Tiempo

El tiempo es mi mejor amigo y mi peor enemigo. El tiempo ambiguo del esquizofrénico, el tiempo que fumas, el tiempo que soñamos, el tiempo viajado, el tiempo obsesivo felizmente vivido por un servidor y otros más; el tiempo otorga el valor… valor para hablar de comics, de ideas, de “absurdos delirantes”, de parodia, de cine, de intentos, de música, del fin del mundo, de playas vírgenes ochenteras suicidas. En fin, el tiempo es quien definirá este rollo que hoy mismo inicia e incita a la banda a que lo visite, lo juzgue, lo ame, lo odie o las dos cosas. La pertenencia digital me quitaba el sueño.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La sombra estancada


Es cierto que quien mira en el espejo del agua, ve ante todo su propia imagen. El que va hacía sí mismo corre el riesgo de encontrase consigo mismo. El espejo no favorece, muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo porque lo cubrimos con la persona, la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro. Ésa es la primera ´prueba de coraje en el camino interior; una prueba que basta para asustar a la mayoría, pues el encuentro consigo mismo es una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante. Si uno está en situación de ver su propia sombra y soportar el saber que la tiene, sólo se ha cumplido una pequeña parte de la tarea: al menos se ha trascendió lo inconsciente personal. Pero la sombra es una parte viviente de la personalidad y quiere entonces de vivir de alguna forma. No es posible rechazarla ni esquivarla inofensivamente. Este problema es extraordinariamente grave, pues no sólo pone en juego al hombre todo, sino que también le recuerda al mismo tiempo su desamparo y su impotencia. A las naturalezas fuertes -¿o hay que decir más bien débiles?- no les gusta esta alusión y se fabrican entonces algún más allá del bien y del mal, cortando así el nudo gordiano en lugar de deshacerlo. Pero tarde o temprano la cuenta debe ser saldada. Hay que confesarse que existen problemas que de ningún modo se pueden resolver con los medios propios. Esta confesión tiene la ventaja de la probidad, de la verdad y la realidad, y así al asumir esa imposibilidad se ponen las bases para una reacción compensatoria de lo inconsciente colectivo, es decir que quien reconoce la existencia del problema está inclinando a prestar atención a una ocurrencia útil o percibir ideas que antes no había dejado aparecer. Atenderá entonces a sueños que sobrevienen en tales momentos o reflexionará sobre ciertos acontecimientos que justamente en ese tiempo tienen lugar entre nosotros. Si se tiene tal actitud se pueden despertar y captar fuerzas útiles que dormitan en la naturaleza profunda del hombre, pues el desamparo y debilidad son la vivencia eterna y el eterno problema de la humanidad y para esa situación también existe una respuesta eterna: de lo contrario el hombre hubiera desaparecido hace ya mucho. Una vez que se ha hecho todo lo que se puede hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno no tuviera conocimiento de ello. Pero ¿cuánto sabe el hombre de sí mismo? De acuerdo con todo lo que la experiencia nos muestra, es muy poco. Por eso queda todavía mucho espacio libre para lo inconsciente. Como es sabido, la plegaría requiere una actitud similar y por ello tiene también análogos efectos.
La reacción necesaria y requerida se expresa en representaciones configuradas arquetípicamente. El encuentro consigo mismo significa en primer término el encuentro con la sombra. Es verdad que la sombra es un angosto paso, una puerta estrecha, cuya penosa estrechez nadie que descienda a la fuente profunda puede evitar. Hay que llegar a conocerse a sí mismo para saber quién es uno, pues lo que viene después de la muerte es algo que nadie espera, es una extensión ilimitada llena de inaudita indeterminación, y al parecer no es ni un arriba ni un abajo, ni un aquí ni un allí, ni mío ni tuyo, ni bueno ni malo. Es el mundo del agua, en el que todo lo viviente queda en suspenso; donde comienza el reino del “simpático”, el alma de todo lo viviente; donde yo soy inseparablemente esto y aquello; donde yo vivencio en mí al otro y el otro me vivencia como yo. Lo consciente colectivo es cualquier otra cosa antes que un sistema personal encapsulado; es objetividad amplia como el mundo y abierta al mundo. Soy el objeto de todos los sujetos, en una inversión total de mi conciencia habitual, en la que siempre soy un sujeto que tiene objetos. Allí estoy en tal medida incorporado a la más inmediata compenetración universal, que con toda facilidad olvido quién soy en realidad. “Perdido en sí mismo” es una buena expresión para caracterizar este estado. Pero este sí-mismo es el mundo; o un mundo, si una conciencia pudiera verlo. Por eso hay que saber quién es uno.
C.G. Jung “Arquetipos e inconsciente colectivo”

