendo de aliento a otros que como yo pensamos que ese hombre y su caminata indefinida no es un hecho casual; verán que no hay arbitrariedad alguna en los pasos de ese hombre, y sí mucha intencionalidad y asociación. Al menos eso me hizo entender la semana pasada. Soy representante de un laboratorio farmacéutico de cierto renombre en el país, mi trabajo me exige viajar constantemente. En un año visito aproximadamente veinte estados de la República, algunos de esos viajes son muy extensos. Los mismos directivos de la empresa me han dejado la cartera abierta en todos los sentidos “Si necesitas trasladarte en avión, hazlo…” “Eres uno de nuestros mejores empleados, tenemos entera confianza en ti “. Viajar en avión lo hago con poca frecuencia, a menos claro, que la cita de trabajo demande estar en un punto geográfico muy lejano al punto donde me encuentro. El resto de mis viajes los hago en carretera; se me asignó un auto de la empresa, un modelo sencillo, reciente, del cual no tengo queja alguna, su asistencia al servicio lo hace un transporte óptimo y seguro. Viajo solo, mi maleta (en donde llevo mis pertenencias más útiles) y el portafolio de patentes farmacológicas de muestra son mis únicos acompañantes. No gasto más de los viáticos asignados: casetas, comidas, hospedaje, etc. No incurro en la invención de gastos innecesarios, ni utilizo esos recursos para gastos personales. El día lunes me encontraba en Ciudad Mendoza, Ver. Mi siguiente comisión era en la ciudad de Huamantla, Tlaxcala. Tenía que estar allí el martes a las cinco de la tarde en una clínica privada especializada en oncología. Ese martes por la mañana –aún en Ciudad Mendoza- tuve tiempo suficiente para desayunar en el restaurante del hotel y realizar algunas anotaciones de mi itinerario de esa semana. Pagué con la tarjeta mi estancia en el hotel; a los pocos minutos me encontraba manejando en la carretera montañosa de Orizaba-Puebla, escuchaba la radio. Llegaría al periférico poblano tomando la desviación hacia la caseta de Tlaxcala. En la llamada zona de las cumbres la señal de la radio comenzó a perderse, lo último que escuché del noticiero de medio día es que en la autopista del sol, en Guerrero, un grupo de estudiantes normalistas –rurales- se habían atrincherado demandando más recursos, “una de las bombas de gasolina estaba ardiendo…” de pronto la señal se perdió, se escuchaba únicamente el sonido de la interferencia. En ese momento rebasaba a un hombre que caminaba en la carretera, intente disminuir la velocidad para verle, no pude, traía un auto atrás; en el retrovisor vi alejándose una figura delgada, apenas con algunas prendas. Llevaba el torso cubierto por una cobija sucia, traía puesto un pantalón –gastado- y no estoy seguro si iba descalzo. De trote lento, lo perdí de vista mientras avanzaba. El resto del trayecto estuve muy inquieto, ese hombre. Ni cuenta había dado de que la radio se escuchaba otra vez, las noticias habían ya terminado su emisión, ahora se escuchaba a Gal Acosta; eran más de las seis, lo supe porque es la hora del Bossa Nova en esa estación. El hecho de que oscureciese tan temprano me regresó a mi ansiedad, a la imagen de ese hombre caminando en la carretera. No parecía que hubiese tenido un accidente, se notaba muy relajado. Pensé en lo más sensato -debía ser un vagabundo, un loco- quise pensarlo así hasta llegar a mi destino. Después de visitar la clínica me fui al hotel, cené ligero y me acosté. Al momento que me metía entre las cobijas volví a recordar a ese hombre, esa angustia llegó de nuevo, me entregué al pensamiento. Traté de recordar más detalles de su imagen; recordé que llevaba algo parecido a una pulsera, similar a los rosarios que dan en las iglesias. Era un tipo delgado, sucio del rostro, no viejo… No era posible, cómo podía recordar a detalle los rasgos de ese hombre que tanto malestar me causaba, apenas si lo había visto unos segundos. Cada pensamiento, cada imagen suya me llevaba a creer que yo conocía a ese hombre repugnante (en ese momento comenzaba a sentirlo de esa forma). Tan fue así que la pulsera me hizo acordarme inexplicablemente de mi madre, de un seis de enero en mi infancia. Recordé que estábamos en un café; mi madre se tomaba el cabello sintiendo el aire que corría, me paré de la silla y fui a una plaza. Ahí estaban unas figuras enormes de los reyes magos, me coloqué junto al elefante, fue cuando un hombre se acercó. Iba descalzo, sucio, me miró y me sonrió mostrando unos dientes rotos, otros –pocos- podridos. Me tomó de la mano y comenzó a clavarme las uñas –sucias- en la piel, vi como me salía sangre de la pequeña herida, vi esa pulsera de santos horrible, mientras él seguía apretando. Grité llorando, mi madre llegó corriendo, el hombre me soltó y se fue apresuradamente… Pero no es posible pensé, cómo podría ser el mismo hombre, además se veía de la misma edad. Tenía más de 23 años ese evento de mi vida. Me atormentaba, no podía olvidarme de ese hombre. Logre dormir, pensando en él.