Nota: La interpretación del agua como abundancia es –y fue- un reduccionismo, una contradicción simbólica. Ahora entiendo que la sombra está inmersa en aquella espuma oscura, en la alberca de agua verdosa, en aquellos arroyos angostos e infinitamente profundos, en el lago y su insoportable silencio; imborrables los desechos estancados a la orilla del río. Mi descenso vino en la inundación, en el pantano y la claridad de sus aguas dejando ver esos cuerpos desagradables: alargados y escamosos, rodeándome las piernas; busqué las páginas, tenía la necesidad de leerles mi epifanía, me creerían. Una lluvia se soltó y me vi perdido, jamás he vuelto a hallar las páginas. Aún bajo los techos permanecí siempre mojado.

sábado, 28 de agosto de 2010

Tributo


El Mai y el Padre rinden tributo a la extensa carrera del Maestro Nacasio, haciendo un conteo de sus distintas obras literarias, abarcando su irrepetible ficción, así como sus particulares análisis del universo, la psique, el lenguaje, la vida y la existencia ¡LARGA VIDA AL MAESTRO!

1. La guerra y Nacasio
2. Pedro Paramo y Nacasio en llamas
3. El Bestiario de Nacasio Arreola
4. El viejo y el Nacasio
5. Estas ruina que ves, Jorge Nacasioon goitia
6. Recuerdos, sueños y pensamientos, Nacasio Jung
7. El cantar de Nacasio
8. Don Nacasio de la mancha
9. Nacaddhartha
10. Así habló Nacasio
11. Más allá del bien y Nacasio
12. El Dragón Nacasio
13. Breve historia del tiempo de Stephen Nacasio
14. El libro de arena de Nacasio
15. El Nacaleph
16. Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Nacasio
17. El libro rojo de Nacasio
18. Crimen y Nacasio
19. El Nacasio al desnudo
20. Temor y Nacasio
21. Yo Nacasio
22. Miedo y asco a Nacasio
23. El tambor de Nacasio
24. Crónicas Nacasinas de Ray Nacasio
25. Nacaura
26. El Nacasio de la soledad
27. Ojos de Nacasio azul
28. Nacasio no tiene quien le escriba
29. El existencialismo es un humanismo de Jean Paul Nacasio
30. El elogio a la locura de Nacasio Rotterdam
31. Arquetipos y nacasios colectivos
32. Los detectives nacasios
33. Psicología de las situaciones nacasias de Nacasio Nicol
34. Confesiones de una máscara de Nacasio Mishima
35. El Nacacronomicon
36. El evangelio según Nacasio
37. Fundamento de la ética por Nacastóteles
38. La felicidad substancial, Santo Tomas de Nacasino
39. El Malestar en Nacasio
40. El Nacasio estepario
41. Queremos tanto a Nacasio de Julio Nacazar
42. El Nacasio de la colonia Roma de Luís Nakata
43. Semiótica y filosofía del Nacasio
44. En que creen los que no creen, Nacasio Eco
45. El péndulo y Nacasioault
46. Arqueología del saber, Michell Nacasioault
47. Mitologías por Nacasio Barthes
48. Homo videns, Nacasio Sartori
49. El héroe de las mil caras de Nacasio Campbell
50. El mito del eterno nacasio
51. Metodología de la historia de las religiones, Nacasio Eliade
52. Shamanismo, yoga y meditación, Nacasio Eliade
53. Tao te Nacasio
54. Psicomagia de Nacarowsky
55. Comentarios a la guerra de las Galias, Cayo Nacasio Cesar
56. El discurso como estructura y proceso, Teun Nacasio. Van Dijk
57. La imaginación sociológica, C. Nacasio Mills
58. Ecce Homo, Friedrich Nacasio
59. El concepto del miedo, Nacasio Kierkegaard
60. Las Batallas en la progre, José Emilio Nacacheco
61. Historia de la locura en la época clásica de Nacault
62. El Nazapo de Nacasio Sainz
63. La panza del nacasteco de José Nacasio
64. Sinfonía maya, de Silvestre Nacasio
65. Lecciones de filosofía de la historia, de Nacasio Hegel
66. Las enseñanzas de Don Nacasio
67. El club de la lucha de Chuck Nacaliuk
68. Literaturas nacasicas medievales, Jorge Luis Nacasio
69. Historia de los doce nacasios, Suetonio Nacasio
70. El homo servus en el ocaso de sus mitos, Nacasio Campos
71. Los sueños del insomnio de Nacasio Spota
72. El mito de la enfermedad mental, Nacasio Szasz
73. Los nueve libros de la historia, Tucidides Nacasio
74. Werther, Nacaothe
75. Pulp, Charles Nacaowski
76. Nacasio Runner, Nacasio K. Dick