Desayuné en el hotel, después hice una visita más a un laboratorio, al finalizar emprendí mi siguiente diligencia. Me dirigía a Querétaro, tenía que estar allí las 7 PM, me esperaban los directivos de un hospital privado. Gran parte del trayecto fui fumando, el pensamiento de aquel hombre hasta ese momento no me acosaba, fue algo muy extraño, actuaba como si nada del día anterior hubiese pasado. Desde que desperté no recordaba nada de esa angustia horrible, de ese recuerdo. La carretera estaba muy despejada. Una hora antes de llegar a Querétaro me llamó la atención un niño que se columpiaba en un columpio hechizo; unas riatas colgaban de una señal que indicaba el número de kilómetros restantes, el señalamiento estaba a la orilla de la carretera. Atrás del movimiento del niño se veía una casa de cartón, disminuí la velocidad. Un hombre salía de lo que se asemejaba una puerta, era el mismo hombre, estaba seguro. Me vio, sentí que me reconoció, aceleré, no paré hasta llegar a Querétaro.

La reunión fue un desastre, no logré vender ningún fármaco, mucho tuvo que ver mi ausencia. Me atrapó el miedo, venía en ese momento tan inoportuno la imagen de ese hombre. No pude responder ninguna de las preguntas de aquellos anestesiólogos y cirujanos al respecto de los productos. Al finalizar estrecharon mi mano por mera cortesía, mayor repulsión debieron haber sentido al tocar mi mano empapada en sudor, resultado del nerviosismo no del fracaso –el primero- de mi venta, sino de aquel hombre, y ahora ese niño en el columpio. Al finalizar la desastrosa reunión busqué un lugar para distraerme, olvidarme. Ese pensamiento, esas figuras continuaban atormentándome, y mis cuestionamientos sin respuesta lo agudizaban ¿Cómo había llegado tan rápido a ese punto? ¿Llegó caminando? ¿Quizás alguien lo trajo? ¿Pero quién lo levantaría? ¿Y ese niño? ¿Es su hijo? El niño, el niño me trasladó a otro momento de mi infancia. Cada vez que iniciaba un recuerdo tenía la sensación de que las cosas empezaban a tener sentido, y en efecto lo tenía, desgraciadamente lo hacía más inverosímil y tormentoso. Logré encontrar un café que cerraba tarde. Pedí un café y de inmediato me dejé llevar por mi nostalgia. Iba en el asiento trasero del Ford Galaxy 76 de mi abuelo, en ese auto viajamos muchas ocasiones, por él conocí muchas carreteras, muchos lugares. Pensé en la asociación de ese placer ahora en mi trabajo, daba un sorbo a mi café del que salía abundante humo. Al tragar el café vino la imagen de un niño en un columpio. Ese día paseábamos en el Galaxy del abuelo, pasamos por una de esas comunidades que tienen su escuela a un costado de la carretera. Un niño se columpiaba en un columpio al interior de la escuela, yo veía al niño fijamente mientras éste se columpiaba, parecía que también me veía. Mi abuelo frenó estrepitosamente, me asustó el grito de mi abuela quien iba de copiloto, el enfrenón nos sacudió, desvió mi vista del chico. Al reaccionar todos vimos a un hombre parado al frente del auto, mi abuelo lo vio antes –afortunadamente-, fue el motivo de que enfrenase repentinamente. El hombre caminó a la portezuela de la abuela (teníamos nuestras ventanas cerradas, fue un día muy frio) el hombre estiró su brazo y mostró la palma de su mano pidiendo caridad, tuvo una negativa contundente de mi abuela. Volteó a la parte trasera del auto, cuando me vio me sonrió, tenía esos horribles dientes. Tenía cuatro tazas vacías, no recordaba haberlas pedido, mucho menos haberlas bebido. Me desprendí, me alejé en mi recuerdo. Esa noche dormí –horriblemente- pensando en esa sonrisa. Al día siguiente regresaría a la central de los laboratorios en la Ciudad de México y después iría a mi casa. En la mañana, de la misma forma parecía no recordar nada de lo acontecido, mi discutible lucidez no me permitió ni siquiera recordar el fracaso de la reunión, daba por entendido (como en repetidas ocasiones) que las ventas fueron un éxito. Pero algo me preocupaba, no tenía que ver con el hombre y su malévola y asquerosa sonrisa, ni con el trabajo, parecía no tener que ver con nada, sin embargo allí estaba. Me subí al auto, fumé en demasía de nueva cuenta, me adentré en la carretera. Desde mi salida escuché un ruido raro en una de las llantas –ni eso me preocupó-. 