Nota: Gracias Mai, sin ti no hubiese sido posible la recolección de estas desquiciantes obras. Dejan esas parlitas en el Messenger.
Gracias Evalium por la reinvención de Nakata.

martes, 13 de julio de 2010

Inesperado


A veces el patio resulta goyesco: el sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega: que viene el coco: tal para cual: nadie se conoce: qué sacrificio: allá va eso: linda maestra: sopla: subir y bajar: no grites, tonta/ Y es que todas partes incubos horrísonos se persiguen y se golpean entre sí haciendo muecas inesperadas. Y la necesidad de fumar, un deseo neurótico: el ansia enfrentada a una prohibición reglamentaría. También las castigadas aferrándose al piso como para impedir su caída en el infierno: aguijoneadas con preguntas e insultos de curiosas que rechinan los dientes; una de ellas (ahora) pisoteando tres dedos de la niña crucificada, sonriendo apenas, elevando la vista hacía las ramas altas de las palmeras y las monjas que caminan por los pasillos de las primarias.
Algunas se pintan la boca o las cejas en el baño, y se lavan después, sin borrar huellas alarmantes ¿adrede? Pierden flacas, pétreas, de rodilleras derretidas; cabelleras polvosas y caras llenas de cicatrices y fístulas, vacías. Y las acostadas en el piso, abiertas de manos antes la oscuridad zoológica de monjas y compañeras. Pero lo más repugnante no son ellas , no, sino estos engendros, sino esos engendros grandes y pequeños que pululan, roen, saltan , se arratran y gritan por todas partes. Me retuerce el estomago, me lo inflama, parece que reventará: lo palpo y siento temblores, gases que pugnan por salir. Prefiero atender el diseño geométrico de las sombras de los edificios en los patios soleados, intentando marginar la dilatación de la barriga, y la presencia de Julieta, Ángela, Cindy: niñas crucificadas que no podrán incorporarse mientras duren las clases, no importan sus urgencias. Cuando se quedan solas, al final de la tarde, entumidas y con los uniformes llenos de tierra, se levantan: Lázaras. Si no se han desmayado, claro, deshidratadas o neurópatas, con lo que semejante coreografía gane en prestigio lo que de susurro en susurro crece a nivel de callos, excrecencias, taras y complejos imborrables.
Camino hacia la dirección para peerme en una zona deshabitada, pero a medio camino se me abalanza una estúpida que huye. Momento digo, momento. Se apodera de mis piernas, aterrada. Cuáles son las palabras esdrújulas que se acentúan. Escapa para no saber la respuesta / Hay miles de frases espantapájaros: se colocan entre interrogaciones y a otra cosa mariposas.

Nota: Las similitudes se dieron así, inesperadas; Obsesivos días circulares de Gustavo Sainz para aquellos que les gustan las coincidencias.