10 KM adelante de la caseta de cobro México-Querétaro uno de los neumáticos explotó, inexplicablemente; el auto se me ladeó al carril contrario, tres autos me lograron esquivar hasta que -no sé cómo- pude volantear y regresar el auto al carril para –eternos- minutos después lograr frenar. No tenía ninguna herida, tampoco sentía ninguna contusión, estaba ileso. Bajé del auto, imaginando lo peor, que otro carro vendría atrás y me chocaría, no sé, que alguien más había resultado herido. Para mi asombro sólo estábamos mi auto y yo en esa carretera tan transitada en todo momento del día, olía el acero quemado del ring que se arrastro varios metros en la pista. Mi óptimo carro sacaba humo por el cofre. Avancé hasta donde suponía explotó la llanta; en verdad que no había nadie cerca, no pasaba ningún automóvil, ni tráiler, nada. Corría una brisa fría, se escuchaban los gases arrojados del cofre y los pastizales moviéndose a los lados de la pista. Comencé a sentir mucho miedo, preocupación. Imposible que no pasase algún vehículo, y aquellos sonidos de la vegetación. Escuché que alguien caminaba entre los pastos, cerca de mi auto. Corrí para alcanzarlo, vi una silueta desnuda salir de mi auto, fue muy rápido, estaba seguro que algo salió de mi auto. Frené mi paso y me acerqué lentamente. No había nadie, mis cosas seguían allí, intactas, mi maleta y mi portafolio de ventas. Las medicinas venían en la cajuela. Pasó por mi cabeza comenzar a correr en la carretera, huir, buscando ayuda. Recapacité, sería muy peligroso, no se veía ninguna casa, ninguna luz cercana, seguía sin pasar ningún auto. El carro dejó de hacer ruidos y soltar humo, no parecía que se fuese a incendiar o algo parecido. Al estar definitivamente solo (cinco horas después) y en esa oscuridad opté por meterme al auto, pasaría la noche adentro, sería más seguro. Mi única esperanza para ese momento es que amaneciera y pudiera buscar a alguien, o que alguien me encontrará. Me dormí pensando que lo que vi salir del auto pudiera regresar. Esa fría y larga noche soñé con ese hombre, le veía sentado junto a mí.

Por la mañana mientras despertaba en el asiento trasero con mis propiedades pegadas al pecho recordaba perfectamente todo: el hombre que había visto cuatro días antes caminando en la carretera, su relación en mi pasado, mi mamá, mis abuelos, el niño del columpio, el asunto vergonzoso de la junta, el choque. Salí del auto buscando ayuda, el sol quemaba, del cemento de la pista salía vapor, y ni rastro alguno de algún auto o persona, tan sólo se veía la larga pista recta que parecía no acabar en ninguno de sus sentidos, rodeada siempre de aquellos pastizales. Pasadas dos horas sin rastro de nadie y con ese miedo terrible que me embargaba de lo acontecido decidí comenzar a caminar por la carretera hasta encontrar a alguien…

Creo que han pasado meses, años, en verdad que no estoy seguro, he caminado mucho tiempo; es por eso que decidí escribir esta nota, justo atrás del contrato que no se logró en aquel hospital de Querétaro. Allí escribí esto que me pasó – o que me está pasando-, siempre es el mismo camino, y siempre creo recordar esto del escrito, mientras transitó esta carretera interminable. De mis cosas no queda nada, fui abandonando el resto del equipaje al verme perdido, sólo conservo mi maleta, un recuerdo. En el segundo día de mi trayecto imposible, después de haberme dormido en la carretera, abrí mi maleta, encontrando únicamente la ropa asquerosa de aquel hombre y su pulsera de santos. Mis cosas no estaban, sólo su ropa y la pulsera, es la ropa y pulsera que porto ahora. Mi otra ropa, mi otra piel, se quemó.


Espero encontrar a alguien, que alguien lo lea.