viernes, 25 de junio de 2010

De rodillas




Los rayos de la puesta hicieron que sus labios resecos se movieran, se despegaran del hilo de baba seca. Partidos. Acostado sobre el pasto con la camisa vomitada y desabotonada; un intenso dolor de cabeza, mareo… Ebrio aun. Se levantó y miró a su alrededor. Verde, árboles, pinos –rodeado-, se encontraba en un bosque acompañado de una monumental borrachera. Malestar. El lugar logró ubicarlo: es una zona del parque ecológico, a unos metros de la normal abandonada, la misma que se dice fue un hospital… ¿Pero qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? ¿Con quién había estado? Estaba lejos de la ciudad, no recordaba nada. ¿Por qué estaba borracho? ¿Con quién bebió? ¿Con quién estuvo? ¿Había alguien cerca? Revisó su cartera. Estaba todo en su lugar; no tenía ningún golpe en su cuerpo. Intentó llamar desde su teléfono -sin señal-, miró buscando algún auto, algo, un indició, alguien cerca. Vacio. El sonido de la yerba, de la ramas empujadas por el viento, la incertidumbre creciendo. Observó el edificio.
Sobresaliendo entre las puntas de los pinos se yacía el edificio abandonado de muros manchados en blanco; son más de siete pisos. -Es de aquellos lugares revestidos de historias raras, y cuando las escuchas, no dudas en visitarlos- Tal como recordaba esto, recordaba donde vivía, en que trabajaba. Su esposa, sus hijos, sus padres, su edad, lo elemental. Sabía claramente quien era. Recordaba nítidamente lo que hizo ayer. La cena en el microondas, cuando se lavó los dientes y se fue a dormir. El último programa de televisión. De hoy, entiende, sabe donde se encuentra, la hora y el día. Lo imposible de recordar es cómo y por qué está ahí, y en esas condiciones, llevándolo casi a un ataque de pánico. Respiró profundamente, trató de repeler el malestar de la borrachera llevándose las manos al rostro. Desesperación. Auguró que al no ver ni encontrar a nadie cerca -alguien o algunos- estarían dentro del edificio. Comenzó a caminar torpemente, iría al edificio. Siguió el camino de tierra y pasto llegando a unas extintas jardineras, ahora rodeadas de árboles secos y hojas amarillentas. Se introdujo por uno de los ventanales cercanos, una explanada lodosa lo llevó a un acceso. En el interior el camino del pasillo lucia salpicado de pedazos de paredes, escombros. Los rayos del sol al fondo cayendo, entrando. Se detuvo un instante. Conocía los rincones del lugar, se dirigió a las escaleras, aquellas que conectan a todos los pisos llenos de baños y aulas vacías. El grafiti y la rapiña abundaban. Caminó sobre el polvo, pisando las piedras. Cada vez más deprisa -de vuelta a la duda, la incertidumbre-, subiendo al primer piso. Vino un fuerte mareo, intentaba seguir avanzando, tenía una idea. Gritaría en cada uno de los pisos los nombres de sus conocidos en ambas alas, izquierda y derecha, piso por piso vociferando nombres de amigos, familiares… no hubo respuestas. En el quinto piso el malestar de la borrachera le reventaba las entrañas -el vomito yendo a la boca y el pasillo girando- se recupera y continúa. Un visitante, quién fuera, suplicaba respondiera a sus llamados. Llegó a la azotea del edificio. Árboles, yerbas y cemento, no hay rastro alguno de nadie. La garganta le comenzó a molestar, sentía algo atorado, asfixiándolo; sus dedos intentaban destrabarlo, escarbando algo se abría. Vomitó estrepitosamente, se desplomó balbuceando, no entendiendo, desvaneciéndose. Los parpados se cerraban, desapareciendo el cerro de distintos verdes y la vegetación naciendo del cemento, de las piedras. Quedó tendido a un costado de un arbusto que brotaba del suelo, una rama apenas. El sol se distanciaba.
En minutos regresó en sí, la angustia lo trajo de vuelta. La inminente entrada de la noche despertó un estado de inseguridad, temor duplicado: el no saber qué demonios pasaba y la atmosfera de la enorme estructura tragándole. Necesitaba regresar, salir del edificio. Limpió el vomito de su boca y camisa, se incorporó dirigiéndose apresuradamente a las escaleras. Bajaba sin parar, un temor creciente venía siguiendo sus pasos. Las dudas le taladraban la cabeza. En el cuarto piso una de las aulas destelló una ligera luz, la vio, se inmovilizó ante ésta. Alguien, un conocido quizás. No se precipitaría, tomó su teléfono de nueva cuenta, marcó. Continuaba sin cobertura, sin comunicación, sin nada. Decidió ir hasta el aula, pensó inocentemente que esto podía ser una broma, podrían estarle jugándole una pasada, una broma. Lo que fuera, soportaría, necesitaba explicaciones, razones. La luz destellaba intensamente cuanto más se acercaba. Yendo a lado de los baños demolidos la luz se esfumó. Ya no avanzó. En cambio, murmullos, voces inentendibles saliendo de las otras puertas alrededor. Se acercaban, escuchó pisadas. No veía de quiénes provenían; voces de mujeres, de hombres, de niños. Pasando a su lado, evitándolo. Pausadamente dio media vuelta tratando de no inquietarlos. El regreso a las escaleras le parecía interminable. Empezaba sentirse perdido. Nauseas, un enorme hueco, el vacio crecía en la boca de su estomago. Parecía que sus pasos se fijaban al rojo suelo. Sintió un golpe en el hombro. Nada. Vendría un empujón por la espalda. Voces, personas andando, -no se ven- comienza a correr, tiene que salir. Las escaleras. Parece no llegar, es como si nunca hubieran existido. El pasillo es eterno, se introduce a un cuarto, escapando. Negro.
Las voces se han ido, quedando atrás. Es más seguro este cuarto, debe llevarlo afuera. Oscuro, apenas se observa el marco de la puerta, la entrada. Su escasa visibilidad es apoyada de su tacto. Palpando las paredes frías –guiándose- recorre tres muros, no difieren, sin accesos. Palpando la cuarta pared -sabe que hallará la puerta- por donde entró. Desapareció, no hay salida. El cuarto lo atrapó. No conocía los motivos de esta –pesadilla- situación, estar encerrado agravaba las posibilidades, el pánico lo cocía. Arrojó un manotazo acompañado de un desgarrador grito. El marco aparecía, la mano salió y chocó al aíre; se desequilibró, su propio peso lo venció cayendo fuera del cuarto: De rodillas, temblando mira el pasillo. Huyó despavorido, sin rumbo…
Llegó a un espacio de escasos y derrumbados muros; en uno de estos se desdibuja un viejo mural del tipo Rivera, mejor dicho del tipo sindicalista. Entre los restos se asomaba el bosque, su salida.
Saltó, una montaña de tierra al ras del piso amortiguó la caída. Estaba afuera. Bajó de prisa el alud y siguió al bosque. Tropezó en algo, casi cae. Es un zapato, una bota, inmediato estaba su par; a cualquiera de sus pasos huyendo proseguía otra prenda: los calcetines, la camisa, el pantalón, ropa interior. Un raro sombrero la última vestimenta. El trayecto de la ropa lo llevó a una vieja fuente, rodeada de pinos secos, hojas muertas. Tuvo la curiosidad de ver al interior de ésta, sabía que no debía hacerlo no ayudaría, lo mejor era irse pensó. Lo hizo, observó al interior. Vio lo que parecían unas piernas encogidas rodeando la oxidada salida del agua, se acercó a corroborar. El resto, un hombre desnudo en posición fetal. El rostro no se distinguía; afeitado de la cabeza. Respiraba, dormía. Comenzaba a despertar, pausadamente. El rostro era oculto por las sombras. Prefirió alejarse evitando hacer ruido. Aquella figura despertó. Se puso de pie, a espaldas de él. La cara no se ve. Antes de que volteara huye. Corre. No para, ni voltea. Está otra vez en el edificio. El miedo lo cegó y corrió a la deriva. Entró al edificio, imposible regresar al bosque. Tiene que esconderse, tiene que salir.
Bajó pisos que -en realidad- lo subían y subió pisos que lo bajaban. En algún piso decidió no subir-bajar-, ni bajar –subir- Lo recorrería, necesitaba ubicarse. Al lado, el hueco de un elevador. Calcularía su ubicación desde allí, evitando recorrer los pisos -quizá no estaba solo – Recordó. Tomándose, aferrándose a las paredes para no caer, se asomó. Experimentó ya haber vivido esto: el hueco del elevador, él observando. Ve que está a cuatro pisos tal vez. Miró hacía arriba, -lo vivió ya- alguien arriba miraba hacia abajo al mismo tiempo. Ambos se ven. Son el mismo. Sube bajando.
Entró a un piso. Evita las aulas. Puertas, muchas; el pasillo inmenso. No sabe qué hacer.
Está en aula mucho más grande que el resto, un auditorio. Ocho columnas de lado a lado, dieciséis sostienen dos balcones. Las columnas delgadas. Arriba, más puertas, muros rayados. Alguien corre por los balcones. Se detienen. Es el hombre de la fuente. Desnudo. Sonríe, lo ha visto. Su cara. Entra a una de las puertas, bajará, vendrá. Decidió saltar por una de las ventanas, escapar; estaba en la parte más alta, se mataría.
Apretó los ojos. Despertarse. Una pesadilla, eso tenía que ser. Es el único lugar donde puedes sentirte tan confundido y aterrado. Antes de abrir los ojos, se imaginó despertando en su cama. La tranquilidad, estar a salvo, en donde la existencia de los otros –de uno- daba sentido a las circunstancias. No tuvo sentido, al abrirlos, se hallaba en otra parte del edificio. Algo distinto en ese pasillo, no se conectaba a ningún lado; está abajo. Una estampida se escuchaba bajar, pisadas, fuertes. Las escaleras, recordó. Está en el primer piso, es la salida. Cruzó los ventanales, los mismos por los que entró; no lo podía creer, estaba afuera. Seguía el camino de tierra, la pineras. De vuelta a donde comenzó; andaría hasta el pueblo, se resolvería. No volteó ni un segundo, se apoyó tocando las cortezas de los pinos. Una le astilló la palma de la mano, se detuvo, hay alguien en el suelo, junto a sus piernas. Parece ser un hombre, no se mueve, huele mal. Hay sangre. Tenía su misma complexión. Llegó a percibir algo muy familiar en él. Estaba boca arriba, despedía un fétido olor. Se encuentra herido, el pecho. –Punzocortante- Su rostro. Un vértigo lo empalidece, desaparece la incertidumbre y llegan las respuestas de golpe, en imágenes: Esa mañana al despertar se encontraba solo, su esposa e hijos se fueron unos días a la casa de sus suegros (incidentes conyugales). Se bañó, se vistió e hizo una pequeña maleta. Aborda un autobús de la línea ordinaria. Pasaría el fin de semana en compañía de un amigo, el que vive en Perote. En la noche fueron a un bar. Fue su peor borrachera. Su amigo rendido le pidió que se fueran, le respondió que después lo alcanzaría. El bar, la barra no dejaba de moverse. Esos tres hombres acercándose, colocan una botella sobre la mesa, uno de ellos le pedí permiso para acompañarlo, asiente, sentándose los tres hombres a su alrededor. Terminada esa botella pidieron dos más. En ningún momento llegó a verlos borrachos, no le mencionaron sus nombres, hablaban muy poco. Tiró un vaso al querer levantarse de la mesa, el contenido alcanzó a uno de los hombres. Se disculpó para de inmediato despedirse, se encontraba infernalmente borracho; le pedían que se quedará, balbuceó -su mano negando-, se dirigió a la salida. Dio los primeros pasos tambaleándose en la calle, su cuerpo se mueve de lado a lado, su sombra permaneció quieta. Los tres hombres estaban a su espalda. Le ofrecieron llevarlo. Negó agitando la cabeza y articulando lo que pudo ser un gracias. No hay problema –dijo alguno- al instante alguien lo toma de la muñeca, torciéndole el antebrazo a la mitad de un omóplato. Un puño le cortaba y casi fracturaba su pómulo, lo arrastraron jalándolo de los cabellos hasta meterlo a una camioneta. Dos de los hombres lo custodian, van a sus lados, sentados; el del puñetazo se sube adelante, trae puestos unos lentes oscuros. Es una camioneta de doble cabina. Arranca. Los hombres de atrás lo observan, callados. Él tampoco dice una palabra, no da crédito a lo que está pasando. La sangre del pómulo abierto se combina con el sudor frio. La camioneta se incorpora a un camino de terracería. El silencio se rompe, toma valor y pregunta: ¿Adónde me llevan? ¿Qué quieren? Prosiguió el silencio y la camioneta siguió hasta un bosque. En alguna parte del camino la camioneta se detuvo, lo sacaron violentamente. Afuera lo recibió un cabezazo que le rompió la nariz en tres partes, cayó arrodillado recibiendo una patada de bota vaquera –el tacón- entre el mentón y el cuello. La punta de otra bota estrellándole las costillas a la altura de la tetilla. Una patada en medio de la espalda lo cimbró en el pasto al lado de un pino. Les ruega, les pide que dejen de golpearlo; en medio de sus lágrimas ve un edificio, cree saber dónde está. Lo levantan sujetándolo de ambos brazos y lo ponen de frente al sujeto de los lentes, éste mete su mano a la bolsa del pantalón, saca una fotografía, la observa, después se las entrega a los otros, la ven. Alguien dice “¿Cómo?” “A cuchilladas pa qué respete” –Responden. Lo amagan ambos hombres, el de lentes saca un cuchillo de entre sus ropas. El cuchillo entra a la boca del estomago, lo saca rápido cortando más tejido, intestino; clava ahora en las costillas fracturadas, esto permite que el cuchillo entre –corte- fácilmente el hueso. Se queda sin fuerza, lo incorporan, ahora entra la hoja en su clavícula izquierda, no entra tan fácil, duele el doble. Respira pausadamente, el aire se le va, se le va por la carne abierta. Asesta otra en el estomago –el hígado-, vendrían dos más en el pecho, murió antes. Dejan caer el cuerpo, quedando boca arriba al lado del pino, suben a la camioneta y se alejan.
Los primeros rayos del sol hicieron volar las moscas paradas en los labios, se posaron en otra parte fétida del cadáver. Su cadáver

lunes, 7 de junio de 2010